La bestia de Bareford

photo of brown wooden cabin in forest during daytime

La puerta de la casa de los Úlfur está llena de ramos de flores y cartas de lamento desde hace un par de meses. 

Peter recibe el pésame de los vecinos del pueblo con una mirada frívola que oculta todo lo que siente por dentro, como aprendió a hacer a lo largo de toda su vida; a diferencia de Olivia, su esposa, que llora todos los días tirada en la cama de su hijo: la cuarta víctima. Las lágrimas de ambos marchitan cada vez más las esperanzas de que aparezca con vida. La tragedia se reitera en otros seis hogares.

Una de las tantas patrullas que vigilan las calles pasa por el frente de su casa.

 

***

 

—Mi niño, mi pobre niño —dice Peter sentado en su silla de ruedas, con la vista clavada en la luna llena. Pequeñas lágrimas surcan su cara.

—Señor Úlfur, ¿podría contarme lo que le pasó a su hijo y a los otros chicos? —pregunta el periodista, sin dejar de atender, mientras toma nota de cada palabra que el viejo pronuncia con ese tono sobrio y vetusto.

Lo observa y vuelve la vista hacia la ventana. En esta reducida habitación albina y vacía, a excepción de una cama, el frío cala hasta los huesos. La historia de este hombre tampoco ayuda a que el ambiente sea más ligero. Pasa un rato hasta que le responde:

—Mi niño, mi pobre niño —repite con la misma voz apagada. 

El periodista vuelve a hojear su expediente y la relectura hace que se pregunte si Peter es consciente de todo lo que ha ocurrido en el pueblo de Bareford.

 

***

 

Logan y sus tres compañeros pasan por el frente de la casa de los Úlfur. La observan desde la caja de la camioneta y agachan la cabeza en señal de respeto. 

—Pobre Peter —suelta uno—. Pasar por todo lo que le pasó y, cuando la vida le sonríe un poco, le quita al hijo.

—¿Por qué decís «todo lo que le pasó»? —pregunta el más joven.

—Cuando era niño, sus padres lo llevaron al bosque. Nadie sabe bien todo lo que le hicieron esos enfermos —replica Logan mientras limpia su rifle—. Lo encontraron semanas después, completamente desnudo. Parecía que lo había atacado un animal por cómo tenía el cuerpo y a los padres nunca más se los vio. No recuerda nada de todo lo que pasó por el trauma. Es un milagro que haya salido tan buen tipo como es.

Patrullas de vecinos voluntarios como las de ellos se ven en todo el pueblo. Fue la última decisión que se tomó ante la situación que se acarrea desde hace cinco meses. Además, estaba la cancelación de las clases y el toque de queda, todo debido a la incompetencia de la policía y su falta de resultados.

Seis niños, tragados por los bosques de los alrededores, hicieron que el miedo estallara entre los habitantes. Miedo revuelto con supersticiones de una criatura salvaje devora hombres, cuya creencia se ha extendido por el pueblo de la mano de los rumores. Los hallazgos de una pierna, de unos dedos o la cabeza solo ayudaron a que el pánico se propagara como una enfermedad silenciosa.

 

***

 

La luna llena está alta en el cielo en la noche del quince de marzo. Todos disfrutan una relativa tranquilidad hasta que un grito desolador la rompe, tan penetrante que se escucha desde lejos. Una madre acaba de ver cómo en la cuna de su bebé solo hay sangre y la ventana del cuarto está rota. Su casa queda justo al margen del bosque, en esa borrosa línea que divide la civilización de lo inhumano. 

Las alarmas se disparan y la cacería empieza con los ladridos feroces de los perros, que siguen un rastro de olor que pronto se convierte en uno de sangre. Uno de los vigilantes voluntarios avista una sombra grande, casi sin forma, entre los árboles. Corre en cuatro patas y evita todas las luces que apuntan en su dirección. Los canes dejan atrás a sus dueños, que también van detrás de aquella silueta.

La persecución termina en una vieja cabaña oculta entre pinos. Su madera está gastada y del techo salen árboles enormes a través de agujeros. Es ahí donde los perros acorralan a la criatura, todavía sumida en la oscuridad. Todos los hombres y mujeres de las patrullas se quedan atónitos al ver la cabaña, de la cual desconocían su existencia.

Apuntan sus linternas y sus armas hacia la bestia con manos temblorosas y lo que ven frente a ellos les deja una marca que nunca se podrán quitar de encima: no es una criatura monstruosa, ni tampoco un horror sobrehumano, ni siquiera es un lobo come hombres. Ante ellos está su vecino, Peter Úlfur, desnudo, cubierto de barro y con los cabellos empapados por el sudor. Está parado sobre sus cuatro extremidades, como un animal que gruñe y tira zarpazos, sumido en la locura visible de su mirada. Entre sus fauces, llenas de saliva rabiosa, cuelga el bebé de pocos meses a medio devorar de su bracito.

Los perseguidores, entre gritos y confusión, disparan, pero solo Logan con su rifle acierta en el pie de Úlfur, que estalla y provoca que se retuerza en el suelo del dolor y salga de su trance.

Peter no reconoce qué pasa y en dónde está. Sus ojos se corren por todos lados, desorbitados. Gime, jadea y se desmaya.

La noche termina con la policía llevándolo en una camioneta a un hospital mental. Los habitantes de Bareford, a sus espaldas, se muestran incapaces de asimilar lo ocurrido, impotentes para lidiar con la realidad que se ocultó frente a ellos durante tantos años.

Olivia, la esposa de Peter, tras ver cómo se llevan a su marido, vuelve la vista hacia el bosque, en dirección a la cabaña. Un escalofrío recorre su cuerpo y se dirige sola hasta allá, en busca de una horrible respuesta.

 

***

 

La enfermera del hospital mental que llevó al periodista hasta la habitación de Peter le avisa que la visita se ha acabado. Espera en la puerta con una bandeja y, sobre ella, hay una jeringa y tres píldoras. El reportero tiene la insondable duda de si debajo de todos esos medicamentos, calmantes y pastillas, dentro de esa máscara marchita de hombre, la bestia de Bareford sigue viva.

 El viejo, en silla de ruedas, sigue mirando la luna, hipnotizado con sus rayos, que le acarician el rostro, desconocedor de quién es.

«Probablemente también desconoce que, después de veintitrés años de encierro, Bareford es un pueblo fantasma. Desconoce que se ha convertido en una infame leyenda, así como desconoce que Olivia se suicidó un par de días después del arresto de su marido, sin poder soportar el descubrimiento de los huesos de su hijo junto con los de los otros niños en la cabaña donde Peter devoraba a sus víctimas», piensa para sí mismo su visitante.

Antes de irse, relee el expediente y centra su atención en el renglón de los trastornos diagnosticados: «BIPOLARIDAD/ESQUIZOFRENIA/LICANTROPÍA CLÍNICA». 

Se detiene a verlo desde el umbral de la puerta. Le da una última mirada y se cruza con los ojos de Peter, que mantienen un brillo blanco, casi como si la luna llena estuviera impregnada en ellos.

 

Inspirado levemente en el caso real: «El hombre lobo de Bedburg», ocurrido en el siglo XVI

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