YO: ARTEMISIA

Tiempo de lectura: 6 minuto/s

Hay mujeres que se espejan en una vida sin inquietudes y deambulan con una resignación casi cómoda en funciones asignadas al género. Hay otras que impactan por la fortaleza y el valor, y defienden el derecho de hacer aquello que da sentido a la existencia. Yo me reflejo en la piel de las últimas. Y, aunque el jaloneo de la sociedad ha intentado desde el principio acallarme y regresarme a la condición normal de la mujer, transgredí prejuicios y salté barreras que parecían insuperables.

Desde niña, supe que, donde iba mi corazón, iba mi ser. No resulta difícil imaginar que la elección de ser pintora en la Roma de la Contrarreforma, donde el arte es territorio de hombres, se convirtió en la razón de mi querella y, a la vez, en la causa de las más terribles humillaciones. Sin detener mi lucha, conquisté la admiración de mecenas y burgueses.

En estos días he llegado a Londres para reunirme con mi padre, Orazio Gentileschi, quien ha sido contratado como pintor en la Corte de Carlos I de Inglaterra. El mismo rey ha solicitado mi presencia para colaborar en el importante encargo de decorar el techo en la Casa delle Delizie de la Reina Enriqueta. Un nuevo desafío —a mis 45 años—, trabajar nuevamente con mi primer maestro en la pintura. Un nuevo vuelo de contrastes luminosos.

Sin embargo, el destino siguió terco y obstinado conmigo.

La salud de mi padre fue bruscamente opacada. Con un claroscuro reflejado en su mirada, contemplando nuestra obra, me dijo:

—Artemisia, deberás continuar sola. Siento mis manos henchidas con los matices de un final inesperado—.

A los pocos meses murió.

El monarca, sin respetar mi duelo, pidió de inmediato otro maestro italiano que reemplazara a mi padre para culminar la obra. En el interior de la sala de la Banqueting House planificó y concretó el encuentro en el transcurso de días. Con voz de rey absoluto y escaso protocolo, nos presentó en una atmósfera fastidiosa de exigencias:

—Agostino Tassi, experto en la perspectiva; Artemisia Gentileschi, heredera del talento de su progenitor y de la teatralidad en el dibujo del gran Caravaggio—.

Solo una vez en mi vida había experimentado con tanta urgencia el impulso de huir. Vi en ese viejo pintor, el collar de oro alrededor de su cuello y la espada al cinto. El frío de la sala sostuvo mi cuerpo y congeló mi memoria en aquellos años de juventud. El pasado, con agilidad feroz, se lanzó sobre mí.

***

Cuando era niña y se esperaba que acompañara a mi madre a la iglesia, yo me ocultaba en el taller de mi padre. Con el tiempo ese lugar se convirtió en mi santuario. Pronto él entendió, que además de interés, tenía talento.

A los 17 años firmé mi primera obra, y en una sociedad enfermiza, donde los roles atribuidos a la mujer se disputaban entre ser virgen, esposa, religiosa o prostituta, yo decidí ser artista. Mi espíritu guio mis manos con pulso verdadero. Imité a Caravaggio, no solo en su teatralidad sino en la rotundidad de la línea del dibujo, y su nitidez en las texturas. Pero mi formación en el taller era insuficiente. Le pedí a mi padre estudiar en la Academia. Quería respirar el aliento creativo de los grandes maestros, pero fui rechazada por ser mujer. La terquedad machista y el control del Vaticano sobre el arte intentaron en vano vaciar mis deseos de superarme. De inmediato, mi progenitor, decidió hablar con un amigo y destacado pintor, para que continuara con mi instrucción.

Mi nuevo maestro trabajaba en el taller de mi padre. Venía de la ciudad de Perugia, cerca del río Tiber, uno de los paisajistas más originales. Su mirada era rara, un tanto misteriosa, sin temor de Dios. No usaba peluca ni jubón largo y ajustado. Su vestimenta era suelta y liviana como su trazo. Pintábamos al aire libre. Desde una ventana ficticia, mirábamos el mundo, con diferentes horizontes, creando las más disímiles atmósferas.

