¡Oh, juremos con gloria a morir!

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En la casa de Belinda, todos se preparaban para ver el partido de la selección argentina, que estaba por clasificar a cuartos de final.

—Buenas, buenas —saludó la hermana de Belinda al llegar. Por detrás le siguieron sus tres hijos varones en plena pubertad, y el marido con un amigo, Osvaldo, que destilaba olor a alcohol por todos lados. Y así continuaron llegando, como si la casa de Belinda fuera un bar de puertas abiertas, y gratis. Nadie llevaba nada.

—¡Belinda! Traé comida, carajo, ¿o querés que los invitados se sirvan solos?—¡Belinda! Traé servilletas, ¿o te pensás que en esta casa somos cerdos?

Así se la pasaba todo el día el marido, dando órdenes. Belinda le obedecía,  era un ama de casa ejemplar y sumisa que acataba, cualquier orden de su marido machista. Solo había una cosa que la hacía feliz, y él no podía quitárselo: su devoción por la patria.

Apenas había una ocasión, Belinda decoraba la casa con banderas argentinas, luces y flores (azules y blancas, por supuesto). Su casa parecía un museo patrio. En el jardín de la puerta, la estatua de San Martín ya tenía bigotes. Ella, sin rezongar, la volvía a pintar. Pero lo que más le irritaba al marido, era eso de que cada mañana, se levantaba antes que cacarearan los gallos. Se apresuraba para salir al patio e izar la bandera, antes que la primera luz del sol cayera sobre el mástil. Y ahí empezaba a cantar.

«Trastorno obsesivo compulsivo», le había diagnosticado el psiquiatra, y unas tiras de clonazepam.

Faltaban quince minutos para que empezara el partido. Belinda se preparaba en el cuarto:

Se recogió el pelo, se pintó la cara de celeste, y se puso un gorro frigio rojo. Era ese gorro en forma de capucha, con una punta curva que le sobresalía. Antes se usaba como símbolo de la libertad, pero ella con el gorro parecía un elfo. Después se chantó  un vestido blanco largo y se colgó una túnica celeste. Desenroscó el lampazo del palo, y en la punta le ató la bandera argentina. Sacó el equipito portátil y agarró el micrófono.

En la sala todos bebían, desaforados cuando la TV anunció:

—Señoras y señores, las estrofas del himno nacional.

Belinda interrumpió con su disfraz de patria y apoyó el equipito en el piso.

—Un, dos, tres, probando —dijo y carraspeó para aclarar la voz.

—¡Dios mío! Otra vez no —exclamó el marido y se agarró la cabeza.

—¡Oíd mortales es el grito sagrado…! ¡Libertad, Libertad, Libertaaad! —cantó Belinda, haciendo flamear la bandera.

Las carcajadas inundaron la sala.

Belinda no entendía las risas, para ella era un momento sagrado, pulcro, solemne.

—Siempre haciendo payasadas, Belinda —le dijo el marido en frente de la gente, con un tono simpático,— y la fue empujando de manera discreta con palmaditas.

—Pero, Alfredo, esto no es para reírse, es serio, Mirá, nadie se para —se resistía Belinda.

Un aplauso vigoroso irradió de sorpresa en el comedor. Osvaldo, el amigo del cuñado, estaba de pie ovacionando a Belinda. Todos lo tomaron como parte de la broma y lo acompañaron con las palmas entre burlas.

Ella se largó a llorar por la falta de respeto.

—Secate esas lágrimas y andá a sacarte ese disfraz de mierda que te pusiste.¡ El papelón que estoy pasando! —le murmuró el marido entre dientes—. —Tomate el frasco de pastillas y no salgás más de la pieza —le ordenó.

Sin embargo, Osvaldo, lejos de estar burlándose, había sido genuino: estaba fascinado con la mujer. Cuando la vio salir, después de tomarse un ácido, pensó que era una especie de Blancanieves.  Al oírla cantar, envuelta en esa túnica blanca, alucinó que era un porro gigante, con el gorro rojo que hacía de brasa. Quería lanzársele encima y fumarla entera.

Belinda se fue a encerrar al cuarto. Osvaldo aprovechó, mientras todos miraban el partido y fue a buscarla.

Golpeó la puerta.

—¡Déjenme en paz! —gritó Belinda.

