PECESITOS GRISES

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Clarisa se traslada agazapada para no ser vista a contraluz, en la noche. Conoce a los personajes que deambulan por el sector, pero no se permite exponerse a ningún visitante extraño. Por la beba.

El dolor la abruma, la acosa, la dobla. Cae de boca y siente el sabor de la tierra. Su rostro se humedece con el rocío del pasto. Se acerca finalmente a la canilla que, de lejos, parecía que goteaba, pero no. Fue engañada por el brillo mentiroso de un papel de caramelo. Dos días sin agua. ¡Otra vez debería beber del río!

Antes de bajar hasta el cauce, echa un vistazo a sus cosas. Las sombras de la base del puente son bondadosas con ella y resguardan su nocturna intimidad. La beba no llora. Luego de beber, sedienta, en el cuenco de su mano, se sienta a la vera del agua, cansada, con las rodillas recogidas y abrazadas. Observa el imperceptible movimiento de los peces, que tienen el mismo color del agua. Han aprendido a vivir en la oscuridad. Cierra un instante los ojos, que están secos. Esta noche el sueño está ausente. Hace horas que cerró el quiosco del Pichi y que se apagaron las luces de la casa de la Gringa, la más humilde de todas. ¡Grande Gringa!, la única vecina que, de día, le presta el baño.

El tránsito rápido de la costanera se ha raleado. Un camión solitario atraviesa el puente. Va sin luz. Sin detenerse por completo, alguien suelta un corto silbido y se baja para arrojar un bulto al río que no cae al agua sino a la orilla. Enseguida, dos encapuchados aparecidos de las sombras lo buscan y se lo llevan. «Merca», piensa Clarisa, y vuelve rápido a su nido. Un rato después, se escucha un disparo que le golpea el alma. Inevitables sacudones cuando se vive al margen; le cuesta acostumbrarse a ellos.

Se va a acostar con la figura de los peces que imagina revueltos por el disparo. Antes, revisa que la pava tenga agua para el mate y la acomoda en el fogón improvisado con piedras y ramas. La niña se ha atravesado en el colchón. La corre susurrando una canción de cuna inventada, no sin antes comprobar que la humedad no haya endurecido la lana vieja del lecho. Mañana el Pichi le va a traer el catre prometido. Tal vez así se le cure ese dolor de espalda.

No se cansa de agradecer a Santa Rita estar viva para criar a Kuka y, de paso, le pide una casa. «Te lo juro por esta, mi santita, que no te pediría más nada en la vida si tuviera una casa», lo dice haciendo una cruz con el dedo en los labios, y en voz alta, para que esos deseos grandes no se mezclen con otros menos importantes.

Recoge ovillo y agujas y se dispone a tejer sueños y una manta gruesa con lana recuperada. Siente un olor rancio y descubre que el perro flaco que merodea ha orinado en la piedra del fogón. ¿Acaso ella no orina de noche en la misma hondonada de yuyos donde el animal se enrosca para dormir? La noche disimula la indignidad.

 

Kuka, mi Kuka maluuuuca. Mi beba gritona que llora y rezoooooonga. La reto, la arropo, le canto despacio. Le digo palabras que salen de aquí. Claro que sí. Claro que sí.

Ayer me salió mejor. Al menos rimaba. Me mira y se ríe. Claro, ¡si va a tomar la teta! Parece una marioneta, ¡es muy graciosa, mi bebé! Aprovecho estos momentos para contarle cosas. Sabe que mamá fue a la escuela y que le gustaba muuuuuuucho leer. Sabe que cuando mi viejo fue en cana, y ella ya estaba en mi panza, mi patrona me echó. Pero ahí nomás, sin haberle visto todavía la carita, le prometí que no conocería el hambre, el frío ni la sed. ¿Me escucha mi Kuka? No quiero que tome agua del río.

¿Otra sonrisita para la mamá? Me derrito y el dolor desaparece. Sus rizos mojados de sudor juegan con mis dedos mientras le canto. Ella no sabe que extraño a su papá. Ya pasará. Prometo que mañana… mañana está tan lejos… mañana será un milagro.

 

El sol se está haciendo sentir. Mamá y bebé se van a meter al río, antes de que abra la feria de los sábados. Después, habrá que guarecerse y no llamar la atención. Clarisa no sabe explicarlo, pero no le gusta que la miren, no quiere que la gente les espíe la vida.

Hoy tempranito, antes de que la costanera se pusiera en movimiento, los empleados municipales estuvieron desmalezando. Al menos no habrá lauchas. «No habrá lauchas, pero abundan los mosquitos», se ríe de sí misma. Se apronta a colocar ramitos de lavanda por todos lados. La tranquiliza ver que el gringo de los chori´ está por quemar guano, sino, se queda sin clientes.

Clarisa no puede dejar de mirar a Kuka. Siente que es capaz de todo por su hija. Por ella lo echó al padre. De a ratos se arrepiente. Él quería a la beba. A veces le gritaba, pero la quería. Se había puesto pesado con el sexo. «Rafa, ¿no podés esperar a que se duerma la Kuka? ¿Sos tan animal vos?», le recriminaba ella. Estaba segura de que, si tuvieran una casa, hasta el amor sería posible. Y podrían tener con ellos a ese hijo del Rafa que, con dieciocho, parecía un hermano. Era un hijo que, al hombre, le dolía.

El padre de Kuka era una bomba de tiempo. Robaba. Casi siempre llegaba al puente con algo para comer y tenía que jurarle a Clarisa que lo había comprado con su trabajo de naranjita. Pero la yuta le pisaba los talones. Ya se lo habían llevado dos veces de su lado.

Aquel día él le había pedido que lo ayudara a ocultar a ese hijo mayor, que amaba, aunque lo veía de vez en cuando. Andaba prófugo, con la cabeza quemada a causa del paco, claro. Ella casi se desmaya del dolor del alma porque veía un padre desesperado. Y le dijo que no. Hoy se le oprime el corazón al recordarlo. Ya lleva cinco días sin verlo. Sabe que, por la beba, no debe bajonearse y, antes de secarse por dentro, la levanta y la prende a su pecho.

—Flaca, ¡flaca! —la llama el Pichi, que trae el catre—. Te habías dormido. Mmmmm, vos no estás bien. ¿Tenés fiebre?

—Estaba soñando… con la muerte —respondió con voz apenas audible—. Cierro los ojos y veo… la muerte.

—Que, ¡sabés lo del Rafa entonces! —supuso él. Ella lo miró con los ojos brillosos, intuyendo lo que le contaría—. Lo mataron anoche. Fue aquí, en la orilla del frente.

«Explíqueme usted m´hijita, por qué la tristeza sin llanto, la verdad tan desnuda, el futuro tramposo».

Clarisa intenta poner en palabras la impotencia y le habla a la beba, que la escucha con sus ojazos dibujados, iguales a los pececitos grises, la boca entreabierta de asombro y una lágrima detenida en el cachete. Como si supiera. Como si supiera que, antes del final del día, quedaría sola al margen de la vida.

Una canción de cuna flota en el aire: «Kuka, mi Kuka maluca… mi beba gritona…le explico las cosas que salen de aquí…».

3 Respuestas

  1. Ada Salmasi dice:

    La vida en la miseria marginal,sostenida por esa mezcla de sentimientos que provoca un hijo. ¡Emociona!

  2. Muy bueno Adriana! Esa mezcla de lo sórdido y la ternura, conmueve.

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