Puñales que destellan

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I

Desperté y, de una incierta lejanía, me llegaba el eco de una voz. Asumí, sin demora, que sería la prédica de un dios.

Quien haya sido, invocaba altos conocimientos y hacía gala de una inmensa erudición. Citaba autoridades filosóficas, gestas históricas, ciudades maravillosas, bellísimos monumentos y vastas bibliotecas. Hablaba de hechos que yo no había presenciado y de épocas que jamás me habían sido referidas.

Grandilocuencia e inconmensurable verborragia, erigían la arquitectura de una humanidad desatinada que, pese a todo, me sonaba familiar.

De pronto la voz calló. Ya no me llegaban los resonantes ecos de esa atroz sabiduría.  Sólo divagaban en el aire, como pruebas de una sapiencia irrefutable, las figuras de esa urbe gigantesca, y también escalofriante.

Yo permanecía en un recinto oscuro, acaso moribundo. Debía escapar para no dilatar una penitencia de la que me sentía liberado. 

Asomé desde esa caverna a la que no recordaba haber entrado, y un resplandor ardiente hirió mis ojos y mi piel.

II

Caminé sobre una tierra desconocida. Parecía recién creada. De muchas cosas ignoraba su pasado. Era probable que no lo tuvieran y necesité darles un nombre. De pronto estaba con los pies al borde de un curso de agua, al que llamé Vida.  Unas aleteantes criaturas, a las que nombré Otros, descendían de su vuelo y se posaban sobre estáticos gigantes de brazos abiertos que emanaban del suelo, a los que había llamado Sueños.  Allí, los Otros trinaban y después volvían a volar.

Mi sombra era más poderosa que la de los Sueños, porque podía cambiarla a mi antojo de lugar, y también podía darle una forma diferente con sólo decidir un movimiento; aún sin la ayuda de la brisa que soplaba indecisa y constante.

La Vida me atraía con su constante fluir y a ese devenir le di el nombre de Muerte.

Los Otros, con sus movedizas alas, se posaban en la parte más alta del paisaje, sobre rocas cubiertas de musgo que eran la prolongación de la tierra hacia las nubes. Por su apabullante enormidad, les puse el nombre de Dios e intuí que de allí provenía la erudita voz abominable.

Seguí a los Otros, primero con mis ojos, después con mis pies, y al llegar a la cima, me sorprendieron vistas maravillosas que prefiguraban un infinito; entonces supe que no estaba frente a Dios, pero sí tal vez en su Reino,  y que la voz, emanaba de alguno de sus descendientes.

III

Emprendí después una marcha que, a cada paso, me imponía otros descubrimientos, y también reconocimientos, aunque persistía la ausencia de historia detrás de mí.

Caminé bajo un sol que decaía detrás de un bosque de atemorizantes Sueños. La imagen del atardecer, parecía no tener época, sólo reflejaba la presencia de una luz que, pese a lo tenaz, se perdía irrevocablemente.

Mi libertad también recobró la noche (la oscuridad) y, con ella, el fresco del rocío. Éste, seguía siendo paciente y delicadamente torrencial.

Pronto advertí la necesidad de un abrigo en la piel. Una luz, ajena al firmamento, se me presentaba a lo lejos; mis pasos -o quizás una esperanza de cobija- fueron a su encuentro. En el camino atravesé el transcurso fluyente de otra Vida, y la Muerte nuevamente me acosó.

Al final del recorrido, en medio de entreverados Sueños, encontré una guarida, con la luz de un farol en su interior. De su techo nacía una columna movediza e ingrávida de vapor con olor a fuego.

Anuncié mi presencia. Del interior llegaba una melodía que, ante mi llamado, se detuvo.  Un hombre con el rostro oculto detrás de una densa niebla, abrió la puerta. Los pormenores de ese inusitado encuentro no fueron distintos de los que cabría referir de un encuentro cualquiera, de dos hombres de cualquier época, en cualquier lugar del mundo. La esencia, subsiste por encima de las más profundas amnesias, y perdura, con atareada asimetría, mucho más que la savia de los Sueños.

Recibí el abrigo que el hombre sin rostro (y también sin voz) me ofreció.  Entonces, recordé lo que era calentarse con un caldo, lo que era llenar el cuerpo con una cáscara de pan y que una copa de aguardiente no se le niega a nadie.

El hombre se calzó sobre sus piernas una caja redondeada de madera con un mástil, atravesada por seis cuerdas tensas. Entonces, volví a escuchar la melodía. Sin querer, cerré los ojos y, desde esa radiante oscuridad, mientras se prolongaba el trajín de las cuerdas, pude ver un espeso pasado que quería aparecer y al instante se esfumaba. Vi destellos de aceros trabados en la faena del honor y sangre manando de un cuerpo que iba, poco a poco, apagándose. Las imágenes no alcanzaban a formarse, cuando ya se deshacían. Era una sustancia de memoria, que fluía desde mis entrañas, como un arte que no se lograba consumar.

Otro devenir, diferente, impregnado de una rémora de destino, había transcurrido.  Presentí, con terror, que mi Muerte estaba en curso, al ritmo de las copas de aguardiente y las armonías de mi anfitrión. Éstas, eran apenas minucias, aunque bastaban para que la anónima voz, fuera, además de desmesurada, innecesaria. La ciencia inagotable, el saber monumental, eran, sin dudas, plausibles, pero quedaban sepultadas bajo una simple velada de copas y melodías.

IV

El hombre se retiró tras una cortina, a sus aposentos. La curiosidad,  me mantuvo insomne. Hurgué en una estantería unos volúmenes. Éstos, delataban la antigüedad del mundo que la liberación me había deparado.

Escogí uno al azar y en él, encontré una trama terrible. Sangrientos combates, loables travesías con destino de liberación, revoluciones seguidas de opresiones, magnánimos héroes convertidos en próceres y después en estatuas inmemoriales que simbolizaban tiranías. Todo eso, con capcioso tedio, expresaba los fundamentos de un presente que, ya en mis manos, no era más que un mundo extinguido o una infernal ebullición devenida en cenizas.

Pronto, deduje que el autor de esa trama era el dueño de la inasible voz espeluznante, que ahora intentaba llegar a mí desde unas viejas páginas apolilladas. Dejé el libro en el estante e intenté dormir hasta que llegara el alba.

No lo logré. La voz, no ya su eco, se obstinaba en edificar para mí, una réplica de aquel infierno. Pero esa trama de la impiedad, era más una propagación de la insensatez que una reconstrucción de la cordura.

Mantuve los ojos cerrados. El brillo interior, otra vez quiso alumbrar imágenes sin forma, acechantes, mezcladas con la perdurable armonía de las cuerdas; miradas cruzadas que portaban odios, rencores, amores, perdones. Puñales que destellan en una noche sin fecha, bañada de sangre y aguardiente, y se pierden en un monte perverso que nunca he de pisar, aunque –sospecho- me es conocido.

 

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