NUEVOS HÁBITOS

Lucía corrió las pesadas cortinas amarillas y regresó a la cama. Los rayos del sol de la primavera entraron sin pedir permiso e iluminaron vivamente el cuerpo desnudo de Soledad. Se quedaron abrazadas unos minutos hasta que Lucía se levantó repentinamente.

—¿Te pasa algo? ¿Estás apurada? —preguntó Soledad.

—No… sí… no sé.

—¿No la pasaste bien?

—Ese es el problema. La pasé demasiado bien —respondió Lucía, cruzada de brazos, mientras miraba por la ventana la ciudad que se desperezaba.

Soledad estiró la mano hasta la mesita de luz, tomó un cigarrillo y lo encendió.

Lucía seguía contemplando a través de la ventana. La culpa le pegó una cachetada, la sorprendió de forma repentina, inesperada e inexplicable. Comenzó a temblar. Sus cachetes se sonrojaron. Sus manos blancas y jóvenes estaban sudorosas.

El miedo, la culpa y el olor a cigarrillo inundaron la habitación. El humo caprichoso y desordenado que salía de la boca de Soledad construyó una muralla que las separaba, las dividía. Se elevaba hasta el techo y allí se desvanecía difusamente.

Lucía giró para mirar a Soledad, que estaba sentada con los pies cruzados en la cama sobre las sábanas de seda brillante sosteniendo el cigarrillo con su mano derecha. De a ratos daba una pitada y el humo rearmaba una silueta sinuosa y deforme.

Jamás hubieran pensado que, luego de esa primera noche de sexo y besos furtivos, el humo de un cigarrillo estaría separándolas, quizás para siempre.

De repente, Soledad comenzó a reírse mientras, con la mano que sostenía el cigarrillo, señalaba a Lucía. Una paloma acababa de entrar por la ventana. Cuando Lucía se dio cuenta de que estaba sobre su hombro, se asustó, pero luego vio que se trataba de una inocente paloma y sus ojos se llenaron de lágrimas. No dejaba de mirarla. «¿Una señal divina?, ¿un gesto de amor de Dios?, ¿o un reproche del pecado?», pensó sin dejar de mirar a la paloma.

Soledad le hacía gestos con las manos para que dejara el ave y se acostara nuevamente junto a ella, pero Lucía no dejaba de mirar a la paloma, su paloma. Su salvadora o sepulturera.

En ese momento le hubiera encantado tener alas y salir volando; escapar, huir, volver a su nido, al sitio de donde nunca debería haberse ido. Quizás tuviera que trepar la ventana y arrojarse al vacío desde el sexto piso. Un precio justo por el pecado.

—Dale. ¡No es para tanto! ¡Viví la vida! Yo también me siento rara —le dijo Soledad—. No sos la única. Nunca imaginé estar en esta situación. Siento cosas que nunca antes había sentido. Ni por mi marido, al que tanto quiero. Es la primera vez en mi vida que me siento yo misma. Sé que es nuestro primer encuentro y parece apresurado, pero esto es distinto: es genuino, puro. 

Su cigarrillo ya se había consumido por la mitad. Dio otra pitada y esta vez se dibujaron círculos amorfos y blanquecinos dispersos desprolijamente en el aire. Lucía tosió. Alternaba su mirada perdida entre la paloma y Soledad. Tenía la boca seca. Seguía paralizada, temblando y sonrojada. Aclaró su voz y le dijo:

—¿Puro y genuino? Nos dejamos llevar por el instinto, y eso no está bien. Cuando uno comete un pecado, debe pagar. No puedo expresar lo que siento por vos. Es peligroso.

—Te gusto, me gustás. No es difícil. No hay peligro en decir lo que sentís.

—No es tan sencillo —respondió Lucía—. Cuando te vi por primera vez, el domingo, sentada al lado de tu marido, no podía dejar de mirarte. Mi cuerpo comenzó a temblar y sentía cosquillas en la panza. Algo se había desacomodado adentro de mí. Desde ese momento, no logré quitarte de mi cabeza. Y acá estamos —agregó.

Agarró delicadamente la paloma y la lanzó a volar por la ventana. La observó alejarse con sus alas en movimiento, buscando su próximo destino. «¿A dónde voy a volar yo?, ¿cuál será mi destino?», pensó Lucía.

De sus ojos seguían cayendo lágrimas con sabor a culpa y dolor; de arrepentimiento o de saber que haría lo que debía y no lo que quería.

El cigarrillo de Soledad se consumió totalmente. Ya no había humo. Ya nada las separaba. 

Lucía recogió del piso su hábito y se vistió. Se colgó su collar con una cruz de madera y, luego de persignarse varias veces y sin mirar a Soledad a los ojos, se fue corriendo.

 

***

 

Una noche volvió al pueblo para enfrentar lo que había dejado inconcluso dos años atrás. Había tomado una decisión y estaba ansiosa por hacérsela saber a Soledad. Salió a recorrer las calles con la ilusión que por fin había recuperado. Caminaba con una sonrisa y disfrutaba ver los techos de las casas teñidos de blanco. De a momentos, cerraba los ojos, miraba hacia el cielo y sentía en su rostro la frescura de los copos de nieve, que parecían caer en cámara lenta.

Paró frente a la iglesia, aquella que había sido su casa, su lugar en el mundo durante mucho tiempo. Se quedó observando por un instante las enormes puertas de madera tallada y, en lo más alto, la cúpula y la fina cruz cubiertas de nieve. Pensó en Soledad y siguió caminando.

A las pocas cuadras, se detuvo en un bar. Miró hacia adentro a través del ventanal y allí la vio a Soledad, sonriendo junto a su marido y sus dos niños.

Lucía se quedó contemplando con una mirada de ternura y melancolía. Soledad encendió un cigarrillo. El humo denso y travieso le nubló la visión, y la cara de Soledad fue desapareciendo lentamente.

 

5 Respuestas

  1. Victoria Karamazov dice:

    Claudio, bravo!! deliciosa historia!!

  2. Mario Cesar La Torre dice:

    Que bien que has podido expresar la contradiccion entre sus convicciones y sus sentimientos. Te felicito!!!

  3. Maira Pelinski dice:

    Este cuento me encantó, Claudio.

  4. Graciela Giachero dice:

    Un cuento exponiendo un sinceramiento de sentimientos.Otrora,nadie se hubiere permitido
    sentirlo y menos aún exponerlo.

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