Palabras a Margarita

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Del rey Felipe III a su esposa, la reina Margarita de Austria.

 

«¡Ay de mi alma,

Margarita!

Tantos siglos han pasado

y del cielo no ha llegado

para mi alma contrita

encerrada en esta ermita

sin tu consuelo y sin calma.

¡Ay de mi alma,

Margarita!».

 

Envío estos versos al aire como alivio del tormento al que los españoles me han condenado. No es a mí, sino al duque de Lerma a quien deberían haberle hecho estatua y dejarle aquí por siempre en castigo de los vergonzosos entuertos que en mi nombre llevó a cabo, mal rayo le parta.

Por gracia del Señor tengo permitido descender a veces del caballo en forma de nube y hacer posesión de algunos de estos paseantes de hoy, a quienes veo pasar a diario como un mendigo a la puerta de una iglesia. Yo, que fui el rey más glorioso de la gloria de España, que era mucha, en el que llamaron Siglo de Oro, el siglo en el que la reina de los mares brilló por la espada, por la ciencia y por el arte.

¡Ay, Margarita, si al menos me hubieran dejado en tu candorosa compañía! Pero nadie, ni siquiera un rey puede juzgar los designios de la providencia, que son inefables. De esta suerte tomé en carroza a ese viejo madrileño que pasa siempre por aquí sin prestar mucha atención a los transeúntes.

Me simpatizaba también un joven que en ese momento le hablaba a una de esas cajitas con que se les ve en forma constante y que les produce una extraña fascinación, como esos espejos que llevamos a las Indias. Misterios de hoy, que me serán revelados quizá cuando me libre de estas galeras construidas supuestamente en mi honor. Me acerqué para preguntarle de dónde provenía y traté de entablar conversación. Aunque no sé, Margarita, si el pobre me veía bien. Llevaba unos lentes oscuros y el día estaba nublado. «Tendrá» dije yo «algún defecto en los ojos», porque nadie alrededor tenía puestos anteojos como aquellos. Tiene cierto parecido con el duque de Osuna, no sé por qué, un algo me lo recordaba. Será napolitano, tal vez, o siciliano.

—Muy buenos días tenga usted, caballero —le dije—. Dispensadme si os caigo entrometido, pero tengo curiosidad por saber qué está haciendo usted con esos… instrumentos frente a mi est… a la estatua de Felipe III.

—No, por favor, no hay ningún problema, señor. Estamos haciendo un pequeño video para un taller de literatura que tenemos en Argentina —me respondió.

            Margarita, te juro que se me hace imposible reflejar aquí en palabras el modo de hablar de esta persona. Tiene algo de andaluz o de gallego, pero mis oídos no alcanzan a definir el trastrueque de sílabas y sonidos con que se expresa. Pareciera que, además de alguna enfermedad en la vista, padece, para su desgracia, una forma de tartamudez que hasta ahora no había conocido.

Fingí naturalidad  y pregunté, solo para hacerle creer que me encontraba en verdad interesado, sobre aquellos dichosos talleres que muy bien se yo de qué se tratan. Aleja de ti la idea, Margarita, de que en esos talleres alguien hace algo de provecho. No se te ocurra compararlos con la fragua o con los astilleros en donde nuestros maestros de oficios hacían tantos inventos ingeniosos y maravillosos. Nada de eso. Allí solo se charla y se pasa el tiempo holgadamente. Mira, si no, como flagrante prueba, el nombre que ellos mismos le han dado: tertulia, confesando sin el menor recato que esa gente se la pasa en la más completa ociosidad, que, como sabemos, es la madre de todos los vicios.

Bien lo he oído antes yo hablando a veces aquí mismo al pie de mi estatua con estudiantes universitarios y personas de toda condición. Parece que es lo que todo el mundo hace hoy, vale decir, nada de nada. Hay talleres de música y de plantas, de cocina y de adelgazar, y de engordar y de no tener miedo y de sabe Dios cuántos raros entretenimientos más. No nos extrañemos, entonces, de la decadencia de España, que fuera peor que la de Roma.

Mira, mi niña Margarita, que las cuatro virtudes en las que a ti y a mí nos educaron: justicia, prudencia, fortaleza y templanza, hoy están tan perimidas que ni en los diccionarios tienen lugar. Lo que sí, hay que reconocer que el hombre es honesto y sincero. Respecto del lugar de donde dice que es procedente, Argentina, no tengo ni idea de dónde puede hallarse, aunque si fuera por las mentas diría que debe de ser un sitio lleno de reluciente plata, advierta vuesa merced.

En fin, que salimos a caminar con este joven y su ayudante y no va que de pronto se para en medio de la calle Mayor y se queda mirando el cielo propiamente como si estuviera viendo el descenso de un arcángel. Y fíjate que no era más que una de esas cosas que llaman helicóptero, que sé, porque me han dicho, que es una máquina que vuela, como las diseñadas por el gran Leonardo, que pasa cada tanto, así que de qué asombrarse, me pregunto, un hombre de esta época que debería estar acostumbrado a verlos. Por lo que me he puesto a colegir que quizá ese lugar del que habla debe de estar en las Indias Orientales, en donde todas estas cosas llegan con mucho atraso.

Bueno, después sigue la caminata y ya vamos dando la vuelta y él nombrando las calles y mostrando los carteles con los nombres de las calles, como si no fuera suficiente con hablar dellas sin tener que ver cómo se escriban, aunque por lo que dijo de ese taller en donde supuesto enseñan a escribir, tal vez quiera mostrar lo que todo buen castellano entiende, a saber, que la palabra se escribe como se dice y se lee como se escribe. Pero, en fin, allá él con su enseñanza, que por su bien la conserve. Y ya entonces damos la vuelta y estamos frente a la Puerta del Sol, y dice cosas muy elogiosas sobre el lugar (porque no ha visto cuando yo formaba mis ejércitos aquí, con sus mallas y armaduras relucientes como me ha retratado antaño el viejo Justus Tiel) y parece hablarles a sus aprendices para que describan lo que él llama personajes, que son esos disfrazados que andan por la plaza, molestando a las buenas gentes con su ridícula presencia. Vale sino esos dos que siempre ambulan cerca de mi estatua como hombres sin cabeza, queriendo asustar a las criaturas. Si volviera yo a ser rey de España ya les mostraría lo que es andar sin cabezas.

Bueno, en ese punto nos despedimos con mucha gratitud de parte mía, porque el encuentro me diera un buen momento para olvidar mis pesares, y como iba siendo ya vencido el tiempo en que se me licencia para dejar la prisión que el bendito pueblo español me han dedicado, me fui también del cuerpo del anciano madrileño que, sin entender qué había acontecido, saludó al joven a su modo y la emprendió camino de su casa.

Y todo esto sin dejar de pensar en ti, amada Margarita.

 

 

10 Respuestas

  1. mariaelisarivarola dice:

    Hola, me inscribí al taller literario on-line.
    Felicitaciones por “Palabras a Margarita”

  2. lauracampagna dice:

    Eduardo, recién me inscribo en la modalidad virtual y tu cuento es el primero que leo en este sitio. Me encantó. Al parecer no solo las consignas resultan inspiradoras aquí.

  3. Zulma Chiappero dice:

    Muy bueno. Ingenioso. Felicitaciones Eduardo.

  4. José María dice:

    ¡Qué Bueno!

  5. Melisa Alexandra dice:

    Maravilloso. El rey y el mendigo versión 2.0 y con esa transposición histórica que lo hace deleitarse a uno.

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