Migraña

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Me despierto con un dolor punzante que atraviesa el costado derecho de mi cabeza. Migraña. Alcanzo a abrir los ojos. A duras penas recorro el entorno. Observo las sábanas blancas y el barral de metal de la cama, blanco también. Hacia el fondo alcanzo a distinguir una pared descascarada, una puerta antigua, alta, blanca con cortina blanca, entreabierta. Una blanca luz de fluorescentes asoma a través de ella desde el pasillo. Entonces el dolor insiste recordándome su presencia. Cierro los párpados un instante, para luego volver a abrirlos. Giro la vista hacia la derecha. Alcanzo a ver una mesa metálica blanca cómo el resto de la habitación. Sobre ella, una jarra de agua hasta la mitad. A su costado un vaso de vidrio grueso. Atrás, la pared blanca, de un blanco ya gastado, una pintura que puede ser al aceite, pero gastada. Intento girar mi cabeza hacia la izquierda, despacio. El dolor es intenso.
Me reencuentro con la puerta entreabierta. Me cuesta demasiado mantener los ojos abiertos. La blanca luz que penetra, aunque pobre, me duele al golpear mis ojos. Migraña. ¿Qué pasó? La opresión nace en la sien del parietal derecho, hasta la parte superior del occipital. Intensa. Mis arterias parecen al borde del estallido. Levanto mi brazo y llevo la mano hasta la zona del dolor. Descubro vendas. Vendas que recubren mi cabeza. Por debajo de ellas, mis dedos palpan las arterias henchidas. La sangre golpea las paredes desde su interior. Presionando por salir. Provocándome migrañas. Pienso que mi cabeza es un hormiguero en plena efervescencia. Hormigas que trabajan sin descanso, como en las fábulas. Cavan, exploran, almacenan, se alimentan. ¿Por qué en mi cabeza? Seguro que deben alimentar a su reina. Me la imagino agazapada, en el interior de mi cerebro-hormiguero, poniendo huevos, miles, que en el momento de nacer harán crecer, multiplicarse la población de hormigas. Que entrarán a mis arterias y mi cabeza no podrá soportar.
Dejo atrás la puerta. Me sobrepongo un poco al dolor y vuelco mi cabeza hacia la izquierda. Un crucifijo con una ramita de olivo cruzándolo por detrás. Subo la vista en la penumbra casi. Un rincón elevado. El vórtice donde se unen ambas paredes con el cielorraso. Desde allí siento que recrudece la tormenta en mi interior. Las nauseas que me invaden. Las hormigas. Sólo puedo mover el brazo derecho que toca las vendas de mi cabeza. El resto de mi cuerpo no. Retrocedo la mirada. Busco la puerta entreabierta. El barral del pie de la cama, el acolchado blanco. Mis pies que sobresalen como delgadas montañas. Están ahí. No los siento, pero están ahí. Por un momento pensé que…, pero no. Volteo nuevamente hacia la izquierda. Distingo un ropero viejo que antes no vi. Tiene un espejo en su puerta central. El ropero es blanco también, y el espejo refleja a Rita en su interior. La alcanzo a ver. Un rayo de luz tenue que viene de sus espaldas. Muy tenue. Recostada sobre un sillón. Blanco, gastado, sucio. Apenas entreveo la figura de Rita, y recuerdo… El dolor me ataca de nuevo. ¡Malditas, salgan de mi cabeza! Aprieto fuertemente los párpados. Las hormigas siguen invadiendo mi cerebro. Escarban, construyen túneles en mi interior. Me pregunto dónde llevarán aquello que recogen. Mi materia gris. Carcomida, roída por pequeños insectos oscuros sin piedad. Me destruyen metódicamente. Mi mano vuelve a subir. La derecha. A la izquierda no la siento, como a los pies. Pero solo llega hasta la sien. La estimulo para tantear otros sitios de mi cuerpo, pero siempre va al mismo lugar. El centro exacto de la tormenta. Desde donde parten los rayos que se estiran deformes hasta los extremos del hemisferio.
Y Rita en el sillón, descansando. Una revista sobre su falda, sus manos caídas a los costados. Agotada. Durmiendo el sueño de los agotados. Vaya a saber desde cuando está allí. Desde cuando estoy aquí. No sé qué paso. No sé donde estoy, ni cuando es. Vuelvo a abrir los ojos. El crucifijo sigue allí. Alcanzo a girar mi cabeza hasta poder ver a Rita y la tenue luz que la ilumina. La misma que vi en el espejo del ropero. Rita en el sillón en el espejo y Rita en el sillón a mi izquierda. Con la luz tenue de la ventana, con las cortinas sin descorrer. Parece tener un halo luminoso sobre su cabeza echada hacia atrás. Los ojos cerrados, las manos caídas a ambos lados, como sin vida. El pelo castaño recogido, los labios pintados de rojo, la blusa de colores con apenas dos botones desprendidos. Su rosada piel que entreveo por ese pequeño espacio. La revista sobre la falda. Y las hormigas que comienzan a bajar desde sus rodillas cubiertas por el jean gastado. El jean que usa siempre, que le gusta. “Es el más cómodo”, recuerdo que me dice y luego se ríe. Rita siempre se reía, entonces yo también lo hacía. Me reía de su risa que es como un rayo de luz, como un río, o una cascada. Y entonces la cascada cae sobre mi cabeza y veo hormigas negras que suben por las sábanas blancas como un negro presagio. Y la migraña. Y vuelvo la cabeza hacia Rita, y su cuerpo se transforma en millones de hormigas negras, una masa informe de ellas, que bajan del sillón y suben a las sábanas blancas. Y recuerdo los huevos implantados en mi cerebro. Blancos.
Una puntada me obliga a cerrar los ojos, entonces veo la hormiga reina en mi interior y que sonríe antes de que todo se vuelva blanco.

2 Respuestas

  1. si, es verdad, terrorífico, me impresionó, logró desagradarme, pero de modo tal que no pude dejar de leerlo!!!!!!!!!! buenísimo!!!!!!!!!!!

  2. Noe dice:

    ¡¡¡¡¡¡¡Que terror!!!!!!!! genial..genial!!! Me recordó a Allan Poe.

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