Vacaciones

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El sol caribeño calienta la arena dorada que se le escurre a Mariana entre los delgados dedos de las manos. Solo desea tocarla, sentir la sensualidad que le despierta en la piel. Se acomoda, estira el cuerpo lánguido sobre la toalla y se recoge el cabello con un movimiento perezoso. Las minúsculas partículas de arena brillan en su piel, pero no alcanzan a cubrir las pecas que salpican los brazos y las piernas. Piensa en esas pequeñas manchitas que tanto le gusta besar a Federico.
El ruido de las olas que rompen contra la playa la distrae, no quiere pensar en nada. El año fue largo y complicado. La enfermedad de su padre le dejó una tristeza difícil de superar. Todavía lucha para aceptar la invalidez con la que él sobrevive, invalidez que hace propia al sentir tanta impotencia ante los límites de sus cuidados y de la ciencia, que tampoco pudo devolverle al padre fuerte de su infancia. Y Fede, su novio; algo que no descifra sucede con él.
El hambre puede esperar. Atraída por el turquesa sin fin del mar, camina hasta la orilla. Las olas parecen invitarla a jugar, la desafían a vencerlas en cada salto. El juego tan placentero, que combina entrega y pelea, le recuerda tantos veranos de la infancia pasados al abrigo de la familia, y a su padre, joven y sano, que le enseñaba a adueñarse del mar. Han pasado varias horas desde que dejó a Federico durmiendo después de una noche de sexo desinhibido.
Camina hacia la posada con cierto desgano,la sensación de abandonarse en el agua es fuerte, pero su novio la espera.
Dores, la encargada del lugar, está sentada bajo una sombrilla armando un porro. Seguro que algo le pasó con el veinteañero con el que salía de su habitación anoche y necesita calmarse. Intercambio de sexo por alojamiento: así vio que funcionan las cosas en el lugar. Solo ver la cara manchada e imaginar el cuerpo deteriorado de esta mujer en la situación le da asco.
Federico conocía el lugar y le pareció una aventura alojarse en esta posada barata con huéspedes casi marginales que le recordaban un pasado no tan lejano. Por suerte, en dos días se van de allí.
De repente lo ve salir a su novio de la posada; tiene la boca abierta como si fuera a pedir socorro y el cuerpo manchado de sangre. Parece próximo a desmayarse.
Corre hacia él y le grita asustada: «¿¡Qué te pasó!? ¿Con qué te lastimaste?».
Lo toma de la mano y lo hace sentar. Acostumbrada a encarar situaciones difíciles con la enfermedad del padre, sabe que lo primero es mirar: Federico no tiene heridas, lo que le resulta raro. Él llora y los sollozos no le dejan articular las palabras. Mariana mira alrededor, busca algo o alguien que le dé un indicio de lo sucedido.
Entre llantos e hipos, él señala la posada. Mariana le pide que la espere y entra. Un silencio extraño la recibe: los huéspedes han salido a la playa. Recorre las habitaciones con una inquietud que crece con cada paso porque sabe que algo terrible ha sucedido.
Por la puerta entreabierta de la habitación de uno de los veraneantes –Marcos–, percibe un olor a marihuana y sexo mezclado con otro que la impacta aún más y no logra definir. Se asoma y reprime un grito de horror al verlo desnudo entre las sábanas revueltas en un lecho de sangre. Muda, se acerca a la cama y reprime una arcada. La imagen, unida al olor dulzón de la sangre, es insoportable. No puede mirarlo a la cara. Marcos se ha cortado las venas y, por la lividez del cuerpo, se da cuenta de que está muerto.
Llorando desesperada, sale de la posada; se estremece al pensar en las manchas de sangre que vio en el cuerpo de su novio. «¿Tendrá algo que ver en esto?».
Fede está en el suelo, enroscado sobre sí mismo. El cuerpo desmañado de Dores se inclina sobre él y le dice:
—Ese pobre tonto me confesó que había venido para matarse acá… No le creí. Cuando no lo veía salir de la pieza y colocarse con otras cosas malas…, ahí le empecé a creer. Pero no que lo haría así, después de haber estado con vos… ¿Estaría muy drogado? Me acordé de esa película italiana en la que los amigos se juntan en una casa para suicidarse comiendo y teniendo sexo, a lo mejor Marcos pensó algo así… estaba muy solo, no sabía qué hacer con su vida. Y yo, imaginate, ¿qué consejos podía darle? Cuando te escuché gritar, me asomé a la pieza y… salí a los tumbos, me caía, necesitaba darme con algo… Después veremos qué hacemos. Olí la muerte ahí…
Mariana no alcanza a escuchar lo que la mujer le dice a Federico. «No importa, el que tiene que explicarme es él».
Dores mira a lo lejos… Lo de Marcos la hace pensar en su idea de suicidarse en un tiempo no tan lejano… cuando se anime. Con la voz pastosa, murmura:
—Y bueno, cuando uno no quiere vivir más, nadie puede hacer nada.
Se levanta del suelo con dificultad y se tira en una reposera. Piensa que, si al menos hubiera podido criar al hijo que tuvo, pero no, qué sabía ella de ser madre, si también la abandonaron. Cobijada en el humo del porro, los recuerdos la acompañan, piensa que por suerte descubrió las drogas para olvidar. Desde que los dueños de la posada la aceptaron como encargada, tuvo un hogar. «Uf, menos mal que no insistieron en averiguar demasiado sobre mí».
