La Guerra Continúa(tiempo de lectura: 9 minutos)

Frente al cascarón naranja del aparato de Entel, Pedro elegía cinco números.

Los buscaba en la patente de un auto, en la cotización del dólar en las pizarras, en la chapita que numeraba los teléfonos públicos, en un billete de lotería, en lo que le suscitara una corazonada. Discaba la característica 051 después las cinco cifras y esperaba con el corazón galopante.

Desde que lo mandaron de vuelta de las Islas, estuvo en Buenos Aires casi un mes. Cada siesta impulsaba trabajosamente su silla de ruedas sobre las baldosas que destartalaban su andar, desde la plazoleta hasta el teléfono que estaba en la otra cuadra, pasando el kiosco, para hacer llamadas a su ciudad natal.

Terminaba mayo cuando, luego de haber fracasado en las siestas llamando a números inexistentes o dando con gente que le cortaba, logró que una señora lo escuchara.

Con dos cospeles de larga distancia en la mano, Pedro pidió ayuda a una mujer que pasaba para que insertara uno en la ranura. Discó el 051 y los cinco números de un boleto de colectivo que encontró tirado en la vereda. Llamaba. 

— Hola —atendió una voz señorial.

— Hola. No me corte por favor.

— ¿Quién habla?

— No importa. Digo, Pedro, o sea, usted no me conoce pero no me corte, por favor.

— ¿Qué necesita? ¿A quién busca?

— Necesito hablar con alguien. Necesito hablar.

— No le entiendo, señor.

— Me llamo Pedro. Soy cordobés. Necesito hablar. Estoy solo. No tengo a nadie. Hace tres semanas me dieron de alta en el hospital. Volví de las Islas, de la guerra.

— ¿Cómo dijo? ¿Usted vino de allá? ¿Le han dado un mensaje para mí? —preguntó asustada la voz femenina.

— No, ¿por qué? ¿Espera novedades?

— Sí, por supuesto. Mi hijito fue reclutado. Dígame lo que tenga para decirme. En estos dos meses me he hecho fuerte. No se guarde nada —le imploró con disimulada entereza.

— Señora, no sé quién es usted —se sinceró, sintiendo que podía ser el final de la llamada.

— Entonces, ¿para qué llama? ¿Cómo llama a mi casa?

— De casualidad, señora. Disqué al azar su número. Créame. —Pedro hizo señas con desesperación a un transeúnte para que metiera el otro cospel en el teléfono.

— ¿Y qué tengo que ver yo?

— Nada, señora. Soy yo el que necesita hablar, desahogarme, escuchar la tonada, ¿entiende? No tengo cómo ir a Córdoba. No tengo plata suficiente. Nadie me ayuda. No me corte, por favor.

— No, no le voy a cortar. Dígame algo de mi hijo.

— No sé quién es su hijo. Yo sólo necesito que me escuchen, pero cuénteme de su hijo, si quiere.

— Él está bien. Me lo ha hecho saber por carta, a poco de partir. Pero desde allí, no… o sea, nada —titubeó y corrigió su voz. Recordó que estaba conversando con un extraño y prefirió no dar datos de su hijo—. ¿Vio que seguimos ganando? Así dicen —cambió de tema.

La comunicación se terminó. Pedro no tenía para más cospeles. «Seguimos ganando», se repitió negando con la cabeza y desanduvo el trayecto hacia la plazoleta, cabizbajo y ofuscado.

***

Más o menos para mediados de mayo lo empecé a ver. A las diez de la mañana aparecía y tipo tres se venía para mi puesto de revistas.

Tenía cara de pibe avejentado Pedrito. Le faltaban las dos piernas. Era gordo, barrigón mejor dicho. Medio musculoso. Usaba guantes recortados y camisa militar arremangada, bastante gastada y descolorida.

Estaba solo. La verdad que no sé si tenía padres, hermanos, esposa o algún familiar. Cada vez que le preguntaba, no quería contestar y se quedaba mirando para otro lado, duro, sin mover la jeta. Podía quedarse un rato largo así, horas capaz, digo, porque al final yo siempre terminaba cambiándole de tema.

Decía que le gustaba el futbol, que era de Talleres, pero no lo notaba entusiasmado por el campeonato ni por el Mundial ni por Maradona ni por nada y eso que le decía que se llevara El Gráfico, que se lo regalaba, pero no aceptaba. Un día le dije si quería chusmear la Penthouse, pero ni bola me dio. Ahí me di cuenta de que estaba en otra Pedrito.

Se la pasaba en la plazoleta, pidiendo limosnas y gritando cosas a favor de la Patria. Gritaba que era un portento Pedro. Trataba de convocar a los transeúntes con discursos acerca de la guerra, pero me parecía que no hablaba de la guerra específicamente.

***

«Han exterminado una generación. Se han asegurado dirigir el país por décadas. La guerra está acá adentro», y el dedo índice dibujaba grandes círculos, apuntando hacia abajo, a la altura de su cabeza. «La guerra continúa. Podrá terminar allá algún día, pero acá sigue y seguirá, acá la guerra continuará.

Primero fueron por los que tenían ideas, después por los trabajadores, por los bebés y ahora por la mano de obra. Sólo queda el dinero, que ellos acapararán. Al dinero no lo exterminaron, al contrario, lo robaron, lo pidieron prestado, lo dibujaron. A ese poder no lo exterminaron pero se lo quitaron a la gente y a cambio, la hicieron rica en miedo y en terror. Los hijos de los hijos de los temerosos que quedaron con vida, heredarán el pavor.