  1. tarde, en el taller, mientras yo daba los últimos retoques a mi Magdalena, me dijo que tenía un genio atrapado en mi cuerpo de mujer. Prometió llevarme al día siguiente a su casa, para enseñarme a conquistar la veracidad en las miradas de las madonas.

Estando en su vivienda, me invitó a su habitación, cerró con llave y, una vez cerrada, me lanzó sobre un costado de la cama. Dándome con una mano en el pecho, me metió una rodilla entre los muslos para que no pudiera cerrarlos, y vi caer la espada de su cinto. Alzándome las ropas, —que le costó mucho—, me introdujo una mano con un pañuelo en la boca para que no pudiera gritar. Habiendo hecho esto enclavó las dos rodillas entre mis piernas. Sentí mi virtud desgarrada. Le arañé la cara, le tiré de los pelos y le arranqué un trozo de carne junto a un collar de oro que colgaba de su cuello. Cuando logré apartarlo de mí, solo tuve la necesidad de huir.

Ese día marcó el comienzo de una realidad cortante y sangrante. Mi propio padre lo denunció ante el papa Pablo V: «Una hija del suplicante ha sido desflorada a la fuerza y conocida carnalmente por Agostino Tassi, pintor, amigo y colega del suplicante». Así comenzaba su carta de súplica.

Se inició justicia contra ese hombre infame, pero yo también fui sometida a juicio inquisitorial. La instrucción duró siete meses. Me torturaron mediante un instrumento que apretaba progresivamente cuerdas en torno a los dedos, tormento cruel para un pintor. De esa manera pretendían verificar la veracidad de mis acusaciones. Toda Roma se enteró de mi deshonra. Pero con el tiempo grité al mundo que nada ni nadie sujetarían esta alma inquieta y decidida.

***

En el frío de la sala y sin temor de Dios, aquel hombre, perverso y siniestro, hoy extendía su mano para saludarme frente al monarca Carlos I.

—Señorita, este maestro ocupará el lugar de su padre para culminar la obra—dijo el rey.

—Presento mis disculpas a su majestad—lo interrumpí, tratando de ocultar que temblaba de terror. Y con tono desafiante añadí—: este conocido pintor está viejo y tiene fama de haber perdido las destrezas y habilidades que requieren su encargo. Jamás podría imitar la maestría de mi padre. No aceptaré trabajar con él.

Tassi, dispuesto a enfrentarme y seguro en su poderío masculino, le confirmó al rey:

—El trabajo es mío entonces.

—No, maestro, la conclusión de la obra queda en manos de esta mujer. No aceptaré su renuncia. Tenga usted buen viaje de regreso —ultimó el soberano.

Agostino Tassi ocultó la mirada henchida de odio y soberbia. En pocos segundos, desapareció.

El monarca era un coleccionista fanático, dispuesto a arriesgar las finanzas públicas para satisfacer sus deseos artísticos. La fama de esta pintora lo cautivó.

—Artemisia, tu arte ha conquistado al mundo. Tu bravura ha impactado a este rey que ha depositado la confianza en tu talento. Que tu mirada rebelde selle esta obra para el prestigio y la gloria del soberano y su esposa—me dijo el monarca, y el ardor de la dignidad cobijó esta alma inquieta y decidida.

 

 

4 Respuestas

  1. Marcela dice:

    Gracias Isabel. Cuanto me alegra que te guste. Ese era mi objetivo, rendir tributo a esas mujeres como Artemisia

  2. Isabel Roura dice:

    Felicitaciones Marcela! Me encantó el personaje que elegiste, una transgresora y valiente artista. Tu cuento le rinde todos los tributos. Excelente!

  3. Marcela dice:

    Gracias Paulo! Que buen estímulo!

  4. Paulo dice:

    Bravisimo! Una obra de arte! Me gustó muchísimo!

¿Qué opinás?

A %d blogueros les gusta esto: