Los otros

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El bondi va lleno, quizá más lleno que nunca. La gente amontonada sin importarle nada del otro. Dan asco, cada vez soporto menos a la multitud. «Olvidate de ellos, no son nada», la voz en mi cabeza no deja de decirlo. Desde pequeño me habla, me aconseja, a veces lo a hace dulcemente como una abuela, la mayoría del tiempo me grita, me insulta, me insiste.

Desde el último asiento individual los miro. Contengo la repugnancia por tener que compartir el mismo aire que ellos; me calzo los auriculares para tratar de ignorar la voz en mi cabeza. Duality, de Slipknot, suena al palo. Me identifico con esa banda, sus máscaras horrorosas, la violencia que transmite su música.

«Empujo mis dedos dentro de mis ojos…
Es la única cosa que lentamente para el dolor…»

Una gorda morsa busca pasar por el medio, empuja, pisa, estruja. Una niña se suelta de la mano de su madre y arrastrada por la gorda cae al suelo. Chilla de miedo, de dolor. La «morsa» sigue su camino sin importarle. La boluda de la madre la insulta: «¿no viste la nena, hija de puta?, hipopótamo, vieja de mierda>>. La gorda toca el timbre, la madre la sigue puteando a toda lo que le da la voz; ya no escucho lo que dice, ahora me quedo mirando a la nena, que llora en el piso. Nadie la ayuda a levantarse, por un instante nuestras miradas se cruzan. En el fondo de sus ojos acuosos pude ver lo sola que se siente; su madre es una loca como la mía, su padre se fue porque no soportaba a la loca, está sola, sola, únicamente la voz en la cabeza, la voz todo el tiempo… de día, cuando come, cuando duerme, siempre la misma voz te persigue, te asusta, ¡te ordena!, pero es la única puta cosa que no te deja nunca solo. Pobre mocosa, sé lo que se siente todo eso.    
Sigue chillando en el suelo, hasta que un viejo, con cara de degenerado, la ayuda a pararse y le sacude el pantalón sucio, ¿o le está tocando el culo?, ya no puedo distinguir.

Mejor miro para afuera por la ventanilla, la gorda ya se bajó. La veo alejarse rápidamente del bondi; creo que llora, no estoy seguro, pero tampoco me importa. Un tipo muy sucio y oloroso se para a mi lado, no lo miro, pero noto que me observa. Soy un tipo muy feo, lo sé, siempre me lo han dicho; mamá, las nenas de la primaria, las chicas de la secundaria; incluso Patricia. Ella también. Me lo dicen hasta las putas a la vuelta de E.P.E.C. La única que no lo dice es la voz, ella me dice: mi precioso, mi hermoso, me consuela. ¿Qué saben esas putas?  no me conocen, solo cogen conmigo si hay guita. En cambio, ella, la voz, estuvo siempre, desde que me acuerdo ella me habla… nunca me deja solo.

Se baja la mocosa con su madre, la pendeja no deja de mirarme. Tiene en la cara esa expresión que tienen los que me miran por un rato, entre el asco y el terror. Pero sus ojos dicen «somos iguales Manuel, también soy una solitaria alma con voces que le hablan>>. Ya se baja, «chau pendeja horrible, espero no verte nunca más.>>

Tengo a dos negros, en el asiento de atrás. El celular a todo volumen con su espantosa música tribal, es demasiado. A pesar de mis auriculares, la tortura auditiva es insoportable, a punto estoy de mandarlos a la mierda. Pero alguien se me adelanta.

—Flaco, ¿podés bajar un poco la música? No estás solo en el colectivo. — una mina joven con un pañuelo verde atado a su bolso.

—¿Qué pasa, mamita, no te gusta el reguetón? —contesta uno de los negros entre carcajadas.

—Vení perreame acá flaca— se zarpa el otro cavernícola.

—¿Qué te pasa, enfermo? ¿qué te desubicas, tarado? —la mina pierde los estribos.

El que primero contestó se para y entre risas se toma la entrepierna y le hace un gesto obsceno a la chica. La mujer intenta estamparle la cara, pero el tipo más rápido le agarra el brazo; ahora la mujer está a su merced.

La escena que sigue se da muy rápido; me paro de golpe y con el hombro golpeo el mentón del orco que tiene a la chica, la suelta. Con el golpe se mordió la lengua y no puede reaccionar por el intenso dolor, soy mucho más alto así que aprovecho para golpearlo con el codo en forma descendente en el ojo. Queda nocaut. El otro viene a buscarme furioso, saca una especie de púa de la media y mide por donde apuñalarme.

—Te vuá matá y te vuá choriá todo gil, que te meté, culiadazo —me grita

La gente a mi alrededor se asusta, yo sé que él está muerto de miedo, lo veo en sus ojos, a mi alrededor todos me hablan, yo solo la escucho a ella: la voz en mi cabeza;

—Matalo, matalo a este negro — me ordena—dale, ¿qué esperás?

Me ataca con la punta y me la clava en el pectoral derecho, en mi cara no hay ni la más minina expresión, el dolor no existe. En la cara del negro, asco y terror, como todos. Le aprisiono la tráquea con mis dedos, como una pinza, asalto por asfixia. En cuarenta segundos el cerebro se atonta sin oxígeno.

 —Matalo, matalo, al otro también matalo, no esperés.

Con la mano libre saco el cuchillo de caza, siempre lo llevo por si ella me ordena matar. Hoja ancha y filosa diseñada para cortar, despellejar, seccionar la carne. Esta vez apuñala; una, dos, tres. Abdomen, axila y muslo. Cae como una muñeca de trapo. Me mira incrédulo piensa: «No puede ser>> todos se creen inmortales incluso al final. Sus ojos se quedan sin brillo, el miedo es lo último que siente, su boca queda abierta en una mueca espantosa: no tiene nada de romántica la muerte.

Todos gritan y lloran. Yo solo la escucho a ella:

—El otro también, matalo, matalo.

Este es más fácil, está inconsciente. Me agacho y le sostengo el mentón, con la diestra corto su garganta; el corte es profundo. Mucha sangre corre por las canaletas del piso del bondi.

—Muy bien hermoso, muy bien, vamos a casa… esta gente de mierda no te quiere.

Cuando me incorporo, el bondi ya está detenido y la puerta abierta. Todos lloran y gritan, todos menos ella. Está tranquila ahora.

—Vamos a casa, Vamos.

Bajo del bondi, se llueve todo. Escucho los gritos arriba, los llantos, «gente de mierda, cada vez los soporto menos>>. Me saco la púa clavada en el pecho, fluye sangre, pero no es grave. Camino hacia casa bajo la lluvia, faltan unas cuadras todavía para mi parada. Me encanta la lluvia, a ella también. Vuelvo a ponerme los auriculares, la música todavía suena:

«Todo lo que tengo…Todo lo que tengo es insano…
Todo lo que tengo…Todo lo que tengo es insano…»

¿Qué opinás?