Plástico

Plástico

El presidente observaba, desde el balcón de la casa de Gobierno, lo que había quedado de la celebración: el escenario sin músicos, las pantallas gigantes apagadas, pero sobre todo la basura que flotaba en la calle, como un río inmenso de botellas de plástico, papeles de colores y peces hechos con pedazos de cartones que nunca desaparecerían. Después de veinte años, el poder cambiaba de color político. Para bien o para mal, él era el rostro que el país no olvidaría. Sin embargo, el presidente veía en los restos de la fiesta no el nacimiento de una nueva época, sino una tristeza insoportable justificada por la excusa de cambiar la historia. Todo lo que había hecho había sido para evitar encontrarse consigo mismo en la oscuridad del cuarto.

Necesitaba resolver la pregunta: ¿cómo cuarenta millones de habitantes soportaban no ser presidentes?, ¿cómo el resto de los ciudadanos mortales y poco lúcidos toleraban la tristeza? Buscó sus ropas más sucias, se escapó por la puerta de servicio y caminó por las calles de la ciudad con su mejor aspecto de desdichado. Era de noche, era tarde y sus guardaespaldas no sospecharían de sus andanzas. Lo primero que descubrió al llegar a la plaza fue el plástico.

 

A metros de la casa de Gobierno, en un monoambiente del microcentro, Esteban pensó: «Este lugar es una mierda». Aunque lo que en realidad odiaba era el cáncer que había invadido a Laura. Había organizado una fiesta en honor a ella para celebrar la vida e insultar a la muerte. Pero a la noche siguiente descubrió que la idea no había sido buena: vasos de plástico, personas tiradas en el suelo y Laura llorando en el baño convirtieron su departamento en un infierno de desconocidos, cigarrillos y plástico, mucho plástico.

Entre la mugre, Esteban encontró un vaso descartable con un cigarrillo que todavía ardía, pero no lo apagó. Veía las cenizas encendidas y reflexionó que el azar operaba mejor que la razón: era un excelente creador de situaciones ridículas, donde se producían hechos absurdos. El caos, con toda su mugre, generaba cambios absolutos en la vida de cualquier desprevenido. Ingenuos los que todavía creían en el destino. El tipo durmiendo en el sillón al lado de su gato o haber encontrado a Laura con los ojos rojos en la plaza eran pruebas irrefutables, según él, de su teoría. No sabía si pensaba semejantes boludeces por la resaca que cargaba o por el olor a cerveza caliente en el departamento.

Escuchó otra vez el llanto de Laura, sentada en el inodoro. Se acercó, se arrodilló y apoyó su cabeza entre las piernas de ella. Se preguntó si la amaba o si solo sentía pena por ella. Laura apretó el cabello de Esteban y dejó de llorar.

 

«Es irónico», pensó el presidente. Él, que había expuesto su rostro en los últimos meses en todas las pantallas de televisión, en horario central, que había explicado sus ideas en todas las redes sociales, que había ofrecido su voz en todas las radios de la nación, no fue reconocido en la calle. Se asustó con la idea de que los sueños de libertad que representaba fueran, en realidad, los caprichos de un hombre depresivo que nunca había aceptado la idea de comenzar terapia.

El presidente respiró el perfume de la ciudad. Olía igual que cualquier otro día. Leyó las tapas de los diarios: las gloriosas acciones del régimen fueron reemplazadas por el acto plural y democrático del nuevo Gobierno. Sentía que nada había cambiado, que todo había sido inútil.

Descubrió a un linyera tirado en el suelo, le compró una caja de cigarrillos, vino, algunos alimentos y se sentó a su lado. El linyera confesó que tenía grandes esperanzas con el nuevo Gobierno. El presidente sonrió. Un viento veloz arribó sobre la ciudad.

 

—Creo que te amo —confesó Esteban.

A Laura le brillaron los ojos y sus mejillas se pintaron de rojo. Lo empujó al suelo, gimió y sintió que toda el alma de Esteban había explotado dentro de ella. Laura se acostó sobre su pecho. Se durmieron. La ventana del monoambiente estaba abierta y el viento había llegado al microcentro.

 

Escuchaba las palabras del linyera. El viento sacudía las pantallas negras donde dos horas antes el presidente había expuesto su rostro. El viento ocupó el monoambiente de Esteban y, sin embargo, nadie se despertó, solo el gato se atrevió a maullar. Los vasos de plástico temblaron. El presidente descubrió que era tarde y caminó hacia su oficina. El viento levantó el plástico y los papeles sobre la plaza. El escenario tembló y las pantallas gigantes bailaron. En el monoambiente las cortinas se entrelazaron con un vaso de plástico encendido por el fuego de un cigarrillo que todavía ardía. Nadie despertaba. El presidente se quedó absorto en el vuelo de una bolsa de plástico, las pantallas cayeron sobre el escenario. Los cables hicieron un corto con los reflectores y explotaron. El fuego creció y se mezcló con el plástico. El presidente, absorto en la bolsa, descubrió el incendio cuando ya era tarde. El gato abrió la puerta del baño, lamió el rostro de Laura y de Esteban, pero ninguno abrió los ojos. El presidente se descubrió rodeado por las llamas y tuvo la tentación de reírse de sí mismo, aunque luego pensó que no era la Historia ni las luchas sociales, era el azar el que definía los pasos torpes, rengos y heridos de lo que algún iluso llamó humanidad. El humo creció. Por cada camino que elegía el presidente, una pantalla caía, generaba un cortocircuito y el fuego mutaba con el plástico. Era imposible salir del incendio. Cerró los ojos y recordó que, después de todo, solo éramos monos desnudos que hablaban. Respiró. Cayó inconsciente al suelo y fue aplastado por los restos del escenario. El fuego llegó al baño donde Esteban y Laura nunca abrieron los ojos, donde el gato ardió hasta que solo quedó su pelo quemado.

—El departamento explotó —dijo el oficial.

—Todo se fue a la mierda —confesó el ministro y empezó a llorar.

 

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