El prójimo será el enemigo».

***

Pobre Pedrito. Nadie se quedaba a escucharlo. Todos pasaban de largo. Vaya a saber uno si no tenían tiempo o no querían tenerlo. Vaya a saber uno si estaban comprometidos con la Patria o creían que todo pasaba por el bolsillo.

Él tenía la ilusión de volver a Córdoba, pero sin laburo, mendigando… qué sé yo si iba a poder, ¿viste? Pobre Pedrito. Encima la gente que se arrimaba para darle guita, no le daba mucha que digamos. Pocos billetes de cinco mil y las más de las veces, los marroncitos de mil, me contaba. Sé que con lo que juntaba hasta el mediodía, se iba al kiosco de la otra cuadra, para comprar cospeles y hacer llamadas. Después volvía a mi puesto de diarios para charlar un rato. Yo le hacía traer una merienda del bar y mientras se la tomaba leía las revistas. Hojeaba la Somos o la Siete Días y siempre terminaba revoleándolas. Decía que eran una tomadura de pelo bárbara, fíjate vos.

Al final me pedía que le alcance la D’artagnan y no sé si la leía, pero se calmaba mirando los dibujos y después se iba, despacito, dale que dale a la silla. Desaparecía en la galería. Parece que un portero lo hacía dormir de canuto en la pieza de servicio del edificio.

Un día tuvo ganas de hablar más de la cuenta. Fue en la primera semana de junio. Me acuerdo porque Ferro había goleado el fin de semana y estaba para campeón. Leía la Siete Días y se quedó perplejo con la siguiente publicación: 

Los ingleses son muy puntuales para atacar y arrojar sus bombas. Nuestros soldados se lo toman en broma: Al bombardeo de la mañana le dicen ‘El Lechero’. Al del mediodía, ‘El sodero’. El de las 5 de la tarde es ‘El merendero’ y el de la madrugada, ‘El calavera’.

Revoleó la revista por los aires. Me dijo que ese tipo de comentarios nos tomaba por boludos. Enfurecido, hecho un manojo de nervios, meta gesto de acá, meta gesto de allá, Pedrito me decía que en la guerra nadie tenía la menor idea de nada, ni si era de día o de noche. Que llegaba un punto en que no sabías si estabas vivo o no. Y eso que estuvo menos de un mes en las Malvinas. Me contó que a un par de semanas de llegar a las Islas, hubo un bombardeo terrible, que liquidó a varios. Él se salvó, pero se quedó sin gambas. Y por eso lo mandaron de vuelta. Estuvo hasta mediados de mayo en un hospital. No pudo seguir el relato porque se largó a llorar. Hasta ahí llegó. Yo terminé llevándolo hasta la galería. «Dejame acá. Andá, andá nomás. Dejame acá», me dijo de mal modo, sin mirarme y sin saludar.

***

Desde que los diarios informaron que la guerra terminó, no se supo más nada de Pedro. No volvió más a la plazoleta.

La última vez que Pedro, trabajosamente, giró las ruedas de la silla sobre las baldosas que destartalaban su andar, fue el 12 de junio.

Iba hacia el teléfono público. Pasó por el kiosco de revistas y leyó en la tapa de un diario: «Cesaron los combates en Malvinas». Pedro negó con la cabeza. «Cesaron los combates», masculló con ironía y añadió: «¡Perdimos la guerra! Seguro la perdimos». Aunque para él empezaba otra nueva o tal vez continuaba la misma.

Llegó a la esquina. Se hizo ayudar para que lo bajaran del cordón y lo cruzaran hasta la otra cuadra. Avanzó hasta el kiosco para comprar cospeles de larga distancia y llamó por última vez.

Después de ese llamado, Pedro no volvería más a la plazoleta, no discursearía más, no hojearía más revistas, no llevaría más su silla hasta la otra cuadra, no se haría ayudar para cruzar la calle, no compraría más cospeles de larga distancia, no llamaría más.

Pedro llegó al teléfono. Le pidió al que abría las puertas de los taxis que lo ayudara con la ficha. Discó el número de la señora. Llamaba.

— Hola —atendió una juvenil voz femenina.

— Buenas tardes, ¿señora? —preguntó Pedro, confundido al no reconocer la voz.

— No. La señora ha fallecido —anunció sin preámbulos la juvenil voz—. Hoy a la mañana le comunicaron que su hijo está muerto y no lo pudo soportar —gimió con una voz que se quebró de golpe y soltó un eco seguido de un llanto desafinado, que retumbó como en una habitación vacía o muy grande.

Pedro quedó estupefacto, sin atinar a decir nada. Se imaginó a la señora que durante tantos días le había servido de compañía. La imaginó alta, pituca, maquillada, parada elegantemente junto a la mesita del teléfono cada vez que conversaban, en una amplia habitación, fría, solitaria, quieta, impávida,

Pedro guardó silencio. Liberó una respiración flemática y siguió en silencio. El tiempo se agotaba. No quiso poner otro cospel. Colgó decepcionado.

Lloró en la silla de ruedas una inacabable desesperación de orfandad.

2 Respuestas

  1. Augusto dice:

    Gracias, Susana. Gracias

  2. Susana dice:

    Una relectura me permitió descubrir un descarnado hiperrealismo.¡¡¡ FELICITACIONES!!!

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