PATRIOTAS

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La multitud se iba reuniendo en la plaza. Venían de lejos y de cerca, todos cantaban el mismo estribillo. La convocatoria fue de boca en boca, sin organización previa.
Ella los iba arengando a defenderlo. Él estaba preso y Martín García era su nuevo hogar, por un tiempo, hasta que estos descamisados fueran escuchados.
Siente el cuerpo transpirado y en la boca el gusto salado de sus lágrimas. No puede soportar el dolor que le produce pensar que puedan hacerle algo a él. Su rostro vuelve a mojarse.
Camina entre todos. Les pide que lo salven, a él, al amado, a luz de sus ojos, al que iba a salvarlos a todos. Su único principio y fin. El que descubrió en ella la fuerza para la lucha. Camina extasiada por que no pensó que “los cabecitas negras” tuvieran tan claro quien había peleado por sus derechos y que había que defenderlo costara lo que costara.
Camina, ha pasado más de veinticuatro horas sin dormir, tratando de liberar al amor de su encierro. El sueño le pesa y comienza a perderse en la nebulosa que despacio se apodera de su mente.
Ella camina a su lado, mirándola. En su mirada hay admiración y también pesar. Sabe lo que es luchar con el amado al lado.
Ella va vestida con uniforme militar, de fajina, sucio y viejo. Eva lleva falda a la rodilla, con camisa blanca, manchada con tierra de caminar y sudar.
Ella sostiene su cabello despejando la cara con una bincha de cuero, vaya a saber de que animal. Evita tiene un rodete primoroso, sostenido por “invisibles”, que deja al descubierto su rostro cansado.
Ella lleva un poncho por abrigo que sostiene en sus manos. En Buenos Aires en este Octubre del cuarenta y cinco, la temperatura acompaña el ánimo de los compañeros. Caliente.
Evita tiene calor, quiere meter “las patas” en la fuente para refrescarse, tocar el agua y pasar las manos por el cuello, secarse al sol. Pero no es el momento, tiene que seguir.
Juana Azurduy mira su entorno. Se pregunta desde cuando Buenos Aires ha cambiado tanto, desde cuando los edificios son tan altos, y las calles se encuentran parejitas. Y eso que solo una vez visitó esa ciudad.
“Pero si hasta ayer había que mojar la tierra de toda la patria, para que los carros no levantaran el polvo” piensa, “¡Qué lo parió!, ¿Y esos carros que no tienen caballos? Menos mal que Padilla no los conoció, sino lo convencía al Belgrano para que los use contra los invasores” y sonríe.
Pensando en su esposo, también se le ocurre que por suerte Padilla no pudo ver como visten ahora las mujeres.
“¿Mostrar las piernas de forma tan descarada? Me produce temor a lo que piensen los hombres. ¿A ellas no?” sacude la cabeza “¡Pero, la pucha, quién soy para criticar! Al final estoy pensando lo mismo que decían las mujeres de los salones de mí, por calzar uniforme. Además, seguramente no tienen el calor que tengo yo con pantalones”.
Vuelve a mirar a Eva, y dice muy suavemente:
-Eva, la patria se lo merece.- Eva la mira sorprendida. No entiende quién es.
<Por qué viste así? ¿Y el pelo? Hace años que no se peina esta mujer. Ja, si la vieran las mujeres del Jockey, jaja, dejarían de criticarme a mí y se cansarían de hablar de ella. ¿Y, me esta hablando a mí?- sigue escuchando.
– La lucha debe continuar a pesar del cansancio, Eva. Aquella lucha que comenzamos con la independencia hace cien años atrás debe continuarse en la conquista de los derechos, hay que hacerlo por el pueblo. Ellos van a pelear a tu lado.- dice Juana y continúa:
-Tenés que seguir a tu corazón, ese donde los compatriotas han depositado su confianza. En vos.- y viendo su gesto dice- Sí, también en él, pero ellos confían en vos. Sos como su estrella, la que ilumina sus conquistas.
Eva no puede creer lo que esta pasando. No está segura de quién le habla pero su cabeza le dice que debe oírla.
– El pueblo nos necesita, Eva. Las mujeres siempre tenemos la fuerza – Y con tristeza en sus ojos continúa – Padilla lo sabía. Siempre decía que éramos las mujeres quienes haríamos grande a este país, por que si no teníamos la fuerza, lo hacíamos por ser mas tercas que las mulas que cruzaron la cordillera.- Sonríe y Eva con ella.
-¿Quién es usted?- pregunta Evita abochornada por su ignorancia.
– Me llamo Juana Azurduy, y soy solo una mujer como vos, que luchó por la patria, también al lado de su hombre. Solo vengo a acompañarte en estas horas difíciles, para que no abandones. Tu hombre esta preso, al mío, al pobre Padilla, lo mataron por defenderme. Sin embargo no me dejé vencer.
Eva llora nuevamente y dice:
-Juana, ¿vale la pena realmente? ¿Es este el camino correcto? ¿O debería en pensar en casarme, tener hijos y olvidarme de quienes me desvelan hoy?
-Esos que te desvelan son tus hijos. Evita te llaman. Por que sos así. La mujer débil del general, pero también Evita la que es del pueblo. Evita, la que tiene la fuerza de los pobres, de los débiles, vos sabes que vale la pena.
-Juana, ¿terminará la lucha alguna vez? –Preguntó cansada, con los ojos entrecerrados – Me canso mucho, ¿sabes? Hay que dar batalla por la patria, pero ¿hasta cuándo?
-Por siempre, Eva, por siempre. No hay que parar. Los hombres lo enredan todo, por eso estuvieron otras antes que yo y ahora estas vos, y luego vendrán otras igual de valientes. O mejores.
Eva mira a los costados, parece que nadie ve a Juana, pero tiene que ser real, por que va caminando a su lado. El sol le pega fuerte en la cara, se siente con fiebre, siente que decae, y dos brazos fuertes, descamisados, alcanzan a sostenerla antes que golpee con la calle.
Abre los ojos y Juan la mira sonriendo, con amor:
-Ya estoy de vuelta. Casi te matás por sacarme – le dice con esa voz tan suya, tan gruesa, tan amada, mientras le acaricia la mejilla.
piensa.
Con disimulo, estudia el cuarto donde esta recostada y no ve a Juana. Se incorpora despacio en la cama.
“Cómo me duele la cabeza” y entrecierra los ojos. El espejo que esta frente a la cama le devuelve su imagen pálida. Juana a su lado le guiña un ojo.

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