Nunca fue un adiós

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-¡Corré, corré! -le gritaba mientras le extendía la mano.

-¡Ya estamos!

Carlo, maestro de escuela, hombrecito de estatura mediana, ojos oscuros y tez blanca, perseguía el sueño americano, inalcanzable y hasta a veces imposible. Pero empujado más que todo por una guerra que parecía no tener fin, él convenció a Regina de que era lo mejor para todos.

Decidieron cruzar el mar a través de una aventura fantasmal, desconocida. Viajaron desde su Sicilia natal en barco, la mañana estaba tan gris como su desarraigo. Zarparon bajo una torrencial lluvia.

-“Al fin nos vamos a América, allá nos espera Antonio, mi amigo de la infancia”. -Les dijo a su familia mientras doblaba y guardaba celosamente la carta y los pasajes que Antonio le había mandado.

La travesía duró más de lo esperado. La comida empezó a escasear. Las condiciones en las que viajaban ya no eran tan buenas. La mirada melancólica de Regina se perdía en el punto infinito donde se juntaban el cielo y el mar. Demacrados, Carlo y Regina lucían cansados, algo sucios y delgados. Los hijos comenzaban a correr la misma suerte.

Antonio se encontraba sentado en el añejo banco de madera oscura. Como siempre, lucía impecable enfundado en su traje marrón tabaco. Su cabello corto estilo militar lo hacía ver apuesto. Los años no habían pasado para él. Contador en una curtiembre, no merecía esfuerzo alguno.

Una semana atrás, el inspector del puerto le había dicho que ese día, llegaría el barco que vendría de Italia.

La familia descendió con lo puesto y dos valijas, una enorme y otra más pequeña. En una, cuatro mudas, dos mantas y unas chucherías, recuerdos familiares, fotos y un rosario de madera. En la otra, los libros y la alegría de una nueva vida cuya expectativa se descolgaba del nido abandonado.

El sol brillaba en la masa de agua, reflejando lentejuelas de colores cuyo espejo gigante se fusionaba con la explanada del puerto. El murmullo de la gente se mezclaba con sus miradas.

Desconocidos cruzaban delante de ellos, cuando por fin, entre tantos rostros, Carlo vio a su amigo caminando hacia él.

-¡Antonio! –Gritó con vozarrón grave, agitando su brazo en el aire.

Los recuerdos pasaban por la mente de Carlo como una película vieja, en blanco y negro. Con lágrimas en los ojos se abrazaron en silencio como deteniendo el tiempo. Un sollozo tenue casi tímido irrumpió entre ambos desapareciendo el entorno y congelando el momento. Los hijos estaban felices de pisar suelo americano. Regina contemplaba lánguidamente a esos dos hombres, observando conmovida la escena.

-¡Carlo, amigo mío! -Dijo Antonio, mientras lo examinaba de pies a cabeza como buscando algo.

Carlo carraspeó, secó sus ojos con un pañuelo que le ofreció Antonio y le hizo señas a Regina para que se aproximara.

Ella avanzó pausadamente, sintiendo como vergüenza, de lo que había presenciado. Una redecilla negra cubría su cabello oscuro con forma de rodete. Un vestido largo azul marino con cuello blanco y unos zapatos acordonados, completaban su vestimenta.

-Te presento a mi mujer Regina. –Le dijo mirándola dulcemente y esbozando una tímida sonrisa. -Él es Antonio, del que te hablé, mi amigo de la infancia. Y estos son mis hijos Marcelo y Camila.

-¡Hola Regina, un gusto!…hola niños… -Saludó Antonio cortés e inquieto.

-Hola señor. –Contestaron los dos al unísono y mirándolo con cara de nada. Sus ojos cansados reclamaban sueño y sus barrigas crujían pidiendo pan.

-Vamos, allá tengo el auto. ¿Qué tal el viaje? Deben estar exhaustos –les dijo Antonio al tiempo que abrazaba a su amigo.- No podía disimular su alegría al verlo.