—Disculpe, solo quiero decirle que jamás en mi vida he escuchado una voz tan, tan… —Osvaldo no encontraba las palabras justas—.Patriota, sí, patriota, como la suya.

Ella le abrió la puerta.

—Dígame más —le pidió.

—Cuando la vi con ese vestido blanco y la oí cantar con esa voz angelical, con tanta pasión, le juró, mire—y le estiró el brazo—: piel de gallina. Me dieron unas ganas de drogarme bárbaras. Es usted excitante —le dijo mordiéndose los labios.

—¿Drogarse? —repitió ella, asombrada.

—Sí, señora, pero toda mi droga la hago yo, es fabricada acá, made in Argentina, ¡Droga digna de nuestro pueblo!

Belinda sintió de inmediato una conexión.

—¿Quisiera usted que festejemos la revolución, con esta droga originaria de nuestros ancestros? —le dijo Osvaldo, haciéndole una reverencia.

—Por supuesto, pase, pase—contestó Belinda encantada.

Osvaldo se sentó en la cama. Observó en el techo: miles de lucecitas celestes sobre un fondo negro.

«Guau, me siento en  Viaje de las estrellas»,pensó.

—¡Hermoso!—dijo él, señalando hacia arriba.

—¡Es el cielo de mi Argentina querida! —exclamó orgullosa Belinda. Y recitó un refrán—: En el cielo las estrellas, en el campo las espinas, y en el fondo de mi pecho…

—¡Y que viva la droga argentina!—dijo Osvaldo, eufórico.

—¿Qué dijiste?

—¡Y que viva la Argentina! —dijo para zafar—. —Tomá, acá tenés el polvo de la revolución —y le puso en un pequeño espejo una línea de merca. Sacó un cañito y se lo pasó.

—Aspire, soldado, hay que llenar los cañones—le ordenó Osvaldo, compenetrado en su papel.

Belinda le hizo caso. Una para él, otra para ella, y la repartija siguió.

—Ahora canta, canta, mi doncella —le pidió Osvaldo.

Ella se paró arriba de la cama y empezó a cantar la marcha de San Lorenzo. Él se puso una sábana blanca y simuló ser un caballo…

—Cabral, soldado heroico, cubriéndose de gloria —cantaba Belinda con el desodorante de micrófono y aspiraba más cocaína.

El marido escuchó los ruidos y fue hasta el cuarto. Al abrir la puerta, quedó con la boca por el piso. El dormitorio estaba destruido. Osvaldo saltaba en la cama y la mujer estaba colgada de las cortinas agitando una espada de plástico de sus hijos.

—¡Honor, honor, al gran,  Cabral! —gritó la mujer y se vino abajo con todas las cortinas encima.

Todos subieron ante el griterío. El marido estaba a punto de cagar a trompadas a Osvaldo, pero lo frenaron.

—¿Y este loco de mierda es tu amigo del trabajo?—le recriminó la hermana de Belinda a su marido.

—¡Más que amigo,!Es el vecino nuevo! Fumamos unos porros y lo invité a ver el partido. ¿No me dijiste vos que fuera más social?

—¡Ah, te felicito!, Ahora decís delante de tus hijos que te drogas. —La mujer le tiró unas trompadas a lo Tyson. Todo era un caos: los chicos coreaban para ver quién ganaba, mientras los grandes intentaban frenar las peleas.Belinda, con toda la tranquilidad, se subió a cocochito de Osvaldo y le gritó:

—Arre, arre mi corcel. —Y salieron los dos a todo lo que da de la casa, ante las caras estupefactas de todos.

—¡Oh, juremos con gloria a morir! —gritó Belinda por la cuadra, con los brazos elevados mientras se alejaba.

8 Respuestas

  1. Ada Salmasi dice:

    Muy bueno, divertido del principio al final.

  2. Amadeo Belaus dice:

    Mariel:

    Me encantó la locura escrita.
    Un solo comentario: ¡Menos mal que hay otros tipos de patriotas! Si todos fueran como Belinda y companía…

    Pasé un buen momento leyendote

  3. Mariela ortega dice:

    Gracias Isa

  4. Mariela ortega dice:

    Isa

  5. Isabel Roura Isabel Roura dice:

    Mariela, cualquier comentario que escriba estará de más. Un absurdo total y súper divertido!

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