Vida y milagros de Vetusto Robrez
Vetusto Robrez estaba triste. Llevaba en la misma plaza desde hacía seiscientos años. Antes no había estado en ningún otro sitio (que él recordase). Sin embargo, eso no era lo que le afectaba, porque sus veinticinco metros se erguían inhiestos y le convertían en la atalaya de la villa.
Echaba la vista atrás y pensaba que no tenían ya sentido sus seis siglos de vida. El árbol, otrora orgulloso y altivo, se sentía angustiado e incomprendido. Los nudos de su madera habían sido testigos mudos de la historia. Descubrió el sonido de los besos y las promesas; sintió el ruido de las flechas y las balas, y se resquebrajó por dentro con los sollozos, los estertores y los últimos suspiros. No en balde, asomó a la vida en el momento en el que la peste negra asolaba al pueblo; conoció con el primer brote lo que eran la soledad y la muerte. Con apenas un par de metros aprendió que, además del agua que le caía del cielo, le salpicaría la sangre derramada en muchas contiendas y batallas, y que sus ramas deberían soportar el peso de las nieves y de la soga que ajusticiaría a los reos.
Estaba cansado de advertir a los hombres del peligro. Por ejemplo: cuando se avecinaba una tormenta, el rumor de sus hojas les avisaba de que corrieran hacia sus hogares; en la hambruna de 1524 hizo madurar de golpe sus bellotas; en el terremoto que sufrió el pueblo, sujetó con sus raíces las casas… Se sentía también rabioso; sus acciones heroicas y anónimas del pasado ahora se consideran actos de magia y brujería. Tanto incluso, que en el bar Carballo se pueden adquirir llaveros con su imponente silueta y las leyendas de Vetusto en edición de bolsillo.
Retorció su tronco y por sus ojos brotaron lágrimas de savia al recordar la siesta de Napoleón bajo su sombra y verse en ese momento rodeado por cuatro jipis cantando sus rezos, sonando peor que el gorjeo de las palomas:
—Roble centenario, fuente de sabiduría, dinos qué deseas… Roble centenario, fuente de sabiduría, dinos qué deseas…
Deseaba con todas sus raíces que le partiera un rayo y no brotar nunca más por primavera. Ya tenía todo preparado para irse al cielo de los árboles, ese que casi tocaba con la punta. Crujiendo un poco, reiteró su deseo de fundirse con Terra Mater o con las lombrices, escarabajos, arañas y hormigas que harían del tronco de Vetusto su festín.
El viento le susurró la llegada de una tormenta. Meneó el ramaje para avisar al grupo.
La lluvia arreció. El círculo se deshizo. Los jipis se refugiaron en el bar Carballo, y se dispusieron a cenar unos bocadillos y unas cañas mientras amainaba el chaparrón. Don Oliverio, el dueño del negocio, con poca paciencia para los come-flores y con ganas de cerrar, les espetó que solo quedaba jamón, panceta y torreznos. Falsamente resignados, dieron buena cuenta de las viandas y pidieron más vino.
De repente, la oscuridad se interpuso entre ellos. Don Oliverio gritó un exabrupto. Seguramente, un temporal había fulminado el trasformador, algo que sucedía siempre que visitaba la península una borrasca, de esas que, al igual que las señoras de bien, se presentan por sus nombres de pila: Hortensia, Claudia, Emilia, Goretti, Kristin… De esta señora inclemencia no recordaban el nombre. Uno de ellos dijo que bien podría llamarse Bárbara como aquella santa a la que hay que rezar cuando se acercan los truenos y los rayos.
—Qué rayo ni que rollo; tenemos al roble de la plaza que nos protege de las amenazas del cielo y de la tierra —dijo don Oliverio interrumpiendo la plática.
El silencio dominó la oscuridad y un crepitar de llamas atrajo la atención del grupo menos la de don Oliverio, que estaba sirviéndose un vaso de una botella de licor casero y sacaba un mechero del bolsillo de su camisa para encenderse un Winston.
—El árbol escupe a las llamas —dijo uno.
—Qué disparate —dijo don Oliverio y, al mirar al frente, se le cayó el cigarro de la boca.
