Recuerdo de un abrazo

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Desde el día en que me dieron la noticia no pude volver a pensar con claridad. El médico de turno fue claro: su padre tiene cáncer terminal. Me habló como si fuera algo banal, con un tono medio insípido. Agarró su maletín y antes de irse me dijo que le quedaba poco tiempo de vida. Eso fue todo. Quedé aturdido como si Monzón me hubiese dado un puñetazo.
Todas las tardes lo iba a visitar al hospital. Le llevaba El Gráfico porque siempre fue un amante del fútbol, y un atado de cigarrillos Benson que fumaba a escondidas por las noches. “-Me voy a morir con el pucho en la boca-”, me decía con la voz ronca de un fumador empedernido. En verdad, siempre lo veía igual. Un poco más flaco, nada más. Ese era el mayor de los cambios.
La visita duraba hasta que la enfermera le traía la comida. Ese era el momento en donde debía dejarlo solo. Y ahora que lo pienso, siempre fue un amante de la soledad. Me decía que así uno es capaz de conocerse. De hecho, hacía quince años que vivía en una soledad perpetua. Lo saludaba con un beso y no podía ocultar la cara de asco al sentir el aliento nicotínico que despedía. Él se reía y me trataba de maricón por no fumar. “-No sabés lo que te perdés-”, me gritaba cuando me iba y ya estaba en los pasillos.
Llegaba a mi casa y me tiraba en el sillón desvencijado en donde mi viejo había pasado largas horas fumando y leyendo. Me dejaba inundar por los recuerdos. Muchas veces hice el esfuerzo por traer a la memoria algún abrazo entre nosotros. Creo que nunca existió. Me generó cierta impotencia. Siempre había sido muy tímido para esas cosas con mi viejo. Él era un pedazo de hielo y pensaba que los abrazos eran cosa de maricones.
Al día siguiente era su cumpleaños, quizás el último de su vida. Me propuse hacerle un regalo. Nunca le gustaron las sorpresas ni los obsequios costosos. Decía que era tirar la plata, que con el tiempo andarían naufragando como un barco sin rumbo.
Esa tarde de abril el sol se esforzaba en aparecer. El cielo estaba un poco revuelto y eso hacía el día más doloroso. Pasé por el kiosco de siempre y compré un atado de Benson. En cierta forma yo estaba colaborando con la muerte de mi padre. Pero verlo sonreír cada vez que me veía con los cigarros, para mí, no tenía precio.
Entré decidido por los pasillos del hospital. La luz mortecina y el olor particular de ese lugar fueron un estímulo para la angustia. Cada paso quedaba rebotando en las baldosas y demoraba varios segundos en desaparecer. Odiaba ese lugar. Nunca me gustaron los hospitales ni las iglesias, me deprimen.
Llegué a la habitación 64, el mismo número de años que cumplía mi padre. Tomé el picaporte con decisión. Sentí el frío del metal. Abrí la puerta lentamente como quien abre una caja de sorpresas. Una brisa de viento caliente chocó contra mi rostro. Preparé el abrazo en mi mente y entré.
Al ver la habitación, quedé duro como si el alma hubiese abandonado mi cuerpo. Sentía una piedra atravesada en la garganta. Mi mente turbada no me dejaba pensar. Después de unos segundos, volví a la realidad.
Se había escapado. Probablemente por la única ventana que tenía la habitación. Fui al bar de Pocho. Cuando le pregunté por mi viejo hizo un gesto desabrido, agregando que por ahí no había pasado, y que si lo veía le recordara que aún le debía dos atados de cigarrillos.
Desilusionado, caminé hasta el puesto de diarios de Roque. “-Che, tu viejo pasó por acá. Iba con una bata blanca, pantuflas y unas mangueras que le colgaban del brazo-”, se anticipó Roque, a mi pregunta, como leyéndome la mente. “-Se iba a la cancha-”, continuó.
Dejé al diariero hablando solo y salí corriendo. Fueron diez cuadras que, a pesar de no fumar, me dejaron sin aliento. Los pensamientos iban más rápido que mis piernas. Sentía que el esqueleto se separaba de mi cuerpo.
Llegué al estadio. Fui a la boletería y pedí una popular. Mientras pagaba pregunté cómo iba el partido. “-Cero a cero-”, dijo el muchacho. Subí las escaleras decidido. Empecé a escabullirme entre la multitud, tratando de encontrar ese cuerpo flaco, alto y de pelo blanco. Me pregunté si en verdad estaría ahí. Me asaltaron los recuerdos tontos de la infancia junto a mi viejo.
La agitación de la tribuna y el griterío de los hinchas truncaron mis pensamientos.
“-¡Penal, la puta madre! ¡Penal!-” gritaba la gente.
Saltaban y se movían como si la tierra estuviese convulsionando. Alguien me empujó y caí sobre unos caños despintados y oxidados. Levanté la cabeza para insultarlo. Pero la presencia de mi viejo hizo que me olvidara del disturbio.
Estaba ahí, entre la gente. Parecía un fantasma. Agitaba un brazo y cantaba con fuerza, la poca que le quedaba.
Salté por encima de las butacas y me puse a su lado. Me miró y sonrió mostrándome los escasos dientes que le quedaban. Le devolví la sonrisa y fijamos nuestras miradas en el penal.
“-Ese que va a patear vale un puñado de plata. Viene de Europa-” me dijo sin desviar la mirada. El europeo le pegó, y la pelota quedó girando en el fondo de la red.
De nuevo el temblor se hizo presente. Los hinchas gritaban como si les estuviesen arrancando el corazón. Lo miré a mi viejo. Leí su mirada.
“-Feliz cumpleaños-”, le dije y lo abracé con la fuerza acumulada durante veintiocho años.
Duró unos segundos, pero pareció eterno. Salimos caminando. Le di los Benson y sonrió. Encendió uno y me convidó.
Fue el primero y el último que nos fumamos juntos.

6 Respuestas

  1. cristina lucero dice:

    Empecé a leerlo, y me enganché… elevó mi sensibilidad al máximo…es que estoy pasando por algo similar…buena redacción.

  2. Cecilia Mirolo dice:

    Me encantó volver a leerlo. Me gusta mucho el clima que generás. La relación con el padre y como está mezclada la angustia de la enfermedad con la pasión futbolera, emotivo sin golpes bajos

  3. Gabriela Cicottino dice:

    Me gustó mucho! Sensible y bien contado…

  4. carlos dice:

    Me gustó, aunque, como me han observado, no dejó sangría al comienzo de cada párrafo. En serio es bueno

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