Veneno

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¿Push up, strapples o balconette? Nunca sé cuál me marca mejor el escote…

La escucho quejarse y me hierve la sangre de la bronca. Suertuda. Al menos, ella sí tiene tetas.

Amo a mi hermana, pero me saca. Tal vez sea porque yo no ando vociferando mi inconformidad ante el mundo ¿Qué saben ellos de no sentirse a gusto? Pero no voy a ser yo quien los desburre. Pasa que ya me dejaron en claro cómo son las cosas en esta casa. Apenas cumpla dieciocho, me voy a la mierda y hago con mi cuerpo lo que se me dé la gana. Ellos que me busquen, si quieren. Aunque lo dudo, nunca van a querer lo que soy.

—¡Era penal, garca! ¡Ojalá que te lo dejen como una margarita!

Ese es mi papá quejándose frente al televisor. Me tapo las orejas con la almohada: «¡Bruto!», tengo ganas de gritarle en la cara, pero me contengo. «¡Ojalá te rompan a vos el culo, viejo choto!». Él fue el primero en darse cuenta y, después de fajarme con el cinto, el primero en condenarme al rechazo. Me sentenció a «una vida miserable en el reino de las criaturas deformes del Señor». Yo no soy deforme, ni miserable. Ya veremos quién de los dos llega primero a ese infierno.

Mi vieja se enteró por él, claro. Quiso acercarse a mí y contenerme, pero nunca me ofreció ayuda de verdad, solo se sentía culpable por la paliza innecesaria. A mi mamá tampoco le gusta quién soy. Lo sé por más que ella no lo reconozca. Lo noto en su tono de voz, en las caricias que ya no me da, en la mirada esquiva y la risita falsa cuando estamos los cuatro sentados a la mesa. No la odio. Sé que vive condicionada por mi viejo y que, si se animara a conectarse conmigo, comprobaría que no he cambiado.

Fuera de mi casa, tampoco me animo a ser. Las apariencias son importantes para la supervivencia y pretendo evitar cualquier asomo de amenaza. Sin embargo, hay un chico por el que me arriesgaría a dejar que el mundo me viera tal cual soy. En el colegio, me aferro a los recreos para seguirle los pasos y ser testigo de cada uno de sus movimientos. Si tan solo se fijara en mí, me expondría con todo gusto. Pero no creo que yo le guste, ni yo ni los de mi tipo.

Una noche, después haber pasado el día entero imaginando mi primer beso con Lucio —así se llama—, entro en mi habitación y aprovecho la intimidad de mi soledad para dejar de pretender un poco y dejar escapar un suspiro largo y profundo. «¿Cuándo será el día en el que me correspondas, hermoso mío? ¿Tan imposible es que te enamores de mí?», suelto con aire esperanzado mientras miro una foto suya en mi celular.

Mi papá, que iba de camino al baño, escucha mi súplica y, de inmediato, se detiene frente a la puerta entreabierta. Se asoma por detrás de mi hombro; yo no lo escucho entrar.

—¡Maricón de mierda! —me acusa, iracundo—. ¿Que no te dije que en mi casa no quiero maricas? ¡Parece que no te alcanzaron los golpes! A ver si ahora entendés.

Pobre, mi viejo, cuánto lamento su falta de amor propio. El que no entiende es él: mis moretones van a desaparecer, pero el veneno que él lleva en el alma, no. Podría esperar en silencio al día en el que se muerda la lengua…

Y de hecho eso voy a hacer, confío en que el raticida que vengo disolviendo en sus botellas de licor haga efecto pronto. El de la ferretería me dio el más potente que tenía cuando le dije que ese bicho de mierda no se moría más.

4 Respuestas

  1. Maria Guillermina Ferrero dice:

    Muy bueno!

  2. Ada Salmasi dice:

    ¡Muy bueno! un relato que pinta la sensibilidad y el sufrimiento de tantxs rechazadxs.Un final que no esperaba.

  3. Constanza Chavez dice:

    Sos increíble Meli! Te mando un abrazo enorme

  4. Mariela Ortega dice:

    Me encanto ! Felicitaciones. El final ” ese bicho de mierda no se moría más ” jaja que genialidad

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