Una extraña sensación de justicia(tiempo de lectura: 4 minutos)

… Y comenzó a alejarse. Pero al llegar a la esquina no pudo evitar voltearse.

Hubiera querido tener la valentía de volver y putear uno a uno a esos despreciables con los que compartía sus jornadas laborales; de volverse, tirar un fosforito y que ardieran en el mismo infierno. Pero no. Esos no eran sus modos. Era quilombera, vengativa, si se quiere, pero más sutil. Que creyeran que sus ojos llorosos eran signo de debilidad, que lo creyeran. Los iba a hacer mierda, sí, pero a su manera.

Dio vuelta a la esquina, se secó las lágrimas y sacó el celular de la cartera. Marcó un número y una voz ronca le contestó del otro lado:

—¡Al fin te decidiste, mamita! ¿Qué le hacemos al culiado ese?

El que se mostraba tan entusiasmado con la idea de pasarle factura al Gringo, su jefe, era Tito, examigo de la infancia del susodicho. Grandote, herrero de profesión, su excompañero de juegos lo había cagado en un par de laburos grandes —las rejas en hierro forjado de sus dos restaurantes— que nunca le pagó. Pero lo peor había sido que se había encamado con su novia de toda su vida cuando tuvo que viajar por la enfermedad de su vieja. Flor de hijo de puta que no sabía de códigos. Por eso Tito le tenía unas ganas…

Aparte, era un cagón. ¡Le había mandado un escribano para que le notificara su despido! Ella quería que pagara por echarla como a un perro, por haberle contestado tan campante por el handy:

—¡Tranquila, querida! ¡Vos y yo nos conocemos desde hace tanto! Ni te preocupes, vas a cobrar lo que corresponda, absolutamente.

Y había llorado, sí, pero de rabia. ¡Como si todo pasara por la plata, pedazo de conchudo! Cero códigos, cero palabra, cero ponerse en el lugar del otro.

¿Y sus compañeros? Ni se habían inmutado. Desagradecidos lameculos. No les importó las veces que ella había expuesto su pellejo para obtener un aumento para todos.

Sin perder tiempo, ella y Tito se encontraron para planificar «el susto» que le darían al Gringo. Dejarían para después al séquito de acólitos que tenía. El escarmiento sería cerca de las doce de la noche, cuando su exjefe llegara al parking con la mochila con la recaudación de la parrilla, como hacía siempre. Allí lo estarían esperando «los muchachos» (que no eran otros que los musculosos changarines del herrero), ocultos detrás de la camioneta abandonada en el ingreso, fuera de la visión del playero. Le arrebatarían la mochila y lo cagarían «un poco» a piñas; cada una a cuenta de alguna de las que se había mandado.

A las 12 de la noche, ella y Tito estaban en su auto estacionado en la calle. Los muchachos, en sus puestos. Y el Gringo, saliendo rumbo al estacionamiento, con el pucho entre los dedos y la mochila colgada de uno de sus hombros.

Pero de pronto, por la estrecha calle céntrica, apareció de la nada una moto a contramano. El hombre pensó en un arrebato y, con un movimiento rápido, pasó la mochila hacia adelante. La moto pasó de largo, pero por esquivarla el trolebús que circulaba por esa vía se salió de su carril e impactó contra un poste de luz que cayó ruidosamente sobre la vereda.

La calle quedó a oscuras. Ellos no se movieron del coche. Al Gringo lo sacaron fiambre, con el espanto estampado en sus ojos abiertos y la mochila llena de plata abrazada al pecho. Fue la única víctima, porque el motociclista ni se enteró del accidente, el trole venía casi vacío y la conductora salió ilesa.

Los «muchachos» aparecieron pálidos, repitiendo: «No hicimos nada, no hicimos nada». Tito se agarraba la cabeza, sin entender.

Ella solo recuerda que del susto pasó a la culpa, como si ella hubiera podido hacer que pasara todo eso; de la culpa a la bronca, por no haber sido ella misma la que se encargara de darle su merecido a ese hijo de puta; y de la bronca a una extraña sensación de justicia.

4 Respuestas

  1. Paula Avila dice:

    ¡Un placer leer tus cuentos, Andre! Espero los próximos.

  2. Marcos Festa dice:

    ¡Que buen cuento!, intenso, duro, con buen ritmo. Te felicito

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