La asfixia

En la astronave todos duermen el largo sueño espacial. Suspendidos en un delicado limbo entre la vida y la muerte, los viajeros hibernan en sus tanques criogénicos con las funciones metabólicas reducidas al mínimo. Sus conciencias, sin embargo, se mantienen activas. Inmersos en sofisticadas simulaciones fabricadas a medida, algunos sueñan que reinan en exóticos castillos venusinos o que conquistan el salvaje oeste estadounidense. Otros, en cambio, que llevan una existencia sencilla en una París, Nueva York o Buenos Aires de otra época.

Todos sueñan, excepto el monstruo insomne que merodea entre ellos.

En medio del silencio preternatural, que parece profundizarse con el ronroneo lejano de los motores, un único tripulante recorre el estrecho corredor metálico. Su mirada acaricia los cuerpos desnudos, suspendidos en los tanques verticales como preciosos especímenes conservados en ámbar.

—Acá viene el devorador de sueños… —canturrea entre dientes. Su propia lascivia lo asquea y avergüenza un poco, pero sabe que no puede resistirse. Pronto elegirá a alguien al azar y lo arrancará de su sueño sintético. Entonces interrumpirá el suministro de oxígeno del tanque y gozará con el espectáculo de su nueva víctima golpeando el cristal blindado, rogando por un auxilio que no obtendrá, retorciéndose como una anguila en una pecera.

«Tan fácil…», piensa con una risita. «Tan fácil».

Tan fácil como alterar la programación de su propio tanque para que lo despertara una vez que hubieran alcanzado el espacio profundo. Tan fácil como deshacerse del resto de la tripulación, expulsándolos al vacío dentro de los cilindros. ¡Y la idea de despertarlos segundos antes! ¡Qué rapto de inspiración inesperado! Ríe más fuerte, ahora, ante el recuerdo de las expresiones de desconcierto primero y desesperación después, cuando comprendieron lo que estaba pasando.

Entonces se da cuenta de que su deambular lo llevó de nuevo hasta la chica de cabello azul.

Y una vez más se pierde en los ojos grandes ocultos tras los párpados cerrados, en la boca amplia, en la nariz bulbosa. Ha fantaseado tantas veces con ella que por un momento pensó en reservarla para el final o, incluso, salvarla. Pero hoy sabe que él mismo no puede escapar a su propia naturaleza. Que es esclavo de una necesidad que solo puede satisfacer al verlos morir. Placer y vergüenza entrelazados en una danza que lo martiriza y excita.

Con el corazón enloquecido accede a los sistemas del tanque e interrumpe el sueño artificial. Todo lo que requiere es ingresar su propia clave como ingeniero.

«Tan fácil».

Apenas unos segundos y entonces ahí está: un estremecimiento leve tras los párpados. Él sonríe, expectante. Entonces los ojos de la chica se abren de golpe y, tal como los imaginaba, son enormes y negros.

—Vamos a necesitar que te retires, por favor —le dice ella con una claridad y firmeza que lo sobresalta, desde detrás del vidrio—. Ya tenemos que cerrar.

La escena funde abruptamente a negro y en medio de una oscuridad más profunda que el vacío espacial una leyenda en tipografía Futura resplandece ante él:

 

¡GRACIAS POR ELEGIRNOS! TE ESPERAMOS PRONTO. VIRTUALAND

 

Él se quita el casco de realidad virtual. La interrupción abrupta de la simulación lo dejó aturdido, pero de a poco recobra la noción de su propio cuerpo obeso repantigado en un sillón de diseño ergonómico. De pie a su lado, una empleada muy joven lo mira entre fastidiada e impaciente. Lleva un uniforme negro, un piercing en la nariz bulbosa y el pelo teñido de azul.

—Disculpame, pero ya estamos cerrando —repite. Lo mira con aspereza mientras él se incorpora y le entrega el casco con expresión avergonzada. Lo sigue con la mirada mientras este se aleja entre el resto de los terminales ya vacíos. En la espalda del mono gris de trabajo lleva una enorme E amarilla sobre un fondo azul eléctrico: el logo de Edesur. El hombre paga en la caja ubicada junto a la puerta y se pierde en la noche sin mirar atrás.

—¿Otra vez el gordo ese? —Se acerca a preguntarle una compañera.

—No sé cómo no lo echan. Hoy estuvo más de ocho horas —le responde ella—. Y cuando pasan tanto tiempo conectados la percepción del tiempo se les altera y hasta se olvidan de la realidad. Si por lo menos fuera como la mayoría, que buscan simulaciones de guerra o porno, lo entendería. Pero este elige siempre un viaje espacial que es aburridísimo.

Luego de cerrar el local, su compañera la acerca desde el barrio de Almagro hasta su domicilio, en el conurbano. La deja sobre la autopista, junto a un barrio de monoblocks multicolores.

Mientras cena algo ligero intercambia algunos mensajes de texto con un grupo de amigas. Después la llama a su madre, quien le reclama por el poco tiempo que pasan juntas, aunque se hayan visto la semana anterior. Y tras una ducha larga se va a la cama, exhausta. Entonces se hunde en un sueño profundo. Tan profundo como un sueño espacial.

Sueña que despierta en un recinto estrecho y frío del que no puede salir. Sueña que se asfixia. Que golpea un vidrio curvo con desesperación, que se deshace en un aullido silencioso de horror.

Sueña con un rostro aniñado y anhelante: es el empleado gordo de Edesur, aunque ahora lleva un uniforme que no reconoce.

—Tan fácil —dice él desde el otro lado del vidrio, sonriendo.

2 Respuestas

  1. María Leticia Larruy dice:

    Uhhh. No soy lectora de ciencia ficción pero tu relato me atrapó. Rica imaginación,muy bien armado hasta el punto de hacer dudar, hasta dónde la ficción,el sueño y la realidad no terminan por fusionaron. Me encantó.

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