La luz de la llama le iluminaba como el relámpago lo había hecho con la plaza, y todos oyeron el desgarrador quejido de Vetusto como tañido de laúd triste que irrumpía en la noche cerrada. El rayo había cercenado una de sus extremidades y, el agua de la tierra profunda había acudido en su ayuda tras oír el lamento, y brotaba por el muñón de la rama, sofocando las llamas que le rodeaban.
Aunque lo contaron al día siguiente, nadie les creyó. Los del pueblo pensaron que la intención de don Oliverio era vender más souvenirs del árbol y los jipis, ya se sabe: se fuman algo y ven cualquier cosa.
Mientras tanto el pobre Vetusto seguía triste, lánguido, desramado y vivo a su pesar. No podía estar de peor humor.
—Maldigo mi sombra —exclamó con una voz amaderada.
No reconoció el sonido que salía de sus anillos más interiores; no era su habitual crujido. Se asustó, retorció sus raíces en la tierra queriendo huir y tiró un montón de bellotas que acertaron de lleno a una reunión de palomas que hablaban de la tormenta de la noche pasada y del roble mágico.
—Si supieran lo quemado por dentro que estoy… —murmuró mientras las aves abrían los ojos y estiraban el cuello para adivinar de dónde venía la voz.
Las palomas se olvidaron rápidamente del asunto del árbol, más interesadas en doña Mila, que aparecía con su silla de ruedas empujada por la cuidadora, Sabina, que escuchaba música por unos auriculares.
—Buenos días, roble de la plaza —dijo la anciana mientras arrojaba pan a los pájaros.
Si doña Mila no hubiera estado ya sentada, se hubiera caído del susto, ya que no esperaba la respuesta del árbol:
—Buenos días, doña Mila —y dobló una rama en señal de cortesía.
—¿Desde cuándo sabes hablar?
—Desde ayer. Siempre he susurrado, tintineado mis bellotas cuando estoy contento (que últimamente es poco); crujo cuando me enfado; agito mi corona para advertir de un peligro y… pocos me hacen caso, y hoy, articulo esta lengua absurda vuestra que estremece mi duramen, congela mi savia y no me sirve para nada… ¡Yo lo que quiero es morirme!
—Bueno, no te quejes tanto, cada palo aguanta su vela—se río— y tú de palos sabes mucho. A mí me gustaría recordar los nombres de mis hijos y, en cambio, sé que esta pichona coja es hija del palomo aquel gordo tuerto y de la otra que se está peleando por un trozo de galleta con aquel gorrión. A mí también se me está haciendo larga la vida.
—¿Con quién habla, doña Mila? —preguntó Sabina quitándose los auriculares.
La anciana zafó la pregunta cantando Cucurrucú Paloma mientras guiñaba un ojo a Vetusto.
El roble sonrió, agitó su cabellera verde y festoneada hacia atrás ahuyentando a unos gorriones que estaban descansando.
La joven continuó disfrutando de su hiphop y le dijo doña Mila que iba a por unos refrescos y unos frutos secos al bar de don Oliverio de la plaza. Alguna pretensión más tenía la cuidadora que un simple avituallamiento, porque las campanas de la iglesia tocaron las seis y las siete, y ella no volvía.
Doña Mila, lejos de asustarse de la soledad y del desamparo, se sintió feliz con Vetusto y atendía ensimismada las viejas historias que le contaba, y recíprocamente, el árbol prestaba toda su atención a las vivencias que ella imaginaba o lograba recordar. Las carcajadas de los dos se oían fuertes en una plaza que esa mañana estaba casi vacía. Solo asomaba don Oliverio que limpiaba los ventanales de su bar enfurruñado: «Pues yo vi lo que vi, y el árbol no ardía…». Mientras tanto, Sabina se estaba terminando la décima cerveza dentro del bar.
—Yo también he visto cómo echas agua al vino —dijo Vetusto, y se rio con su compañera mientras observaban al hombre temblar—y también, sé de dónde procede tu whisky.
Don Oliverio cayó al suelo a plomo. Doña Mila se encogió de hombros, y bromeó con el roble con una carrera para auxiliarle justo antes de ver aparecer a un grupo colorido con peinados raros.
