SUYA O DE NADIE

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El sol pegó en la cara de Simón despertándolo. Se levantó sin ganas, descartó la ropa preparada, buscó la camisa de franela beige y el pantalón marrón que hoy le servirían de escudo a su soledad.
El espejo delató las ojeras .Intentó poner música. Con tres CD en su mano solo pensaba en el que faltaba. Quiso salir a trabajar, y sintió que nada justificaba esa acción. Se sentó en la punta del sofá mirando la pared vacía, con la marca del contorno de la pintura que faltaba. El cuadro de Sorolla. Ese que lo emocionaba cada vez que llegaba a su hogar. Los ceniceros azules, en la mesa, lo miraban implorando que volvieran las cajitas chinas y las fresias que ya no estaban .Los hombres no lloran. Así que no puso nombre a ese mar que le inundaba la cara cada vez que pensaba en ella. Hoy era uno de esos días en que se olvidaba de olvidar.
Ana, su esposa, al irse y llevarse lo que consideraba suyo lo había tomado de sorpresa .No atinó a discutir cuando la vio salir con los bultos ya preparados. Ni siquiera habló cuando vio su pintura envuelta. Había escuchado alguna vez que cuando sucedía algo similar, algunas personas sentían que una pared los impactaba. Simón sentía que la catedral de Córdoba le había caído en la cabeza.
Lo cursi no era propio de él, la autocompasión tampoco. Tras unas horas de penar, la lógica prevaleció, ante la intención de su cuerpo en volver a la cama. Solo con las llaves salió a ese espacio infernal que compartía con los demás seres humanos. La calle. Caminó hasta no sentir las piernas. Volvió sobre sus pasos, e ingresó a la clínica donde buscaría refugio en el trabajo. Con desgana fue hasta el consultorio de Carlos, su jefe, a pedirle traslado a la Unidad de Terapia Intensiva, para no cruzarse con ella.
Abrió la puerta, sin entrar y quedó desconcertado. Su corazón latía tan fuerte que hasta los labios temblaban. Todo su cuerpo era un espasmo, dio un paso atrás. Ana besaba a Carlos o viceversa. Era invisible para ellos. Al tratar de salir sin ser advertido vio su pintura, compañera de viejos insomnios, colgada frente al escritorio de su jefe.
Sintió que su cuerpo lo abandonaba, vengarse era una necesidad. La mano en el picaporte estaba azul por la presión. Pensó en matar. Nunca en morir. Su cordura estaba en crisis, pero no lo había abandonado.
Carlos tenía lo que Simón mas quería. Qué ciego había estado. Ya no pensaba. Sus manos no acataban órdenes. Los mentados frenos inhibitorios no existían para él. Las piedras de la fuente de agua en el pasillo, lanzadas como misiles destruyeron para siempre, lo que si no era de él, no sería de nadie.
Solo cuando los trozos del cuadro cayeron con estrepito infernal, los dos traidores lo descubrieron. Era tarde. La tela en sus manos era un jirón de colores rompiéndose en mil trozos que caían en la fuente cambiando el color del agua que invadía el piso. Salió con un pedazo de sol en la mano y la sonrisa recuperada en su cara. Mientras los empleados de la clínica contenían la respiración al ver el arco iris en el piso y los actores mudos aún abrazados en la escena de la traición expuesta.

4 Respuestas

  1. claudia cepeda dice:

    En pocas líneas la autora logró hacer una descripción y relato breve pero perfectooo de una historia de desengaño , atrapante y jugoso cuento, felicitaciones Dra. Elva Vico

  2. Inesperado final. Muy bueno.

  3. Muy bueno, me gustó.

  4. ISABEL SALAS MEYER dice:

    muy buen cuento , excelente final.

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