UN AMOR TAN IMPOSIBLE

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Con la vista entre perdida y cansada, aburrido y sin planes específicos para esa tarde de domingo, estaba yo en la cocina de casa sin ánimos de ver TV, o de hacer algo. El calor y el silencio acompañaban mí tristeza. Sentía la necesidad de fumar uno más: la sangre me lo demandaba. Mis promesas íntimas y débiles de abandonar el vicio, se habían reducido al mínimo. Tomé varios cigarrillos, el encendedor, una silla y salí a la vereda. Tenía la esperanza de encontrar movimientos, actividades que me distrajeran. Tal vez vería pasar a un vecino, o mejor aún, una vecina y que se detuviera a conversar. Necesitaba estar cerca de alguien, compartir las horas y algunos sentimientos.
El atardecer, con el horizonte apenas rojizo, me acariciaba, me otorgaba paciencia para tanta monotonía. El cigarrillo ya estaba en sus finales cuando advertí que ella se acercaba con destacada elegancia, con contoneos asombrosos que parecían completar detalles de un hermoso paisaje. Quedé estático, embelesado por tanta armonía. El cigarrillo me quemaba los dedos: lo arrojé para seguir atento a los pasos de ella.
Era la primera vez que la veía por el barrio, por frente a mi casa. Las preguntas surgieron a borbotones: ¿De visita?, ¿A quién?, ¿A dónde irá?, ¿Dónde vivirá? Todas sin respuesta. Me erguí en la silla para contemplarla con curiosidad y cortesía. Admiré su cuerpo tan proporcionado y su andar, hasta cierto punto voluptuoso. ¡Esa silueta!
¿Qué intenta?, me pregunté al notar que se detenía justo frente a mí. Quedé atónito, me supe un imbécil por mi mudez. Sentí el nacer de un extraño palpitar en mi corazón. ¿Será amor?, pensé involuntario. Presté atención, agudicé mis oídos para confirmar si me hablaba, si pronunciaba su nombre… No… Nada… Silencio total. Solo encontré miradas que se entrecruzaban con las mías. Descubrí algunos mínimos balanceos ¿Obscenos?, me pregunté y en mi desconcierto y leve indignación, lo descarté al notar la real y manifiesta inocencia de ella.
Mi imaginación volaba, se entretejía con suposiciones y preconceptos antiguos. Ella, de pronto, bajó la cabeza ¿vergonzosa?, ¿vencida?, dudé y sentí cierto grado de culpabilidad personal. Con elegancia giró su cuerpo agradable y comenzó a alejarse.
Escuché pasos y descubrí que se acercaba Rodolfo, mi amigo de la infancia. Le hice señas para que se apurara pues quería que viese a esa belleza antes que desapareciera al doblar por la esquina. Necesitaba contarle mi encuentro y el surgir de ese sentimiento novedoso y espontáneo que llenó mi alma. Ese dulce sentir, que nació a primera vista.
Nos saludamos y comencé a relatarle mi aventura amorosa: que la había visto acercarse, cuando se detuvo, cuando me miró con aquellos ojos primorosos y también le hablé de la revolución que sentí en mi pecho, de mi enamoramiento instantáneo. Agregué que luego ella había girado y comenzaba a retirarse con un andar casi provocativo. Quise indicarle por donde se había ido, donde se encontraría en ese instante y fue cuando vi que el zapato de él estaba allí, justo arriba de ella. Pegué un alarido involuntario, atroz y Rodolfo asustado y sin comprender, dio un salto hacia atrás, mientras su mirada se transformaba en interrogativa y desconcertante.
La descubrí allí, en la vereda, sobre una baldosa amarilla. Estaba inerte, deforme. Había perdido su extraordinaria belleza… de hormiga.
Nunca imaginé sentir un amor tan imposible.

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