Mariana cae en la cuenta de que no registró gran parte de lo que le pasaba a Federico. Tan ensimismada estaba en ella que él era solo una buena compañía sexual para frenar su tristeza. Lo conoció durante una de las internaciones de su padre, él acompañaba a un amigo que se descompensó al emborracharse en una fiesta. La atracción física fue inmediata, un soplo de vida en tanta oscuridad. Él le dijo palabras de consuelo que la acompañaron en su pena. Fede vio una mujer distinta de las que frecuentaba en la noche, capaz de cuidarlo en sus debilidades y de alejar el enorme temor a morir en el oscuro mundo de las drogas. El sexo completó la unión. «Necesitaba de él una fortaleza que no tenía».
Recuerda cómo la excitaban las charlas en las que Fede le confesaba su bisexualidad y ese deseo que parecía no agotarse nunca. En uno de esos momentos en que sus cuerpos se hacían uno diluyéndose en el placer, se prometieron fidelidad, palabra poderosa que aplacó temores y dudas. Ante tanto desborde de sensualidad de su novio, pura piel erotizada y siempre dispuesto al sexo, ahora comprende porqué sorprendía a Marcos, tan esquivo, con la gorra que le escondía la cara, observándolos con ojos lujuriosos. Estaba segura de que se imaginaba en un trío con ellos.
Trata de calmarse porque hay que actuar rápido. Con la sangre fría que aprendió a tener durante la enfermedad del padre, usa sus escasos conocimientos de portugués y llama al servicio de emergencias que tiene la posada. Vuelve y, sin dudar, enfrenta a Federico:
—¿Qué pasó? —Su mirada, tan decidida a saber la verdad, lo obliga a contarle.
Desde el suelo, con la voz temblorosa, le responde:
—Te iba a buscar a la playa… Marcos me dijo de tener sexo. «¡Qué decís! Sabés que estoy con Mariana»… ¡y siempre le decía que no!
Fede no puede mirar a su novia:
—Él estaba desnudo y me dijo que veía cómo… yo… yo lo miraba. Y que estaba listo para mí… creo que estaba colocado… y… y que aprovecháramos que no estabas vos, «tu noviecita. Además, te escucho cuando lo hacés con ella y me dieron ganas. ¡Sos tan pasional!». —Respira profundo y, sin más pausa, continúa—: Me excité. ¡Sabés lo fácil que soy para eso! Y se me mezcló con vos; el sexo nos puede, somos iguales. También te pasó con tu amiga… y yo no te dije nada.—Sin percaterse de la crispación con la que Mariana lo mira ahora, continúa­-: Nos fumamos un porro y no sé… fui al baño… me metí en la ducha un rato… ¡qué se yo cuánto! —Se le quiebra la voz—. Al volver a la pieza, me encontré con lo mismo que vos: sangre y más sangre.
Con la furia pintada en la cara, Mariana reprime el deseo de pegarle –tal es la decepción que siente–; podría exigirle que le contara los detalles morbosos, pero pensar que el recuerdo de lo que sucedió tal vez lo atormente en parte la calma. Federico sigue de un tirón: es la única manera de decirlo para sacarse la imagen horrorosa de Marcos.
—Me arrodillé en la cama, no sé, ni lo toqué… Podría haber hecho algo… nada… no sé, estaba lleno de sangre en el cuerpo. Sa… salí corriendo. Está muerto, ¿no? Perdoname, yo te quiero, te prometo que no va a pasar más… ¿Qué vamos a hacer? Tengo miedo.
La desilusión y la rabia que ve en ella lo hacen llorar aún más, no hay perdón. Ve algo peor que la traición en los ojos de ella: la cobardía. Estira la mano para tocarla, esperando algo de compasión. Mariana se echa para atrás, dominada por la repulsión. Tal vez podría perdonarle la infidelidad, pero el abandono de Marcos le muestra la debilidad de Federico que no puede tolerar.
Se levanta convulsionada del suelo. Cree controlar el enojo que la hace temblar, pero no, una mueca de crueldad se dibuja en su cara al sonreír:
—Me olvidé de llamar a los policías. Vas a tener que explicarles a ellos lo que pasó. ¡Además te digo, por si te olvidaste lo que te había contado, lo que pasó con mi amiga fue una estupidez que hice antes de conocerte!
Federico se cubre la cara con las manos. Desearía desaparecer como Marcos.
Dores escucha a Mariana y, al verla entrar a la posada, un recuerdo doloroso se abre paso por su mente embotada. Entrecierra los ojos, cegada por ese sol del mediodía. No es la primera vez que la policía viene a la posada. Hace cuatro años la llegada de los autos delataba que algo ocurría en el lugar; sospechaban que su novio, el narco, estaba escondido allí. Él escapó y nunca volvió. El desconsuelo que sintió encontró en la idea de suicidarse un alivio, una meta que alcanzar. Con paso inseguro, se aleja de Federico y Mariana y esconde los porros, «no vaya a ser que la policía me culpe de traficante».
Por la ventana abierta del lugar, ve que Mariana se acerca al teléfono. «Ojalá que esos malnacidos no la atiendan. Entre todos podríamos despedir a Marquitos y olvidarnos de lo que pasó. Las olas lo llevarían mar adentro. Pero sola no tengo fuerzas y Mariana.. qué le puedo pedir si me mira con asco,¿quién se creerá que es? ».
El brillo de una ternura olvidada, aquella que sintió al sostener entre sus brazos por única vez a su hijo recién nacido, le vuelve los ojos más claros y agiliza su andar hacia Fede, que sigue tirado en el suelo, balanceándose como un niño apaleado en busca de protección. Se agacha para abrazarlo, lo acuna y murmura palabras que solo ella entiende: «¿Dónde estará mi niño? Tantas veces lo imaginé con una vida mejor que la mía. ¿Tendría la edad de Fede…?».
Con el teléfono en la mano, Mariana observa incrédula la imagen: «No merece consuelo, ni siquiera por esa horrible mujer».
Las manos le tiemblan al marcar los números de la policía.

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