LA OBRA

New York Movie - Edward Hopper
New York Movie - Edward Hopper

Sentado en la última fila del cine, le cuesta concentrarse en la película. El sombrero de una mujer le impide ver bien. El sonido del proyector lo adormece y el movimiento inestable en la pantalla lo cansa. Entonces la ve: la mujer rubia que lo acomodó en el asiento está recostada contra la pared lateral del viejo teatro devenido en cine. Es la imagen de la desolación. Un mechón le cae sobre el rostro, pero no puede ocultar su tristeza.
Edward Hopper imagina una historia de pobreza y de marginalidad que la obliga a trabajar fuera de la casa. Saca su anotador y, en la semioscuridad, hace un bosquejo. Los dedos le vuelan sobre el papel y en un punto se detienen.

La mujer se saca las medias de muselina barata y se frota los pies cansados después de tantas horas de pie. Toma uno de los zapatos y ve la suela gastada. No cree que resistan otro mes de trabajo. Cuando se levanta para ir a la ducha, le tocan la puerta. Se prepara para decirle a la dueña de la pensión que deberá esperar por el alquiler, y abre.
Él está allí. Un hombre joven de rostro adusto. La luz del pasillo no logra dar claridad al traje oscuro y solo brilla el cuello blanco y almidonado. Con el sombrero dando vueltas entre las manos, la saluda:
—Disculpe, buenas noches. Me he tomado la libertad de seguirla.
—¿Quién es usted? ¿Cómo lo dejaron pasar?
—Unas monedas en el bolsillo hacen maravillas. Soy Edward Hopper y quiero pintarla —dice el hombre sin cambiar de gesto.
La mujer hace el intento de cerrar la puerta diciendo:
—¡Está loco!
El pintor saca un anotador del bolsillo y le muestra. La mujer se ve en distintas poses en el teatro. Apoyada contra la pared, caminando por el pasillo, su rostro, sus manos.
—¿Cómo se atreve? —pregunta titubeando.
La duda es suficiente motivo para vencer el obstáculo y el hombre entra a la habitación.
—Quiero que sea mi modelo —le dice—. Puedo venir cuando usted salga de trabajar. Necesito venir. Le pagaré bien.
Ella le mira las manos de artista.
—¿Tendré que posar desnuda? —le pregunta al ver cómo él observa, sin disimulo, sus formas de mujer.
—Para esta obra no. Tal vez para otra… Tal vez de día… No sé.
Las imágenes se suceden en la retina del pintor. La ve sentada sobre la cama, mirando hacia la nada; la ve detrás de las cortinas del teatro; la ve apoyada contra una pared, debajo de las luces. Y la ve desnuda frente a su caballete. La ha dibujado de todas formas, pero la blancura de la piel se le resiste. Toma perspectiva con el lápiz, pero no puede acercarse. Sigue su contorno y el seno recostado sobre el brazo le detiene la mirada. La mano que da sombra en la cadera lo excita. Luces y sombras del Caravaggio oscurecen su mente. No es él. Sus líneas son rectas, simples, puritanas. Pero el lápiz insiste y el pincel se desborda en barrancos negados. Y pinta oscuridades del alma. Lo acosan voces, risas roncas, recuerdos sellados. Transpira…
Las luces se encienden y la mujer lo toca en el hombro.
—Señor, la función ha terminado.

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