RECUERDOS

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Esperaba nervioso, sabía que en pocos minutos más escucharía la sentencia definitiva, la última. Esposado, me llevaron en presencia de tres ancianos, que supuse serían los jueces. Sí, lo eran y uno de ellos, sin mirarme, leyó un papel: bla, bla, bla… quince años de pena…,  bla, bla. bla… Minutos después, dos guardias tomaron mis brazos y me sacaron de la sala, con desprecio y malos tratos.

Tras un largo viaje llegué a la cárcel y me tiraron dentro de la celda. Era muy parecida a otras que ocupara en años anteriores. Confirmé que todas las prisiones son muy parecidas: frías, feas y aislantes del mundo. Esa noche, la primera, fue la peor de todas: sentía la soledad, el aislamiento, muchos reos me miraban y suponían razones. Después, todo cambió, me impuse porque si no me avasallarían. Lo sabía por experiencia personal.

Nunca olvidaré que todo comenzó aquel lejano día, cuando con mi hermano, instalamos el primer parque de diversiones para nuestros amiguitos. Todos teníamos entre doce y quince años. Fue fabuloso, pues con pocos hilos, cañas, botellas vacías, tarros, piedras y pelotas de trapo, montamos todos los juegos. Cobrábamos diez o veinte centavos para poder participar en cada acertijo. Los premios eran muy atractivos, pero nunca nadie ganó ninguno. Las ganancias eran nuestras y las trampas y engaños también. Cuando comenzó a mermar la clientela por notar que nadie ganaba, desistimos de continuar con el negocio.

Con mi hermanito menor nos perfeccionamos en estafas sencillas y otras no tanto. Cuando nos descubrieron por primera vez, lo acusé y él fue preso por pocos años. Distanciados, no nos volvimos a encontrar ni a delinquir a la par: cada uno siguió su camino.

Mi primer encarcelamiento, fue por un simple robo de un celular, a una anciana. Horas después me arrepentí, pero ya era tarde: hubo un testigo que me identificó a la perfección. No pude ni discutir. «¡Si lo encuentro lo mato!», pensé reiteradas veces. Sin mayores trámites, me encerraron. Fueron dos años muy tristes, sin futuro, sin estafas ni picardías y en soledad a pesar de los compañeros de encierro. Sufrí vejaciones, algunas mejor no recordarlas.

Por años, con la experiencia adquirida, logré trabajar sin tropiezos mayores. Especializado en asaltos a mano armada: buscaba transeúntes descuidados o solitarios y tras un grito autoritario y de mostrar mi arma real, con buenos brillos metálicos, los asaltaba con resultados diversos: algunos botines eran suculentos y otros, sorpresivos.

Almorzaba en una cantina y mientras catalogaba un pequeño diamante de mi reciente cosecha, por sorpresa, tres policías me detuvieron: aseguraron que solo esperaban la mejor oportunidad. Sí, caí como un tonto. Encarcelado y tras buenas conductas muy bien simuladas, me permitieron salir antes del cumplimiento efectivo de la condena. Se equivocaron. «Otra vez, otro engaño» recuerdo haber murmurado y sonreído como buen ganador.

Años después, estaba a punto de convertirme en millonario cuando, con el botín en mis manos, al salir del banco aquel domingo tan bien planeado, la gendarmería me esperaba. Luego supe que había habido un entregador: mi hermano, que se vengaba por aquel, mi primer fallido en su contra.

Hoy encerrado, con frío y hambre, repaso mi vida y recuerdo que todo había comenzado aquel día con el montaje precario y creativo de un parque de diversiones para niños cándidos, inocentones y de buena fe.

4 Respuestas

  1. Melisa Alexandra dice:

    Entiendo que el factor sorpresa pretendido estaba en el entregador del último asalto, pero pierde la gracia una vez que el lector compruba la venganza del hermano. Por otro lado, el contraste entre su carrera criminal y sus comienzos con el parque de diversiones no aporta mucho a la historia, al menos no tanto como para recapitularlo y usarlo en el cierre. Finalemente, tanto personajes como acciones están un tanto descontextualizados. No logro identificar si hablás de un criminal argentino o no, por ejemplo. Usás expresiones o describís acciones que más se acercan a películas de detectives de Hollywood. Ya de entrada el término “parque de diversiones” no es tan local como lo sería “kermés”, que es lo que, en definitiva, termina siendo.

    • Amadeo Belaus dice:

      Melisa:
      Gracias por los comentarios. Los tendré en cuenta.
      El cierre con el parque de diversiones del inicio, tenía la intención de cerrar los recuerdos del prisionero.
      Soy cordobés, y en mi infancia, a las kermés (que no eran organizadas por las escuelas) las llamábamos parque de diversiones.
      No encuentro diferencias destacables entre un ladrón (no criminal) argentino u otros extranjeros. Además la vida es como una película.
      Nos seguimos leyendo
      Cordiales saludos

  2. Mariana Vega dice:

    Hola, me pareció una introducción entradora, me dieron ganas de seguir leyendo, pero a posterior me parece que le falta un nudo, y un desenlace, me sonó más a relato , sobre todo el final recordando cómo había comenzado todo. Por otro lado era la tercera vez que entraba a la cárcel, no se si se sería la peor de todas, quizás si cuando lo encerraron por robar un celular.

    • Amadeo Belaus dice:

      Muchas gracias Mariana.
      Tendré en cuenta tus comentarios. Tal vez el verdadero nudo no esté muy claro.
      Trataré de reescribiré el cuento y mejorarlo
      Saludos
      Amadeo

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