Malvinas

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Los sonidos de la cabina se confunden con los de afuera. El oficial Esteban Reyes, agotó los dos disparos de misil que tenía. En pleno ascenso, gira su cabeza y retiene la imagen del buque inglés. El Sheffield, acusa fuego en su popa y, desde allí, un humo negro denso toma consistencia. Cree ver movimientos en la cubierta en rápidas operaciones de control; pero no está seguro. Aunque voló a pocos metros del destructor, su mirada puesta en el objetivo condiciona los sucesos que acontecen alrededor. Reyes, no sabe si han sido sus disparos los que dieron en el blanco o, los de alguno de sus cuatro camaradas. El avión está en salida y emprendiendo retirada. Su labor aquí ha finalizado, no puede nada más hacer.
El instrumental indica la autonomía de vuelo. El combustible es limitante y lo considera muy justo para llegar a suelo firme.
Su instinto advierte algo. En una maniobra rápida, hace oscilar alternativamente las alas y gira violento a la izquierda. El radar alerta de un cuerpo extraño en línea recta hacia él. En el movimiento, alcanza a ver un punto negro a gran velocidad. El corazón se acelera más, como si aún hubiera margen de bombeo. Un sudor frío moja su frente y una gota se desprende surcando la nariz.
Lo invade la preocupación y sabe que no hay margen para mucha planificación. Necesita de una maniobra precisa para eludirlo. Anticiparse demasiado, le permitirá al proyectil seguir la estela de calor que libera la nave. El movimiento será preciso, ni antes, ni después. Alinea el avión y deja al misil en línea recta detrás de él, perdiendo contacto visual. Solo se guía por el instrumental que señala la distancia que los separa. Sabe bien, que al quinto sonido de emergencia que indique el radar, estará a pocos metros de él; ese será el momento en que maniobrará a noventa grados en picada hacia el mar, engañando al misil en la trayectoria y saliendo del camino de su recorrido.
Intenta controlar la ansiedad por no verlo de manera directa: “No me adelanto, no me adelanto”- repite en su mente mientras sus manos en posición, aprietan la palanca de mando. Cierra los ojos. El bombeo rápido del corazón se siente en el pecho. Todos sus sentidos se instalan en el oído. Solo espera el sonido de emergencia que antecede al impacto.
Reconoce el zumbido externo. El misil apuñala el aire buscando su objetivo. Está muy cerca.
Suena la primera chicharra y comienza el conteo para el impacto. “Una”, cuenta su mente. Suena otra vez, “dos”. Otra vez, “tres”. Otra, “cuatro”. Y “cinco”. La última señal avisa que no hay más margen y es imperioso maniobrar.
Reyes empuja violento el timón y el avión corta abrupto el vuelo virando noventa grados recto al mar. Pero tarde.
-¡La putaaa…!-, apenas si alcanza a gritar cuando un estampido fuerte explota atrás. El avión se sacude y el ruido de las chapas retorcidas estremece el aire. En segundos, cae en picada descontrolada y un fuego en la cola lo va consumiendo todo. Rápido, con su palma derecha aprieta el botón rojo de salida. El vidrio ovalado de la cabina se desprende y Reyes sale expulsado en su butaca. El golpe de eyección lo sacude muy fuerte y pega con su cabeza en un lateral de la cabina. El casco lo protege pero un aturdimiento fuerte le gana a la razón. Turbado, en su viaje incontrolado por el aire, vienen a su mente imágenes vagas; mezclas difusas de sus padres, su sobrina Clara, el campo, el pueblo, un día en el río. Todo en forma de errantes fantasías teñidas de azul cielo y mar.

* * *

Hace mucho frío. El cuerpo empapado, sube y baja como marioneta solidaria de las olas. Todo ha quedado en silencio. El paracaídas reposa desprolijo con la mitad bajo el agua. Apenas, si se agita un poco por el viento. Los arneses, aunque enredados, lo mantienen firme en superficie.
Su madre sonríe abrazada a papá. Tiene el cabello hermosamente suelto, como aquel día de su cumpleaños.
Por atrás, aparece Clara. Corre con un hueso en la mano que le robó a Coco, el perro de la casa. Está muy oscuro. Se apagan las últimas luces del pueblo y ya es muy tarde en la noche. Es hora de dormir. Mañana temprano esperan los cultivos y el trabajo diario del campo. Mamá besa su frente y apoya abierta la palma de la mano sobre sus ojos, bajándolos. Se cierran en calma. En paz.
El agua helada moja la boca regalando un último sabor y, el gusto a sal lo acompaña en su sueño infinito.

7 Respuestas

  1. Cecilia Mirolo dice:

    Me gustó mucho. Las sensaciones que generan las dos partes del relato están muy bien logradas. Te felicito

  2. Cecilia Martinez Rapalo dice:

    Como dijo Laura, ya me había conmovido cuando lo leíste en la tertulia el año pasado.El final con esas pinceladas de “cotidianeidad” hacen casi tierno lo terrible. MUY BUENO. Felicitaciones otra vez.

  3. Martín dice:

    Sublimeeee!!!

  4. Adriana Daniele dice:

    Excelente, José. Excelente! Interesante tu conocimiento (o investigación?)de los términos técnicos que le dan realismo y credibilidad. El cuento es una sucesión de imágenes precisas. Sentimos la ansiedad del protagonista y hasta los olores, sabores y sonidos. Hay frases exquisitas, solo las necesarias. El final no sorprende pero deja complacido al lector.
    Adriana

  5. marina Debias dice:

    ¡Excelente! me gusto mucho todo el cuento y el silencio que lo corta al medio es perfecto.

  6. Laura Valdemarca dice:

    Excelente! ya me había gustado cuando lo leíste y es muy buen homenaje en este día.

  7. telefono12 dice:

    José es excelente!! es un tema tan terrible p/ los que lo vivimos. Muy bueno…”el gusto a sal lo acompaña en su sueño infinito.”

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