Los sacrílegos

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En la lata de Salvador resuenan las monedas que caen de manos desconocidas. Apenas puede recordar su antigua vida, antes de ser un pordiosero que vive de la limosna. Las imágenes, confusas y borrosas, le susurran una terrible tragedia en su pasado. Un pasado que no recuerda con exactitud para bien de su alma.

Afuera de la catedral, toca el violín para los fieles que bajan las escalinatas luego de la misa del domingo. La melodía envuelve la atmósfera cálida de diciembre, y el nombre de Augusto pronunciado por una señora distinguida que llama al pequeño que corre tras las palomas, suena en la memoria quebrada de Salvador. El nombre bucea en la deteriorada razón de Salvador y se escabulle retumbando algunos segundos. “Augusto…Augusto”, piensa el pordiosero, “Augusto, lindo nombre”. Y continúa con la melodía, mientras los fieles se dispersan, lentamente, en distintas direcciones.

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El Padre Salvador llegó a Pozo del Tala en 1850. El pueblo – compuesto por un pequeño casco céntrico y algunas casas humildes dispersas a la orilla del río – y la capilla casi abandonada, no lo amedrentaron. En pocos meses, con ayuda de algunos fieles, acondicionó la capilla, construyó los corrales y una sala para dictar clases a los niños humildes que no podían ser enviados a la ciudad como pupilos. En los ratos libres, practicaba en su violín algunas obras clásicas que había aprendido en el seminario.

A pesar de sus veintisiete años, y a casi un año de su llegada, duplicó la cantidad de feligreses que se acercaron a la misa dominical cautivados por la piedad de sus palabras. Sin embargo, no lograba acercar a Dios a uno de los peones, Augusto, que había ayudado a levantar el aula de estudios y a quien el padre Salvador había designado como personal de maestranza de la capilla. De carácter introvertido, terminaba la jornada con un saludo respetuoso pero distante hacia el cura, y se recluía en la habitación de servicio. Ante la insistencia del Padre Salvador para que acuda a misa, el joven respondía con silencios evasivos.

Una noche, luego de la fiesta en honor de la patrona del pueblo, el cielo se deshizo en un terrible aguacero que duró hasta la madrugada. Los caballeros escoltaron a las señoras del pueblo a la seguridad de sus casas, mientras que la gente del caserío buscaba refugio en la pulpería de los Videla. El Padre, en cambio, decidió regresar a la capilla montado a caballo cubriendo en pocos minutos la distancia.

Al llegar entró por el fondo y se quitó las ropas mojadas en la oscuridad de la cocina que aún conservaba el calor bochornoso de la tarde. Mientras encendía la vela que sacó de un cajón se percató de que no estaba solo en la habitación. Sentado en un rincón, estaba Augusto con el violín del cura en las manos. Al girar, se encontró con el peón que se incorporaba de la silla y se acercaba, lentamente hacia él. El torso húmedo del padre subía y bajaba al ritmo acelerado de los latidos del corazón. El miedo lo inmovilizó y esperó, en silencio, la cuchillada filosa que vendría en medio de la noche tormentosa.

Sin embargo, la mano de Augusto subió por el pecho y buscó la boca del cura. La acarició con los dedos ásperos y acercó su cara al cuello. Se excitó con el olor que despedía la piel del cura mientras la boca de Salvador se abría para que su lengua lamiera los dedos de Augusto. Luego, las bocas se encontraron y saborearon la represión que cargaron durante años.

La luz del día despertó al Padre Salvador desnudo en su cama. Se hizo un ovillo abrazado a sus piernas, y lloró al recordar la noche anterior.

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Durante los días siguientes se esquivaron las miradas y evitaron, en todo momento, estar en el mismo lugar. El cura intentó ocupar su cabeza trabajando junto a los feligreses del caserío en la reconstrucción de las precarias casas que la tormenta había destrozado. Volvieron a encontrarse en el pórtico del jardín, una tarde en que Augusto trabajaba en el jardín, y el cura no pudo resistir acariciar la mano del peón. Se miraron,y en segundos, estaban amándose en la habitación del cura.

La capilla había quedado abierta y un vecino del pueblo entró buscando al cura. Como nadie respondió, dio una vuelta por los fondos, y llamó nuevamente al Padre Salvador. Le pareció extraño que la puerta de la cocina estuviera entreabierta pero no entró y, en cambio, decidió dirigirse hacia los corrales. Al pasar frente a la ventana de una habitación, escuchó ruidos extraños. Se asomó por un pequeño espacio de vidrio sin cubrir por la cortina, y alcanzó a ver unas piernas masculinas entrelazadas mientras los gemidos se volvían más intensos.

El vecino, visiblemente turbado, salió corriendo del lugar tropezando con unas herramientas de trabajo que Augusto había utilizado esa tarde. El ruido alertó a los amantes asustados que, inmediatamente, miraron por la ventana el jardín vacío y las herramientas tiradas en el piso.

Que la historia se desparramara por el pueblo, fue cuestión de horas. Con algunos agregados que volvían más morboso el escándalo, la autoridad del pueblo dio aviso a la policía. Tras interrogar al Padre Salvador, quien negó haber sido partícipe de aquella situación, la acusación se dirigió a su peón, quien permaneció en absoluto silencio durante todo el interrogatorio. Sin aceptar defensa alguna, presenció sin quebrarse, el juicio injusto en el que fue declarado culpable y condenado a pena de muerte. Incluso, se lo acusó de intentar “llevar adelante un plan diabólico para seducir y arrastrar al pecado a un alma tan pura como la del mismísimo representante de Jesús en esas tierras…”

Salvador, preso de la cobardía, nunca visitó a Augusto en la cárcel. Y éste jamás mencionó el nombre del cura. Se llevaría a la tumba el secreto de su amor prohibido ante los ojos de los hombres y Dios.

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La cruz del rosario pendulaba en las manos del Padre con cada paso que daba. Los “Salve María” se mezclaban con el eco de las pisadas en la nave de la capilla vacía. Estaba solo, en esas paredes repletas de plegarias, pecados expiados y sermones estériles, paredes que eran una cárcel privilegiada para un cobarde oculto tras un ropaje impuro.

Terminó el último “Ave María” y secó el sudor de su frente. Se quitaba la sotana por última vez, cuando el silencio de la capilla se cortó con los disparos que llegaban desde el ayuntamiento: Augusto acababa de ser fusilado. Ocultó su cara entre las manos y salió corriendo, atormentado, de la casa de Dios.

7 Respuestas

  1. Sebastián González dice:

    Imposible dejar de leerlo, excelente.

  2. horacio dice:

    buena y bien contada historia

  3. Laura dice:

    Muy bueno Naty!! Dura la historia pero muy bien escrita. Me gustó.

  4. Angie dice:

    Historia intensa y conmovedora, con un tema difícil de tratar. Me gustó mucho. Felicitaciones.

  5. Carlos A. Micca dice:

    muy bueno. Un tema difícil de comprender y de aceptar.

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