Te deseo sin alas

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-¡Mira cómo está Isabela, allí parada en su galería! –comenta Nestorio a su compañero.
Ambos la observaban desde una nube, sentados en posición de loto.
-¡Sabes bien que está afligida porque desaparecí de repente de su vida! –dijo Miguel.
Miguel estaba mas triste que ella porque la había querido mucho cuando la conoció. Él tenía que irse porque se le iba de la mano la situación y no quería lastimarla.
-¿Entonces, me estas diciendo que querés volver a verla? –le pregunta Nestorio.
-¡Si, pero no así! –le contesta Miguel -¡Me gustaría ser un humano y quedarme allí con ella!
-¡Pero vas a perder todos tus poderes! –preocupado, le cuestiona su compañero.
-¡Por amor, lo deseo! –dijo Miguel con contundencia.

Ella tenía una cruz de plata que adornaba el lado izquierdo de su vestido, que al caerse en la habitación, oscureció de repente. Al sentirse sola, invocó el nombre de él y de pronto hubo un resplandor en ese lugar que generó, como consecuencia, un big bang de ideas para poder atraer a esa persona. Él apareció al instante, y su cuerpo olía a amor platónico cuando la vio.
Se arrodillo ante ella y le dio su espada babilónica prometiéndole que la misma iba a poder cortar hasta el agua de los mares.
Ella sonrió suavemente al recibir la espada. Lo bendijo apoyando a la misma en su hombro que aún seguía arrodillado con la cabeza gacha.
-¡Dios nos ha elegido para que ambos, con nuestras sonrisas, brillemos al mundo en el que vivimos! –dijo ella.
Él seguía mudo sin mirarla. Luego de unos segundos la miró y sintió la paz interna que tanto buscaba en su soledad.
Se irguió y la agarró la mano izquierda y le dijo:
-¡Conquistaremos este mundo con la moneda del amor!
Ella sonrió con suavidad de nuevo, a la vez que una lágrima apareció en su ojo.
Ambos, desde sus corazones, iluminaron la habitación. Se tomaron de las manos para emprender el camino hacia sus sueños. Ella tenía la espada y él llevaba la moneda del amor toda brillante.
Los dos miraron hacia atrás y vieron que la pequeña cruz de plata seguía en el suelo. De pronto, con el poder de la mirada de ella, la cruz empezó a desintegrarse hasta convertirse en polvo, mientras él la miraba sin emitir sonido alguno.
Cuando terminó, ella dijo:
-¡Ahora podemos ir en paz!
Le dio un beso en sus labios y siguieron su camino.

1 respuesta

  1. kari dice:

    me encantó

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