Vidas que pasan

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A las seis en punto firmo el último expediente y lo lanzo a la pila. Miro la hora: solo falta una. Mi ansiedad no puede más. Suspiro mis posibilidades. Dos o tres. Ninguna es la correcta, pero me decido. Tomo el teléfono y escribo: «Hola gorda, qué linda tarde, ¿no? Pensé en buscar mis lentes. ¿Los dejé allá…, hace tiempo…? Si podés paso un rato, tomamos una cerveza». Dudo. Va a estar con su nueva novia. Va a ser complicado. La última vez le pedí conocerla. Le dije que lo nuestro era pasado, que ahora éramos amigas. En realidad, siempre lo fuimos, pienso. Tomo otro expediente y paso las fojas sin verlas, amarillas y estériles. Desde la ventana, se va apagando el cielo.
¡Pin! Un audio de Paula: «Gorda… ¿qué hacés? Estamos paseando a Antonio en la plaza. Con Caro. Volvemos en quince. Pasá, y tomamos una birra. Todas juntas. » Cierro el expediente. Apago la computadora, la impresora, las luces. Salgo a la calle. Afuera, el mundo. Gente de reparto. Camino ligeramente, mientras juego a recordar vivencias en cada esquina. A los diez minutos toco el timbre:
—Soy yo —marco mi lugar. Adentro, los rostros ya están bebidos. Era de imaginarse. — ¿Cómo andan, chicas? ¿Todo bien? Traje cerveza.
Mi seguridad está intacta. Las dos anfitrionas juegan un juego silencioso, de complicidades incómodas, pienso. Incómodas para mí. Los roles están claros… ¿lo están? Paula está nerviosa.
—Mi amor, ¿traés limón, que Gina toma con limón? —dice, en exquisita combinación de palabras para calmar los celos.
Charlamos entre cervezas, civilizadamente. Al rato, Caro trae whisky, para doblar la apuesta. Sirve tres vasos. Se sienta, y apoya los pies —descalzos— sobre el regazo de Paula. Miro hacia un costado. El cuadro que pintamos juntas ya no está.
—¿Y el cuadro? — digo.
—Lo blanqueé — dice Paula.
—¿Por? — pregunto estupefacta.
—Porque pintar es algo muy mío, gorda…, Gina. Es mi mundo. Ese día… fue sólo un préstamo.
—Pero… era algo nuestro. Era… un símbolo… —miro sin querer a Carolina. — Eso pensaba, al menos… Por ese cuadro empecé a pintar—confieso.
Caro fuma contenta, en silencio.
—Por mí, querrás decir.
—¿Por vos empecé a pintar? —Me enciendo.
Caro sigue callada. Ese poder de juzgar que tiene el que no participa. La cobardía más sabia que existe. Paula empieza a hablar de mis reproches. De la mirada, será, porque no dije más nada. Ponen música. Odio los boleros. No puedo escuchar, necesito seguir.
—No puedo creer que hayas blanqueado el cuadro.
—Y dale, Gina. ¿Querés pelear por un pedazo de tela? Ya está. Un cuadro, nada más. Y no era bueno.
Caro me sigue sirviendo whisky, siento que mira mi rostro enrojecido. Quiero preguntarle de qué se ríe, pero no puedo porque está seria. Suena el timbre. Paula mira la hora:
—No atiendo. Me estoy por ir a dormir.
«Se están por ir a dormir», pienso, y yo estoy de más desde que llegué. «Desde que nací», piensa mi borrachera. Nos quedamos en silencio.
Suena el teléfono.
— Atendé —le pido. Hay alguien abajo.
—¿Hola? — dice Paula.
— …
— ¡Hola! ¡Pero tanto tiempo! ¡Qué sorpresa! Sí, sí, ya te abro.
Se abre la puerta y el extraño entra al living.
Logro mirarlo todo con los ojos del recién llegado: oscuro, nebuloso, viciado. Él es bello. Con su buzo con capucha y el pantalón gastado. Le digo:
—Menos mal que viniste. Estábamos peleando.
—¿Ah, sí…? —responde inmune.
Paula le da un abrazo. Caro le sirve un trago. Entiendo que es alguien del pasado, pero ahora no importa, Paula sólo quiere irse a dormir.
—Llegué esta mañana… Mi vieja estaba grave. La operaron. Ahora está mejor, pero sigue internada.
—Ah, lo lamento —. No sé quién es. —Vos, ¿de dónde sos? —Le robo el tema, me gustan sus ojos rasgados.
—De Caleta Olivia, al sur.
—Ah, sí, ciudad de vientos… —Miro de reojo.
La anfitriona está muy mal. En breve desaparecerá. Se irá a su habitación sin saludar, como siempre. Caro y yo nos quedaremos haciendo frente al que llegó tarde.
—¿De dónde conocés a Paula? —interroga Caro.
—¡Uf! De la vida. Una grande, Paula. Hace años que no la veía… Qué épocas esas, flaca, ¿no? —mira hacia el pasillo.
—Se fue a dormir —decreta Caro y me mira. Una rival disfrazada de cómplice.
—Bueno — entiendo—. Yo también me voy. Es tarde.
—Yo también bajo, entonces —dice el sureño.
Hay gente que se da cuenta cuando está en el momento equivocado. Bajamos los dos por el ascensor. Miro el piso. Mala noche. Un espectáculo que se define penoso cuando va bajando el telón. Caminamos unos metros, me hace reír. Quizás él tambalea su vida, este tipo con la madre enferma. Yo tambaleo mi soledad. Se frena en un edificio.
—Yo vivo acá. Bah, mi vieja… —dice.
—Ah, eran vecinos…
—Sí. ¿Querés subir? Es hermosa la vista.
La confirmación de mi teoría, que me vuelve bella al instante.
—No puedo… me esperan —miento.
Él sube el escalón de la entrada para estar aún más alto. Pocas veces me sucede, pero hay besos con extraños que me encienden la química de la intimidad.
—Subí un segundo —dice apenas separa su boca.
—No puedo. En serio me esperan. —Retrocedo, deseándolo intensamente—. Me voy, es tarde. «Quiero sufrir un poco más». Vuelvo caminando, con todo el frío apedreado en los hombros, las manos en los bolsillos. La gente sigue en la calle. «¿De qué se ríen?» Enciendo un cigarro para calmar la euforia. Creo que es por el beso, porque olvido los obsequios del alcohol. Llego a casa y me tiro. Pierdo la mirada en el techo en repetición, mientras pienso en cómo duelen las vidas que ya no son. Esa hojarasca que se va barriendo hasta quedar amontonada en un cajoncito de la habitación…
El despertador retumba la resaca en todo mi cuerpo. Abro los ojos y tomo el teléfono para escribir a Paula, pero el mensaje ya está ahí: «Me siento fatal. Nuestra relación se volvió muy tóxica para mí. Hagamos un corte, Gina. Nos vemos».
«Gorda, disculpame…», empiezo a escribir. Pero las disculpas son siempre ridículas. Borro. Borro todos sus mensajes. Salgo para la oficina. Está nublado y la gente sigue ahí. «¿Qué hacen ahora?» Mientras camino recuerdo al tipo de Caleta Olivia. ¿Cómo se llamaba…? Me detiene un semáforo. Pierdo la mirada en el rojo, pensando en cómo duelen, también, las vidas que no van a ser jamás. 

1 respuesta

  1. Elva dice:

    Muy bueno. Me gustó mucho

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