Tiempo fuera

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—No amarás —lo sentenció Abel.

—Pero yo también soy una criatura del Señor, ¿por qué no podré?

—Tu alma no es como la mía. Solo sé que no tendrás el tiempo suficiente.

—No te creo. Dios es grande y generoso, de seguro me permitirá lo mismo que a ti. Como primogénito nada puede serme negado.

A la edad de veinte años, Caín amó. Él no supo expresarlo con palabras, pero había depositado en una mujer un sentimiento mucho más profundo y poderoso que cualquier otro que hubiera habitado su pecho antes. Se desvelaba por las noches creando futuros escenarios en los que refugiarse con su amada y prosperar, lejos de las miradas prejuiciosas y, sobre todo, del oscuro vaticinio de su hermano menor. Solos los dos sería mucho más sencillo recomenzar. Solos, Caín sería dueño del cuerpo de ella. Lo admiraría, como tantas veces lo había hecho, prestando suma atención a los detalles; lo recorrería con total inexperiencia, pero sin perder la calma. Sería un buen aprendiz, sin dudas: uno dócil y muy dispuesto a complacer los deseos de su carne. Su instinto todo estaba listo para desbordarse lujurioso sobre esa tierra fértil.

Él y ella harían pareja mejor que cualquiera. Él y Eva vivirían su primer amor.

Abel supo de la transgresión de propia boca de su hermano. Caín gemía de placer —en la soledad de sus aposentos satisfacía su necesidad de desahogo— cuando una, dos, tres veces pronunció el nombre de su madre hasta estallar en éxtasis. «La próxima luna llena será cómplice, Eva. Esa noche y todas las venideras. Y tu hombre no será un obstáculo para mí», le oyó predicar con la misma convicción con la que tantas veces había hablado del mismísimo Dios. En ese momento, Abel decidió que era su deber impedir la consumación de semejante ofensa contra su Creador.

—Hermano —lo invitó Abel a la mañana siguiente—, acompáñame. Necesito de tu ayuda. Varias de mis ovejas sufren desde hace días y creo que puede ser algo que han comido. Tú conoces los frutos de la tierra mejor que yo.

Caín interrumpió el arado y lo siguió. Le extrañó que Abel recurriera a él en busca de ayuda. Por lo general, su hermano prescindía de sus saberes e, incluso, de su compañía. La soledad en la que lo sumían tener que responder ante un Dios que no se le revelaba y amar a una mujer que le estaba prohibida, lo convenció de que debía partir y conquistar su propio reino. Adueñarse de la tierra que pisara, labrarla y poblarla con su descendencia.

El precario pesebre estaba vacío.

—¿Dónde están tus ovejas enfermas?

—Perecieron. Como lo harás tú.

Abel blandió el hacha que había agarrado apenas cruzaron el umbral y la dejó caer con todas sus fuerzas sobre la cabeza de su hermano. Pero falló. Caín se hizo a un lado y salvó su vida al tiempo que desenvainaba de su cinturón un pequeño cuchillo que usaba para quitar maleza. Con puntería certera clavó en la nuca de Abel el filo del pedernal y observó cómo la sangre se derramaba entre sus dedos.

—Dios te castigará por esto —dictaminó Abel mientras caía de rodillas—. Tus ideas retorcidas no llegarán lejos.

Sin soltar el mango del cuchillo, Cain obligó a su hermano a dirigirle la mirada.

—Te equivocas —lo contradijo—. No se ha cumplido tu palabra. Yo amo —verbalizó, por fin.

El asesino soltó el puñal y su víctima se desplomó a sus pies. Lentamente, dio un paso hacia atrás para contemplar lo siniestro de la escena. Apenas tuvo aliento para asimilar que había matado a su hermano —sin piedad, sin remordimientos—, Dios le habló:

«—¿Por qué has hecho esto? La sangre de tu hermano, que has derramado en la tierra, me pide a gritos que yo haga justicia. Por eso, quedarás maldito y expulsado de la tierra que se ha bebido la sangre de tu hermano, a quien tú mataste. Aunque trabajes la tierra, no volverá a darte sus frutos. Andarás vagando por el mundo, sin poder descansar jamás.»

Entonces Caín comprendió. El peso de las palabras de Abel se precipitó rotundo sobre sus hombros, como el último grano de arena que se une al resto y marca el final.

2 Respuestas

  1. Mariela ortega dice:

    Lindo meli

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