Resonancia Límbica

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    Lo veo sentado en la banca del andén. La vista fija en los bondis que llegan y se van, el caos que lo rodea, y que por momentos amenaza con engullirlo, no logra alterar su tranquilidad.

    Yo espero mi colectivo y especulo cómo ganar lugares en la cola para abordarlo una vez que estacione. Para matar el aburrimiento, me puse a mirar a los demás pasajeros. Así fue que lo vi; no tiene nada en particular: ropa gastada, zapatos viejos, un pequeño bolso. Pero lo más llamativo, para mí, es la tristeza de su mirada.

    Parece que sus ojos se pierden más allá de donde pueden mirar. Está físicamente ahí, pero su mente, seguro, está en otra parte. Me permito imaginar que estará pensando, cuál será la causa de su tristeza. Fantaseo sobre su patética vida y mis propias ocurrencias me hacen gracia. Pero, con el correr de los minutos, empiezo a encontrar similitudes entre él y su tristeza y yo y la mía. Seguro está solo, nadie lo viene a despedir, nadie lo espera cuando llega; quizá es viudo, como yo. A lo mejor su única hija ya no le habla porque la hartó. En una de esas fue un pésimo padre y un hombre displicente en el trato con las mujeres, por eso todas se fueron de su vida.

   En una de esas sus vicios le consumieron la vida y arruinaron la de su entorno. A lo mejor pensó que ganando dinero en el casino, solucionaría su vida. Pero lo terminó perdiendo todo por necio, y ahora debe confesarle a su mujer moribunda que está en bancarrota.

    Mientras sigo elucubrando, algo me molesta y es su imperturbable pose: parece que ni si quiera pestañase. No es posible que alguien que ha fallado tanto en la vida esté ahí sentado tan tranquilo, como si nada, esperando vaya saber qué ¡por Dios!

   Casi me salta la térmica por ir a sacudirlo, zamarrearlo, gritarle. De repente, se mueve: abre su bolso, saca una pequeña botella de agua mineral y la bebe toda. Tapa el envase y lo guarda de nuevo en su bolso. Me quedo absorto: ¿cómo un tipo tan vicioso, un alcohólico como él, un libertino que ha llevado por años una vida licenciosa, solo toma agua?, ¿por qué alguien que es tan desastroso para tratar a la gente es tan cuidadoso con su basura? ¿Qué clase psicópata se esconde detrás de ese rostro imperturbable de mirada triste?

   No estoy seguro, pero creo que en la maniobra anterior me ha mirado de reojo. No me explico cómo, entre tanto caos de personas, justo me miró a mí. Ya sé, he leído sobre eso, es un concepto nuevo que estudia la ciencia. ¿Cómo se llamaba?…

   Resonancia límbica, eso es, la conexión mental entre dos o más personas es algo del cerebro primitivo, no me acuerdo bien. Estoy seguro de que oye mis pensamientos, nos hemos sincronizado; claro, por eso me ha mirado. Me doy cuenta de que yo no estoy escuchándolo a él. Aunque se me ocurre que es posible que todo lo que estoy pensando en realidad me lo esté dictando él. ¡Hijo de puta!

   Creo que los rusos experimentaron con eso en la Guerra Fría. Capaz es uno de esos ‹‹topos›› que se infiltran para corromper la sociedad occidental. Ya sabía que algo raro había. ¿Tan tranquilito vas a estar ahí sentado?, infeliz.

  Pero a mí no me va a dominar, no señor. Voy a ir y le voy a cantar las cuarenta, lo voy a desenmascarar. Pero ¿y si esta armado?, esos tipos son peligrosos. Seguro su lapicera está envenenada con algún agente neurotóxico, o su reloj posee un hilo de acero para estrangular.

***                                                 

   Ahí se levanta, camina como un autómata hasta el colectivo que acaba de frenar. La puta madre, es el mismo que tengo que tomar. Se encuentra con una mujer que baja del bondi, intercambian saludos y la ayuda con el bolso. Menos mal, parece que no va a subir él; ahora sí voy tranquilo boleto en mano. Por suerte me voy lejos de ese tipo, de ese engendro. Esperando para que me revisen el pasaje y subir, levanto la vista y ahí está, pasa cerca, con la mujer al lado. Finge indiferencia, pero yo sé que todo es una farsa.

   Por un instante bajo la guardia, me convenzo de que todo es producto de mi paranoia, de mis delirios. Al fin y al cabo, no podría estar seguro de nada. Solo de que voy a subir al colectivo y poner distancia con este lugar. Me siento en mi butaca, ventanilla abajo, como siempre. Al fin puedo relajarme. Una sonrisa aparece en mi rostro: todo ha sido producto de mi imaginación, a veces me dejo llevar.

   Por fin arranca el bus. Maniobra marcha atrás y se dispone a partir. No puedo evitar un último contacto visual con el andén: allí está él, con su mirada triste, manos en los bolsillos de su gabán. No se sorprende de verme, me sostiene la mirada; no más de tres segundos dura el encuentro visual. Mientras el colectivo se pone en marcha, él se lleva el dedo índice sobre los labios, en señal de silencio, y me guiña un ojo cómplice.

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