Un proyecto en la vida

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Mi socia y yo estábamos preocupadas haciendo números. Si la cosa seguía así, la arquitectura no nos daría de comer por los próximos tres meses. Tirando manotazos de ahogado, podríamos generar alguna que otra entrada dibujando para alguien con más suerte que nosotras, pero nada muy prometedor. Ese día mi amigo Juan me había comentado que su primo necesitaba un arquitecto y le había dado mi número de teléfono para que me contacte. Yo había conocido a Andrés cuando éramos adolescentes y me sorprendió que estuviera por construir. Siempre pensé que algún circuito no le llegaba al tablero, por decir arquitectónicamente, que su cerebro no tenía todas las luces. Pero me tragué las palabritas, y rogué para que se comunique.
Dos días después recibí su llamada. Traté de ser natural, no exponer mis prejuicios y mucho menos mi necesidad urgente de conseguir un trabajo:
̶ ¿Hola? ̶ dije preguntando al número sin registrar.
̶ Hola, ¿Pamela? Soy Andrés, el primo de Juan.
̶ Hola Andrés ¿cómo estás?, me dijo Juan que tal vez te comunicabas ̶ dije tratando de no sonar ansiosa.
̶ Sí, le pedí que me recomendara un arquitecto o arquitecta y me dijo que vos te habías recibido y podrías ayudarme con lo que necesito.
̶ Sí claro, respondí. ¡Vos dirás!
̶ Mirá, hace unos días firmé la escritura de una parcelita en Colonia Caroya y quisiera comenzar con el proyecto para construir.
Mi alegría no entraba en mi cara y mi socia seguía cada una de mis reacciones con ansiedad. Me alejé un segundo del teléfono y le dije con mímicas:
̶ ¡Vaaaaaamoooooos!
Volví a la conversación con Andrés:
̶ Bueno, te felicito. Si te parece bien, podemos hacer una reunión con mi socia, así la conocés, y juntos conversamos sobre las necesidades de tu proyecto.
̶ Sería perfecto, pero no tengo muchas necesidades en realidad, aunque sí llevaré algunas fotos de otras construcciones que he visto y me han gustado. ¿Te parece bien?
“!Cagamos!”, pensé. Ahora se viene toda la porquería esa de la moldurita y los pastiches de estilo retrógrados que tanto le gusta a la gente que junta Grecia con Roma y un poquito de Colonial también, ¿por qué no? Pero tragué saliva y le dije:
̶ Sí, por supuesto. Siempre es mejor saber qué le gusta a quien lo va a habitar.
Nos saludamos después de fijar fecha y hora para la cita. Después iríamos a conocer el lugar, para poder encontrar las mejores condiciones que el terreno nos brinda para el proyecto.
Andrés entró al estudio y tenía la misma cara de tablero en corto, de cuando éramos chicos. Eso me provocó un nudito en la panza. La relación arquitecto-cliente suele ser muy crítica en algunos momentos, aún cuando el cliente sea más o menos común.
Nos sentamos un sacó de un sobre una serie de fotos para mostrarnos, que desparramó sobre el escritorio. No sé si pude disimular las expresiones que querían aparecer por mi cara. ¡Hice todo lo posible! Lo juro. Mi socia comenzó a toser, se disculpó para ir al baño y me abandonó.
Eran fotos de panteones. Panteones familiares, individuales, pegados en medianeras, aislados, muy cerrados o un poco más abiertos. La parcelita era en el cementerio parque de Colonia Caroya.
Tomé el trabajo, por supuesto. Eso sí, por lo menos Andrés había elegido ejemplos bastante racionalistas, nada de molduritas ni frontis griego.

3 Respuestas

  1. mariajosebor@yahoo.com.ar dice:

    era un muchacho previsor!!!

  2. Daniel dice:

    Bien, un cuento que parece apuntar a un final rutinario, da una vuelta de campana, y sorprende. Felicitaciones.

  3. Marcela dice:

    Me gusto!! Sorprende la historia. Saludos.

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