Vistazo

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Es una típica mañana en Buenos Aires. Como una pequeña leona adormilada, Mafalda comienza a aprestarse para ir a la escuela. Escucha el rumor de la afeitadora de su papá y el trajinar de su mamá preparando el desayuno. Su hermanito todavía duerme. Se apresura a vestirse y se sienta a la mesa junto a su papá que ya está leyendo el diario frente a la taza humeante. Revuelve el café con leche y unta una tostada con mermelada y, antes del primer bocado, enciende la radio.
Le pareció raro no encontrar el espacio habitual de la mañana donde solían pasar alguna buena selección de temas de los Beatles. En medio de la interferencia alcazaba a distinguir la voz de un locutor desconocido que da unos anuncios:
– Ciudadanos del mundo, buenos días.
De pronto sintió que el pedazo de tostada se le atoraba en la garganta.
– Para hoy, 3 de agosto de 2070, el pronóstico anuncia caluroso y húmedo durante todo el día. Si no pueden evitar salir al exterior, recomendamos prudencia y el uso del equipo de supervivencia.
Perpleja, Mafalda se mira: las medias de lana, la falda gruesa y el pulóver que mamá le tejió especialmente para que fuera bien abrigada a la escuela. En el respaldo de la silla descansan el guardapolvo y el tapadito.
– ¡Mamá! ¿No será demasiado abrigo para ir a la escuela? La radio dice que hoy estará caluroso y húmedo…
Silencio.
Un escalofrío le recorre la espalda y siente como el vello de la nuca se le comienza a erizar. Algo raro está pasando, su mamá está inmóvil frente a la mesada de la cocina. En una mano sostiene una taza y en la otra la cafetera. La línea oscura del café forma un arco perfecto y se detiene a apenas unos centímetros del borde de la taza.
Su papá tampoco se mueve, está petrificado en el acto de morder una tostada, con el diario firme en su mano izquierda. Unas cuantas migas doradas levitan cerca de la barbilla y el humo del café forma una filigrana estática. Mafalda se le acerca con cuidado y espía en el encabezado del periódico: 3 de agosto de 1970.
-¿Qué está pasando aquí?- se pregunta.
Corre hacia la puerta y la abre de un golpe. El palier ha desaparecido y de repente se encuentra sobre una vereda gris, sucia y pegajosa. Ese paisaje oscuro y pringoso, de paredes descascaradas, le resulta completamente desconocido. Se da cuenta que es su calle, pero todo ha cambiado. En el retazo de cielo que alcanza a divisar entre los edificio solo se ven unas nubes bajas y oscuras. El calor es asfixiante y siente como el sudor le empapa todo el cuerpo. Le cuesta mucho respirar, le duele el pecho con cada bocanada.
En ese momento ve la silueta de un hombre cerca de la esquina que se va desvaneciendo entre la bruma que flota cerca del piso. Mafalda corre y lo alcanza justo cuando está a punto de cruzar.
-¡Escuche! ¡Por favor! ¿Podría decirme qué está pasando?
El hombre gira sobresaltado. Una máscara le cubre la cara y solo deja ver los ojos. Su voz suena lejana y apagada.
-¿Quién sos? ¿Cómo es posible? No entiendo qué hace una niña de tu edad aquí… ¡Ya no hay niños!
– ¿Cómo? ¡No puede ser!
– El mundo se muere, chiquita -solloza.
– ¡No, no es posible! ¡Debo estar soñando! -grita Mafalda cerrando los ojos y tapándose los oídos con las manos.
Sofocada, se quita el pulóver y se tambalea por la calle desolada. Busca un rastro, un indicio, algo reconocible.
Llega a lo que alguna vez debió ser una avenida, ancha, inmensa, perdiéndose en el horizonte, completamente desierta. Ve coches abandonados aquí y allá, los edificios en tinieblas, montones de desechos irreconocibles esparcidos por todas partes, húmedos, confundidos con una especie de lodo que todo lo cubre y se le adhiere en los zapatos. A lo lejos divisa algo que le resulta familiar, aunque no encaja con la imagen que tiene en su memoria. Lo recuerda blanco y enhiesto reinando desde la encrucijada de las calles. Ahora es sólo un despojo grisáceo y sucio, partido al medio como un gigantesco escarbadientes.
-¡Entonces es verdad! ¡Lo hicieron! ¡Finalmente mis peores pesadillas se hicieron realidad! -se lamenta.
Emprende el regreso trastabillando a través del panorama plomizo, jadea y se esfuerza. ¡Tiene que huir! ¡Tiene que volver al cálido refugio del comedor familiar! ¡Tiene que volver a su tiempo, a su lugar! ¡Tiene que advertirles!
Entra, cierra la puerta de un golpe y se apoya en ella resoplando. Mamá y papá siguen en las mismas posiciones en que los dejó y la radio sigue resonando en el silencio. Mafalda se abalanza sobre ella, la apaga y cierra los ojos esperando contra toda esperanza. Entonces escucha: el murmullo de las hojas del periódico, el gorgotear del café vertiéndose en la taza, el olor de las tostadas. Sin decir palabra va hasta la ventana, la abre y levanta la cortina dejándose abrazar por el sol y el aire frío de esa mañana de invierno. Sabe que su lucha recién empieza y que no puede darse por vencida. Se para en su banquito para elevarse un poco sobre sus escasos seis años y levanta un puño amenazante hacia el futuro.

7 Respuestas

  1. Maximiliano Stahl dice:

    Hey muy bueno! me gusto mucho!

  2. Silvia Conci dice:

    Me mantuvo interesada y muy bien contado. Felicitaciones

  3. Cecilia Aimar. dice:

    Fe de erratas: Imposible distraerse cuando empezás la lectura….

  4. Cecilia Aimar. dice:

    Como dice la autora Silvia Kohan “traspasa la barrera de lo común”. Imposible distraerse cuando en la lectura de este cuento Brillante. Alucinante como opina Sofía.

  5. Damian dice:

    Está excelente.

  6. sofia dice:

    ALUCINANTE¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡

  7. Noelia Masachessi dice:

    Que lindo, que imágenes!!!

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