Mala suerte

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El humo de cigarrillo y el olor a mujer eran su mezcla preferida. Siempre un nombre distinto pero el mismo tabaco, hasta lo más profundo de su alma. Así murió Ariel, impregnado de aromas que lo hacían feliz, un martes al mediodía, en el umbral de la que fue su casa cuando era parte de una familia.
Ariel había circulado por distintas lugares, hizo su propio techo entre algunos brotes de gente y pocos árboles, tierra en polvo y mar distante. Vivió con sus hijos bajo el brazo cuando, seguidos uno tras el otro tiraban los pañales y se pasaban la ropa, pero también conoció la infertilidad que produce en el corazón cuando esas raíces son arrancadas sin pedir permiso. Sus venas se hicieron gruesas de daño y rencor, supo lo que es sufrir la distancia de sus sonrisas y los llamados tardíos de auxilio. Pero aun así conservaba su buen humor y desparpajo, siempre custodiado por una barba de días y un pelo ondulado que se negaba a cortar, aun cuando más de uno le dijese que no era imagen para un hombre de su edad. Saciaba el deseo de aventura y aprovechaba su encanto y simpatía para conseguir lo que se proponía. Amante de la noche con alcohol y buena compañía y en constante pelea con los médicos y su advertencias, guerrero defensor del deseo sexual y su libertad de acción.
El malestar había aparecido unas semanas antes del inesperado desenlace, se agitaba con frecuencia y cada vez que el dolor en el pecho aparecía, lo golpeaba tratando de ahuyentarlo. Hacía una mueca torcida de despreocupación y todo seguía igual. Su mujer se hizo la distraída, era su oportunidad para finalmente quedarse sola, revirtiendo la mala decisión que tomó cuando con el primer embarazo suponía que tendría atada a su vida a un hombre y una seguridad económica. Sentía que su vida era una cotidiana tortura donde los engaños mutuos eran ya insignificantes. Entonces las malas ideas comenzaron a circular por su cabeza y sin que le temblara el pulso, juntó un par de fotos de ellos y de él y se las llevó a su vecina Marga, la “Dra.”
– Listo muchacha, con esto me arreglo. Es sólo un empujoncito. Su suerte ya está echada. Vos sólo tenés que tener un poco de paciencia –le dijo la señora mientras la acompañaba hacia la puerta.
La futura viuda caminó holgada hacia su casa, con el cuerpo liviano luego de haberse sacado un peso de encima. Millones de imágenes de su nueva vida por venir se imaginó, viviendo en la tranquilidad de un buen pasar económico y las ventajas que la soledad le daría.
Ariel volvió aquel martes cerca del mediodía, se había demorado porque los trámites para cambiar el beneficiario del seguro requerían toda un ida y vueltas de papeles y firmas que llevó horas y su abogado quería dejar todo en orden para que cuando su mujer se enterara que ya no vería un peso, estuviese todo claro.
No veía el momento de sorprender a su mujer con esta noticia pero el destino o la precisión de un par de alfileres le jugaron una mala pasada y bajo el umbral de su puerta se fue, feliz y profundamente invadido por un sentimiento de victoria.

1 respuesta

  1. que buenas imágines que trasmités, los sentires, las met{aforas. me gustó mucho. y la historia está muy buena!!!! perra!!!! me gustó, lo disfruté.

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