Solferino*

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En la semana, Pedro solo tuvo tiempo para las tareas en el laboratorio universitario, hasta que todo estuvo terminado. Cada resquicio de sus días fue absorbido por su trabajo en genética. Era sábado, y despertaba en su casa saboreando la libertad auto concedida. Iba a esperar la noche, pero no soportó la tensión y marcó el primer número agendado
-Soy Peter, traé cuatro remeras a casa, pago cuando llegues -dijo con la voz más serena que pudo
-Dale. En media hora estoy – contestó una mujer
Dejó el celular con mano temblorosa, ya descontrolada. Se paró frente al espejo, mirando su semblante que aún no ostentaba sus vicios.
Tenía dos vidas, desde hacía años .Era un bicovido empedernido y no lograba salir del espiral que lo transformaba en un ser solferino cada fin de semana.
El timbre cortó su introspección. Abrió la puerta con los cuatro billetes en la mano, y sin decir palabra recibió el paquete que traía el sosiego anhelado. Cerró con llave, acercó palo santo a la chimenea, para que su olor precediera al que ya flotaba en el bulto recibido.
Acomodó Amarula, Vodka, Ginebra, los dulces Godiva, los vasos de cristal y la pipa de vidrio, sobre la mesa al lado del sofá amarillo, frente al equipo de música. Los contempló como un sacerdote antes de oficiar la misa. Todo estaba en su lugar. Pensó en Sofía, fue al dormitorio y trajo las pastillas azules que puso en el borde de la mesa, por las dudas llegara antes de la noche. Ella sabía que no permitía sus visitas cuando caía el sol. Por amor le impedía compartir sus domingos.
Meses le había llevado organizar la música para la ocasión, conectó el pen drive y puso “repetir” en el programa por si no podía hacerlo después. Conocía muy bien las dos facetas del bicovido y en las próximas horas se decidiría cual ganaría la pulseada. La parte que lo regía de lunes a viernes lo hizo repasar toda la casa para que nada estuviera fuera de lugar , en cambio, la que comenzaba a tallar los sábados, cerró las ventanas , puso leña en la chimenea, apagó las luces fuertes y prendió las lámparas bajas, escondiendo las llaves de sí mismo.
Satisfecho, se recostó en el sofá, miró la hora advirtiendo la ausencia de Sofía y aliviado por ello dio comienzo al ritual.
Alternaba los licores despaciosamente, con los dulces mientras la música y la pipa de vidrio lo llevaba a lugares desconocidos. Cuando comenzó los efectos del acido, cabalgó sobre olas de raso, mientras los personajes de las pinturas de la sala danzaban y reían desaforadamente. Estaba tan oscuro que perdió la noción del tiempo, se sumergió en lo más profundo de su alma, exigiendo la paz que no lograba. Caminos de oro se abrían ante él, seres sangrantes y sin formas lo acosaban en los bordes, implorando clemencia.
Intentó emerger y salir a cumplir la misión del Oscuro. No pudo encontrar la forma de hacerlo. Tropezó con la mesa rompiendo botellas y cristales, que para él sonaron a caireles de llamada al futuro. Con la pipa intacta en las manos, se sumergió en el mar al final del camino, que lo cubrió con sus aguas negras y lodosas. Se dejó llevar, la música lo mecía impidiendo los movimientos que todos los fines de semana lo impulsaban a matar. Casi sin conciencia creyó percibir que había logrado burlar al feriado, si podía una vez eludir la ejecución semanal de un ser humano, podría siempre. Un toque más y lo lograría. La inconciencia le ganaría al inconsciente y él sería libre de cumplir la misión siniestra cada fin de semana tras colgar su delantal en el laboratorio hasta el lunes.
La puerta de entrada se abrió con la llave que Sofía conservaba. Pedro desde el suelo la contempló desolado desde su desvarío.
-Pedro, estás un desastre. No pude venir ayer- susurró Sofía arrodillándose a su lado.
-Andate, andate-balbuceo él en un idioma incomprensible.
– Sé que no querés que venga los domingos. Traigo agua, te ayudo y me voy-dijo ella levantándose
La mano de Pedro tocó la botella rota. Reconoció el ganador apenas la mujer se inclinó para auxiliarlo. Los trozos de vidrio rasgaron la piel suave de la garganta amada. La savia roja calmó su sed eterna. Las astillas y la sangre sumergieron definitivamente a ese hombre que todas las semanas cumplía, dudando, lo pactado, mientras emergía el ser solferino que definía su destino en solitario.
Elva

(*)El año 1859, en el pueblo de Magenta, y en el pueblo Solferino (que significa Sol feroz) se libraron dos batallas decisivas para Italia.
Es de anotar que, fue tan sangrienta esta batalla de Solferino, que ahí mismo Henri Dunant, impactado por esa carnicería, vio necesario que existiera una organización de asistencia a los heridos y fue entonces que fundó la Cruz Roja Internacional.
Mientras la sangre teñía de rojo a los campos italianos, en Francia los químicos lograban teñir telas por primera vez con colorantes artificiales; eufóricos por el descubrimiento y también por las batallas recién ganadas, decidieron guardar en el nombre de dos colores, la memoria de las hazañas de su heroico ejército. Nacieron así, de la misma circunstancia, los purpúreos colores magenta y solferino.

1 respuesta

  1. Sonia dice:

    Muy buen relato

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