Rebelión

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«Está en la naturaleza humana

rebelarse contra el orden establecido».

Carlson Weston

 

Ni los eruditos de la inteligencia artificial ni aun los más prestigiosos docentes de la cátedra de Alquimia Informática fueron capaces de explicar cómo Alex de Vita, tal vez uno de los alumnos más mediocres que hayan pisado esas aulas, pudo ser artífice de tamaña empresa.

Desde los días de la reorganización, luego de la Gran Guerra, nadie había osado desafiar con tal vehemencia el orden establecido. El Ministerio Mundial, a través de sus auditores, tomó rápidamente cartas en el asunto intentando desesperadamente evitar que la epidemia se expandiera como un cáncer, derribando de un solo golpe aquello que tanto había costado construir. La sola posibilidad de que la iniciativa de un único individuo pudiera poner nuevamente a la humanidad en riesgo de extinción resultaba inaceptable y, a la vez, aterradora para los burócratas de la Secretaría de Control del Pensamiento.

Tras analizar las imágenes de la cámara de seguimiento personal, la Comisión de Análisis del Comportamiento determinó que no había existido aquel día ningún indicio en la conducta de Alex que hiciera sospechar el fatídico desenlace.

Se levantó a las 7:13 h, como indica el protocolo para todos los jóvenes de 12 a 14 años, con el tiempo exacto para hidratar e ingerir el desayuno. Veintiocho minutos después, subió a la cinta transportadora que lo depositó sin escalas en la puerta del instituto, justo para asistir al izamiento de la bandera del ministerio y entonar, junto al resto de los alumnos y el cuerpo docente, el «Himno del Nuevo Orden».

El escáner del corredor de ingreso no detectó ningún elemento extraño en su mochila, por lo que pasó sin inconvenientes el primer control. La última vez que la luz roja de aquel aparato se había encendido, Alex ni siquiera había nacido. En aquella ocasión, un alumno del cuarto año intentó pasar un balón escondido en su bolso, a sabiendas de que el ministerio prohibía desde sus inicios todos los juegos físicos por considerarlos subversivos. Nunca nadie volvió a saber del alumno ni de su familia.

A las 7:41 h, ingresó al aula y tomó asiento frente al ordenador NZ45. «Aprender de los errores para construir un futuro mejor», rezaba la leyenda en la pantalla, anunciando que los próximos ciento cincuentaicuatro minutos estarían dedicados a la lección virtual de Historia Contemporánea. Ante sus ojos desfilaron imágenes de la Gran Guerra, al tiempo que una voz en off en sus auriculares daba cuenta de las causas que condujeron a la catástrofe, el restablecimiento del Nuevo Orden a partir de las cenizas recogidas luego del exterminio masivo y el reconocimiento a los próceres de la reorganización.

Tras un breve receso de 13,5 minutos, hizo su ingreso el profesor robótico de Instrucción Cívica, programado con la lección n.º 27 de «Observación de las Normas y Pautas de Convivencia». En absoluto silencio, dado que las conversaciones entre alumnos estaban expresamente vedadas por el ministerio, se limitaron a transcribir una a una las consignas que la voz metálica disparaba desde el frente.

Tampoco los registros evidenciaron algún tipo de comportamiento extraño durante el almuerzo o, menos aún, durante la clase de Educación Física. Las imágenes lo mostraron todo el tiempo dentro de la cámara hiperbárica con los electrodos de desarrollo muscular conectados en brazos y piernas.

Algunos censores del ministerio, ante el hecho consumado, consideraron que la idea había estado todo el tiempo en la cabeza de Alex y que este simplemente había ocultado con esmero sus cartas. Para otros, su accionar fue fruto de un impulso repentino, cuyo origen no supieron explicar.

El hecho es que, exactamente a las 16:13 h, en mitad de una clase de genética, extrajo de su carpeta una hoja y, con tres rápidos dobleces, construyó un avión que lanzó sin miramientos hacia el frente. La nave surcó silenciosa los cielos del aula y, tras pasar por sobre la cabeza de todos sus compañeros, que miraban atónitos, fue a aterrizar junto a las ruedas del robot a cargo de la clase de Biología. Lamentablemente, el docente no estaba programado para responder ante tan inusual acontecimiento y se quedó en blanco, tratando inútilmente de encontrar en su memoria algún protocolo acorde a la circunstancia.

Para cuando los preceptores lograron llegar, ya era demasiado tarde: decenas de aeronaves de papel surcaban el aula en todas direcciones, lanzadas por la horda de jóvenes que aullaban eufóricos y saltaban sobre sus pupitres, al tiempo que un delgado hilo de humo azul brotaba de la cabeza del profesor de Biología.

Y así… comenzó la rebelión.