Antonio vivía solo, en un pueblito llamado Cagreila, en las afueras de Naciaro. Cuarenta kilómetros lo separaba del puerto del mar, y a dos cuadras de la estación del tren.

Él se había encargado de conseguirle a su amigo un puesto de maestro en la escuela rural de la zona.

Ya instalados, la casa los cobijó como esperándolos. Atravesando la galería, el living brindaba las llamas del hogar entibiando las almas. Cocina mediana, tres habitaciones, un baño amplio y confortable, jardín con enredaderas y cinco árboles frutales en el patio.

-El único inconveniente es que las camas son de una plaza. –Acotó Antonio, mientras los hacía pasar arrastrando sus valijas. -Tendrán que dormir separados; pueden quedarse el tiempo que quieran. –Comentó excitado.

-¡Gracias Antonio! -Fueron las únicas palabras de Carlo.

Ponerse al día después de tantos años de separación, les tomaría un buen tiempo. Las noches, los encontraban sentados en el escalón de la galería, tomando cervezas, riendo y recordando sus historias de infancia bajo la luz de la luna, envueltos en el fresco del manto nocturno. Como siempre con un: ”hasta mañana”, se despedía Regina tapando su boca mientras bostezaba.

-Ya voy… -Respondió Carlo, guiñándole un ojo. Los pequeños seguían dando vueltas por ahí. -¡Regina, llevá a los chicos a dormir! –Le ordenó Carlo a su mujer, quién siempre hacía lo que le pedía su marido.

-Está bien…-contestó ella, estirando su espalda hacia atrás.

Transcurrieron tres años. Se sentían muy bien viviendo juntos. Cierta noche, como de costumbre, cenaron y salieron a charlar a la galería. Regina se encontraba descompuesta y decidió ir a dormir ni bien terminaron de cenar.

Los chicos ya no correteaban como antes. Caminaban por el patio haciendo planes sobre su futuro. Se detuvieron justo detrás de ellos y sorpresivamente, escucharon:

-No creí que te casarías.

-¿Porqué? Nunca tuve grandes pretensiones. Una mujer, hijos, trabajo…el sueño de venir a América…verás que no dudé mucho en viajar. Ni bien recibí tu carta me puse en marcha. Pasaron muchos años Antonio, ya no somos esos adolescentes que amábamos amarnos, pero debo confesar que te he extrañado.

-Justamente, por eso Carlo… creí que lo nuestro sería un amor de cuentos, con final feliz, los dos en el mar, el puerto…

-¡Pero acá estoy, tal como me pediste en la carta! -le interrumpió Carlo mirándolo de frente mientras una lágrima sin pedir permiso, se descolgaba atrevida de su ojo.

-Sí… ¡y con mujer e hijos!

Marcelo y Camila se miraron ojipláticos, confundidos. Sus oídos no daban crédito a lo que acababan de escuchar. Camila retrocedió con el ceño fruncido, negando con su cabeza lo escuchado y desplomándose en un montículo de tierra. Marcelo nervioso comenzó a reír por lo bajo.

–Ni una palabra de esto a mamá ¿escuchaste? – Sentenció Marcelo.

Al día siguiente, las camas de Carlo y Antonio amanecieron vacías. El tren acababa de pasar.

8 Respuestas

  1. Graciela dice:

    ¡Muchas gracias por sus generosos comentarios tan estimulantes!

  2. Muy bueno, con final inesperado, me encanta y con un tema tan polémico aún en nuestra sociedad

  3. Sorpresivo final. ¡Unos verdaderos pioneros!

  4. Muy bien escrito. Un tema polémico, no obstante “muy de actualidad”. Un final sorprenderte.

  5. Lorena Martinez dice:

    Me gustó el final inesperado.

  6. Augusto dice:

    Me sorprendió….

  7. Guillermo dice:

    Me encantó

  8. carlos dice:

    Me hubiera gustado escribirlo, para que alguien dijera como yo digo:Muy bueno!

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