Víbora Ciega

Las estrellas son las únicas que cuidan las espaldas de Lisandro, mientras él fuerza una ventana del primer piso de la casona de sus padres. Ingresa. Dentro está su madre encremándose unas arruguitas frente a un gran espejo, abre la boca al verlo y lo estrecha en un melancólico abrazo.

 –No llore vieja. Esta vez no me eché ningún moco

–¿Entonces por qué huiste hijo?

 –Por el «fariseo» de papá, jefa –Le seca unas lágrimas.–. Me traicionó, ¿puede creerlo?

–¡Cortála con hacerte un colombiano de Netflix! –Le mete una cachetada.–. Sabés que no me gusta que hables así.

 –Okey, vieja. Estoy enojado, ¡no me bajé a todos esos «perros» y le quité las zonas de venta para que ahora esté escondiéndome!

 –No te están buscando una manga de «perros». Es el comisario que te va a matar porque le pagaste con billetes falsos.

 –Ya sé, má, pero yo le di do’cientos mil en guita de verdad. Por eso voy a la oficina del viejo a qué me diga por qué me usó como salvavidas cuando la bosta le llegó al cuello.

Deja a la madre con el rostro sumergido en la laguna de lágrimas formada en sus palmas.

 

 Por el pasillo, va rumbo al despacho vestido con ropas deportivas prestadas, pero no está solo. Sigue sus pasos el recuerdo pasado de él. Su yo fantasmagórico que viste como reguetonero famoso y porta ruidosas cadenas doradas. Un yo de hace dos semanas que iba a arreglar inversiones en la bolsa y el precio de la «bolsa».

Golpea la puerta de roble y contestan un «adelante». Abre, le llama la atención el sillón vacío del capo familiar. A su espalda el ligero sonido del martillo de una pistola 9mm lo pone en alerta.

–¿¡Querés más plata, ratita!? –con labios apretados amenaza el padre–. Explícame, ¿por qué no te disfrazo de colador?

–Yo también quiero que me expliques ¿Por qué me entregabas sin ninguna prueba?

–Miráte en la tele el videíto del pendrive –Lo señala con la punta de la pistola.

El archivo tenía como título «copia del vídeo contra Lizandro», le enoja que su nombre estuviera con z. Mira las filmaciones de las cámaras agrupadas en mosaico. Ve tanto los momentos cuando entró en la casa con la pequeña bolsa con dinero de distintas denominaciones, como cuando habló con su padre en la oficina y también al salir para entregarle la plata a un policía estacionado en un patrullero.

–Si no tenías nada que ocultar, ¿por qué no esperaste mi llegada al bunker con el comisario y rajaste? –afirma con aspereza.

–Porque a diferencia tuya –responde el hijo prófugo–, el tío Ricardo es de fierro. Me contó que el comisario te presionaba por el fallado pago del soborno y la guita de las balas. Y te pareció mejor que la yuta me hiciera desaparecer en el crematorio del San Vicente.

 –No te creo, tu tío fue quien trajo el pendrive y me apresuró para que acompañara a la poli a agarrarte.

Medita lo que dijo su padre, se enredan los sentimientos y lealtades familiares debajo de esa gorra de un club cordobés. Hasta que los extremos de la idea que su tío armó todo, se unen.

Vuelve a echar un vistazo al televisor. Le muestra al padre el momento en el que lo visitó en esa oficina. Señala el minuto cuando bromeó sacando un fajo de la bolsa repartiéndolo como si fueran cartas. Si bien alzó los billetes, en el desparramo dos se fueron por debajo del mueble de la tele y no los alzó. Así que se agacha para meter la mano y alcanzar los «horneritos» de mil. Le muestra que son verdaderos y puestos los ojos en la filmación, en ningún sector se lo ve detenerse hasta entregar el pago.

La respuesta del capo es guardar el arma en la cintura y darle un cálido abrazo contra su amplia barriga diciéndole:

–Te faltará para manejar el negocio, pero de ahí a ratearme guita hay mucho trecho. En cambio, Ricardo cuando chupa de más, se gasta lo que no tiene apostando al Pase.

Luego, los dos planifican como atraer al tío Ricardo. Le escriben que Lisandro se entregaría con él, en la puerta de un búnker de ventas, media hora después que cierra este.

***

Cómo supusieron, llega el tío manejando un Logan, lo acompaña el policía que le recibió el «dichoso» pago. Le preguntan al joven si le contó a alguien más que se entregaba. Le responde que no. Entonces los dos lo apuntan con dos pistolas 9mm. Se le está haciendo «familiar» que amenacen con agujerearlo.

–Tío, ¿te hice algo?

–No, fue por deudas de juego y como sos moquero fue fácil que te culpen.

La puerta acerada del bunker cruje al abrirse. Salen el padre, el comisario y cuatro agentes de confianza que apuntan al dúo de traidores.

Ricardo, sintiéndose amenazado, rapta a Lisandro agarrándolo del cuello mientras le encañona la sien y se lo lleva hacía el auto. Su padre grita que por favor no disparen, se acerca al hermano y le ruega que se calme en tanto van hacía el Logan estacionado. Les abre la puerta a los secuestradores, pero antes de entrar, al ver que bajaron la guardia, les descarga a ambos un disparo en la cabeza. El poliladrón se derrumba en la vereda, en cambio a Ricardo, la bala le ingresa y atraviesa los ojos antes de salir. Ciego y adolorido en el suelo, da unas vueltas sentado y tira hacia donde piensa que está su agresor, pero no impacta en nadie. Uno de los oficiales reacciona hundiéndole el borceguí en el rostro flacuchento y lo desploma por completo. Se viborea de costado, sacudiéndosele la poca salud restante.

Detienen al padre esposándolo. Sin importar que aún le tiembla la hombría, el hijo le pregunta al comisario:

–Don Acosta, ¿a usted le parece bien arrestar a mi viejo? ¿No perdió una banda de guita ya con estos? –Señala los cadáveres. –Me parece que seguirá perdiendo sí detiene a mi viejo. ¿No puede dejarle pasar esta?

El comisario hace gestos para que liberen al detenido. Alza los dos casquillos desechados por el arma del padre y afirma:

–Son de las balas que les vendimos. Va a ser simple.

Procede a disparar su reglamentaria hacía la luna cómplice que los espía. Ninguno entiende por qué lo hizo.

Entonces ordena dejar una bolsa de cocaína en el Logan. Explica que mañana en el diario va a figurar que, durante un control, el conductor con droga mató al policía y él se convirtió en héroe al abatirlo.

Lisandro aprovecha la distracción para llevarse al papá despidiéndose con un «hablamos luego».

El comisario observa la luna agredida con anterioridad y se imagina la clase de reconocimiento que tal vez le den, y por qué no, ese ascenso que tanto tiempo le ha sido esquivo.

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