Nadie tiene que saberlo
—¿Habló de la plata con el viejo? —preguntó Alexander a Johana sin saludar, cerrando la puerta tras él.
—Sí —respondió ella después de un suspiro largo—, le pedí cincuenta.
—Eso nos alcanza apenas para la tierra —espetó él, levantando los hombros, con las manos en gesto inquisidor —, el resto, lo de los papeles y la notaría, es aparte.
—Tranquilo —dijo Johana, intentando calmarlo —, después le pido más. Y hay algo más: dice que quiere participar.
—¡¿Qué?! —exclamó Alexander, irritado —. ¡Viejo garoso! ¿Es que no le alcanza con lo que ya tiene? ¿Cómo se enteró del negocio?
—Yo no sé quién le fue con el chisme, usted sabe que él tiene ojos y oídos en todas partes.
— Si no le andamos rápido a la compra de esa tierra, nos la van a quitar, incluso su mismo papá. Ahora si las Velasquez están asustadas con la paliza que le dimos al sobrino, y quieren vender lo más rápido posible… No vaya a haber sido usted la que le contó, ¿cierto? —preguntó Alexander después de pensarlo un instante.
—«No vaya a haber sido usted». ¿Usted es que es güevón, o qué? -ladró Johana, emparejando el tono con el de Alexander —. ¿Usted cree que yo no quiero este negocio para nosotros?
—No, mi amor, no estoy diciendo eso —corrigió Alexander, intentando calmarla —, es que usted sabe que yo quiero este negocio para que hagamos lo propio, y arrancar lo nuestro sin tener que depender de nadie — continuó diciendo, para después abrazarla y darle un beso en la frente.
Alexander estaba decidido a seguirle los pasos a su suegro, Trino Fetecua, quien había amasado fortuna y poder, construyendo urbanizaciones piratas en las goteras de Bogotá. Desde hacía meses, Alexander estaba intentando comprar una finca grande a dos hermanas solteronas, pero el negocio estaba tomando más tiempo de lo deseado. En un principio, ellas no estaban dispuestas a vender porque vivían tranquilas en su finca. Primero intentó convencerlas ofreciéndoles un buen precio -que incrementó en cada visita-, pero como no funcionó, comenzó a aplicar lo aprendido de su suegro. Primero, envenenó a los tres perros que vivían con las viejas. Como aun así no dieron su brazo a torcer, envió a dos matones a darle una golpiza a un sobrino que subía a visitarlas semanalmente. Así cedieron a la venta.
Johana perdió a su madre aun siendo muy pequeña, en un accidente rodeado de circunstancias misteriosas. Se rumoraba que el mismo Trino tuvo algo que ver. Creció entonces al lado, o, más bien, a la sombra de su padre. Desde siempre tuvo que soportar las golpizas y los maltratos cuando él llegaba borracho a la casa, y realmente comenzó a odiarlo una noche que, en medio de la borrachera, sacó un revolver y mató en frente de ella, a Pupy, su mascota adorada, cuando esta se lanzó a defenderla de un ataque de Trino. Vivió desde entonces, una relación de dependencia económica, y de odio soterrado a su papá.
Alexander había aparecido en su vida como una posibilidad de escape. Aunque existía una atracción real hacia ella, Johana sentía que él la usaba como medio para arañar algo de la fortuna de su padre. Durante los años que habían estado juntos, logró enterarse lo suficiente acerca de los sentimientos de Johana hacia su padre, para atreverse a lanzar la propuesta.
—Vamos a matarlo — arriesgó Alexander, dudando si había ido demasiado lejos. Lo tranquilizó el hecho de que Johana no reaccionara de inmediato.
—¿Usted me está hablando en serio, Alexander?
—En serio Johana, no me pondría a güevonear con algo tan delicado.
—No sé… Es que, si ha sido un hijueputa y todo, pero… ¿para matarlo?
—Vea, Johana —dijo Alexander con tono solemne —, esto que le voy a decir es muy delicado, y no se lo había dicho antes, porque no estaba seguro. Su papá fue el que mandó matar a su mamá.
Lágrimas de furia silenciosa resbalaron por el rostro de Johana, quien miraba abstraída un punto incierto a través de la ventana que daba hacia la calle.
—¿Y usted como está tan seguro de eso? —preguntó ella después de sorber los mocos que le habían escurrido, y limpiando los restos con el dorso de la mano.
—¿Se acuerda de John Jairo, el novio de mi hermana?
—Sí, me acuerdo.
—Bueno, John Jairo es amigo del man que iba manejando el carro que la atropelló, y que nunca apareció. El otro día esa pinta se lo contó en medio de una borrachera, y el corrió a contarle a mi hermana.
—Mucho hijueputa, me quitó lo que más he querido en la vida. Vamos a matar al asqueroso —dijo Johana —. Nadie tiene que saberlo, solo nosotros tres.
***
Planearon la movida con cuidado. Johana llamó a Trino para decirle que Alexander y su amigo John Jairo irían hasta su casa a recoger el dinero esa misma noche, para llevárselo a las Velásquez, y firmar las escrituras. Ahí mismo, en la casa del viejo, lo liquidarían y lo desaparecerían, no sin antes llevarse lo que encontraran en las caletas de la casa en las que Trino escondía el dinero, y que Johana le había cantado previamente a Alexander.
Pasó la noche sin dormir, esperando alguna noticia de Alexander. A las seis de la mañana, no había regresado aún. Aunque ella estaba acostumbrada a sus interminables celebraciones, esta era una ocasión demasiado importante, y no podía creer que no le hubiera hecho si quiera una seña. «Ahí está pintado, por irse a hartar con John Jairo, ni siquiera me mandó un mensaje», pensó, furiosa.
Incapaz de quedarse encerrada en el apartamento esperando el regreso de Alexander, con los pensamientos revoloteando en su mente y la ansiedad atacando su pecho, se puso una sudadera y unos tenis, y salió a la calle. Caminó hacia la casa de Trino, una de las pocas que quedaban en pie en el barrio, después de la invasión de edificios pequeños que las reemplazaron en los últimos años.
Cuando estaba a media cuadra del parque, divisó a un grupo de deportistas matutinos, amontonados alrededor de un gran ciruelo. Se acercó un poco más, y quedó petrificada cuando vio el cuerpo de Alexander atado de pies y manos, colgando ahorcado, de una rama del imponente árbol.
A la misma hora, en la cocina de la casa de Trino, y sin más testigos, John Jairo y el viejo celebraban con café y aguardiente.