—Son los de la Pachamama —dijo el árbol resignado poniendo sus nudos en blanco.
—¿La pacha qué?
—Ya lo vas a ver.
Y el grupo de muchachos procedió al abrazo diario a su leñoso amigo, y entonó un «ohmmmmmm» larguísimo. Mila buceó en su cabeza para encontrar los últimos brazos que le habían rodeado. Como si le hubieran leído la mente, los jipis empujaron su silla y la colocaron en su círculo agarrándola de las manos. Comenzaron con su mantra:
—Roble centenario, fuente de sabiduría, dinos que deseas…
Y Vetusto contestó:
—Quiero volver a la tierra de la que emergí. Harto estoy de vuestras sandeces.
Se quedaron petrificados. Ayer habían visto que Vetusto no ardía, y nadie les creyó. Incluso don Oliverio se había desdicho de lo relatado y les había dejado por drogadictos fantasiosos. Ahora todos lo habían oído, incluido el mesonero, quien había recuperado la consciencia y se encontraba de pie aterrado mirándolos a todos. Es árbol estiró una rama y con la punta le dibujó una gran V en la cara, siempre le había caído mal el estafador. Don Oliverio, con fuego en los pies y la cara ensangrentada, corrió al interior del bar y llamó por teléfono. Sabina se levantó haciendo eses, pero se volvió a sentar, ya que estaba muy borracha para entender nada de lo que Oliverio le gritaba sobre un árbol que le había atacado; así que se recostó en la silla, y durmió la mona.
***
El grupo ofreció acompañar a doña Mila a casa; sin embargo, ella prefirió quedarse en la plaza. Al abrigo de la dorada tarde estival, la pareja pasó la velada charlando de sus vástagos respectivos, de los tiempos felices y de los tristes.
Cuando el sol los abandonó, el viejo roble plegó sus ramas para calentarla y, a continuación, le pidió que se agarrara con fe a una de ellas que puso a la altura de sus manos. La mujer sintió en su pecho la corteza fría de la regia columna y los secretos más íntimos del mundo. Entonces, Vetusto sopló para ahuyentarle los miedos, y Mila trepó hasta su copa como cuando era una niña y, al igual que entonces, se quedó en una rama dormida. El anciano roble la acarició con sus hojas y después, cerró los ojos.
Al día siguiente, aparecieron unos operarios pertrechados con sierras eléctricas. No entendían por qué tanta prisa para talar un árbol en domingo. Y mucho menos ese árbol de la plaza, donde jugaban al escondite cuando eran pequeños y que le tenían tanto cariño. Pero ellos eran unos «mandaos». Eso pensaban mientras pisaban perplejos la alfombra verde y marrón de hojas y bellotas que cubrían la plaza. Al alzar la vista, se quedaron de madera al ver el tronco de Vetusto completamente gris y seco.
Don Oliverio y el alcalde, también presentes, se miraron con asombro.
—Ayer estaba esplendoroso de vida, excepto por la rama de la tormenta. Y hablaba, te lo juro Paco.
—Puede ser la muerte súbita del roble, por lo visto hay muchos casos. Se trata de un hongo que ataca al árbol y lo destruye en horas. Hongos o setas es lo que te debes haber comido tú ayer con los jipis para decirme que el árbol no ardía, que el árbol te habló…
Uno de los operarios contenía las lágrimas mientras acordonaba la plaza para restringir el acceso. Miró al cielo y se acordó de su mujer, a quien había jurado amor eterno ante el gran Quercus.
El otro trabajador se guardó un puñado de hojas secas en su bolsillo como talismán, de la misma forma que hacían los soldados celtas cuando un roble era herido por un rayo.
El viento guardó un minuto de silencio antes de soplar con pena y todas las aves se postraron a su pie y permanecieron calladas. Se escuchó un lamento que venía de lo más profundo de la tierra, el sol se apagó vistiendo al cielo de luto.
Uno de los operarios le preguntó a su compañero:
—¿Qué hace aquí esta silla de ruedas abandonada?
—¡Es de la de doña Milagros! —respondía Sabina con una importante resaca mientras buscaba desesperada a la anciana.



