Sensorial

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Emiliano se despertó, como todas las madrugadas. Los perros ladraban de cerca y de lejos. El caniche de la otra cuadra parecía tener una noche de furia, mientras que la mosca que volaba en la habitación contigua parecía tampoco resignarse a dormir.

No bastó que su madre fuera a acompañarlo a la cama, su cerebro ya estaba despierto y su pensamiento subido a un tren del cual le era imposible bajarse. Pasaba como cuando comenzaba la noche y, a pesar del cálido refugio que le ofrecían los brazos de su madre, el sueño inexpugnable era reemplazado por una inevitable necesidad de recitar una a una todas las palabras empezadas en vocal que conocía: «A de avión, A de amarillo, A de azul, A de alto, E de elefante…», hasta que se agotaba su conocimiento y entonces volvía a repetir la secuencia una y otra vez, porque a los dos años el vocabulario no es tanto ni tan variado.

Ya estaba definitivamente despierto y las sábanas contra la piel se sentían como hormigas caminándole por todo el cuerpo. Era necesario entrar en movimiento para sacarse esa sensación.

Su madre olía a shampoo, a desodorante, a jabón de manos y de baño. También tenía restos de olor a detergente de platos de la noche anterior y un dejo al jabón de la ropa. Además, se le había pegado el olor del padre.

Mientras su madre preparaba el desayuno inundando la cocina con aroma a chocolatada y galletitas de vainilla, Emiliano se entregó al placer de mirar los dibujos ocultos en las vetas del machimbre: había lobos, ancianas, ciervos, árboles y ojos que lo observaban; y si los miraba más de una vez, podía descubrir como esta se transformaba en otra figura totalmente diferente. Solo salió de su estado de abstracción cuando su madre golpeó la pared con la palma de la mano sobre un zorro que, asustado, volvió a camuflarse en forma de veta.

Cuando terminó de desayunar, su madre lo vistió y lo preparó para salir. Las medias le fastidiaban con tanta constancia como lo hace un mosquito zumbando en el oído, aunque no le fue permitido descalzarse. Debían marcharse.

En la sala de espera tres pececitos nadaban haciendo serpentear el agua de la pecera en infinitos tonos de azul, celeste, blanco y turquesa.  

* * *

—Hola doctor. Vengo porque nos derivó el pediatra, luego de la consulta de los dos años. Estamos viendo varios rasgos de autismo en mi hijo…

Con la voz de la madre sonando de fondo, Emiliano hizo una fila perfecta con todos los autitos que había en la caja de juguetes del consultorio. Esa perfección le dio seguridad, la cual fue interrumpida como por un rayo cuando el desconocido comenzó a hablar.

Llorando en brazos de su madre y con la voz grave del doctor lastimando sus oídos, Emiliano gritó con todas sus fuerzas para decir que no quería estar allí, que ese lugar estaba repleto de sonidos, texturas y olores que no eran sus amigos, que lo acechaban. Pero el idioma de Emiliano, tan visceral, tan elemental, apenas era comprendido por su madre.  

12 Respuestas

  1. Gran descripción de como percibe el mundo Emiliano, me encantó el cuento

  2. Melisa Alexandra dice:

    ¡Muy interesante, Analía! Me gustaron mucho las descripciones sensoriales que hacés. Pude apreciarlas, realmente. Si este texto es cuento y no capítulo de una novela, solo tengo para comentar que el final me quedó chico, apagado, en conparación con la elocuencia que carga el resto. Si es parte de algo mayor, tal vez también le falte un gancho algo más poderoso. De todas maneras, me saco el sombrero ante el tratamiento que hacés del autismo.

    • Analia Infante dice:

      Gracias Melisa. Coincido totalmente con sus observaciones en cuanto al final, está “tirado de los pelos”, y sinceramente no me he esforzado mucho porque no le iba a dar uso al texto como cuento independiente. Gracias por las observaciones en cuanto a lo sensorial. ¡Saludos!

  3. Juan Carlos Petino dice:

    Excelente cuento, Analía. realmente me gustó mucho la forma de presentarlo. También el desenlace. Me gusta eso de ir sugiriendo el desenlace durante los intersticios de la historia. Mucha suerte con tu novela!

    • Analia Infante dice:

      ¡Gracias! Justo venía pensando que, las pocas veces que han leído el cuento, siento que esas sugerencias que intento incluir (y que mencionás) no son captadas… Así que me alegro de que las hayas captado. Supongo que a mí me pasará cuando leo cuentos sobre temas que desconozco, que pasaré por alto todas la “información” que el texto intenta transmitir. Gracias por los buenos deseos para la novela, al menos la estoy disfrutando y estoy aprendiendo, saludos!

  4. Zulma Chiappero dice:

    Analía, me gustó mucho tu cuento. De forma muy ingeniosa describiste cómo, posiblemente, se sienta un niño con autismo. Es creíble. Ahora bien, hilando muy fino, lo de las vocales, “a de avión”, etc., no corresponde a la edad de dos años. Tal vez “Y recordó palabras que sabía”.. Es cierto que se repite “su madre”, es fácil de arreglar y lo mismo el cambio del tiempo verbal. Vuelvo a repetir, me impactó este cuento, revisándolo, en base a estos aportes, conseguirás algo muy bueno. Felicitaciones porque tocaste un tema muy sensible.

    • Analia Infante dice:

      Gracias Zulma por leerlo y por las observaciones que, en cuanto a redacción, están más que acertadas. Con respecto al conocimiento de las letras y la edad, se trata de hiperlexia, lo cual no es nada infrecuente en niños asperger (el cual está dentro del espectro autista), más para los que tienen mucha memoria visual. ¡Saludos!

  5. Amadeo Belaus dice:

    Analía.
    Interesante el tema del autismo. Me gustó, pero no le encontré un buen final (me parece que faltó una resolución más clara). Noté que hay 7 repeticiones de “su madre” y un cambio de tiempo verbal (está en apasado y aparece un “es”.
    No entendí la frase “y ojos que lo observaban; y si los miraba más de una vez, podía descubrir como esta se transformaba en otra figura” ¿los ojos o la veta?
    Cordiales saludos
    Amadeo

    • Analia Infante dice:

      Hola Amadeo, gracias por las observaciones, luego las miraré con detenimiento. Lo del final, estoy de acuerdo… Este texto lo hice como ejercicio, y luego lo utilicé dentro de la novela en la que estoy ahora. Quise publicar este texto porque estoy bastante conforme con el resultado de las imágenes y los climas desde la mirada del nene, aunque siento que darle un final, es difícil (en cambio, en la novela, como parte de una historia, creo que queda mejor). Sobre tu pregunta: la veta, ya que los ojos eran la veta.

    • Analia Infante dice:

      ¡Ah! Y qué bueno que te interese el tema del autismo, o al menos te parezca interesante. ¡Saludos!

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