Los huevos de la gallina

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Cualquiera que hubiese subido la vista hacia la terraza de don Lucas habría visto la misma postal: cinco gallinas de pico naranja y un gallo de plumaje amarillo picoteando maíces sobre la cornisa.

Había heredado una casa de fines del siglo XIX que era de su madre, que a su vez la había recibido de su padre, y este, del suyo. Había dedicado su juventud a forjar hierro para aldabas, faldones, picaportes y bisagras, rindiendo, sin darse cuenta, una vida a las junturas de los umbrales. Lo curioso era que su madre, enfermera, partera y vecina dispuesta a pasar hasta diez noches continuas en vela cuidando de un anciano, o de un recién nacido, solía dispararle la misma frase cada vez que él, frustraba sus inesperadas expectativas: «Deberías haber muerto en el parto».

Por fortuna, don Lucas nunca hizo consciencia de la sentencia con que su madre había minado su espíritu, y creció orgulloso: sin darse cuenta de que el mundo le dolía en los pies.

Con los años desarrolló una artritis reumatoidea que lo obligó a abandonar la forja, y cuando debió retirarse de su quehacer de forjador, se entretuvo retratando a las gallinas, a las que continuó alimentando encima de la medianera de la terraza. Ahí, en el instante en que el sol aparecía y las gallinas aleteaban para subir a masticar maíz, su mano las ilustraba con carbonillas en pequeñas cartulinas que recortaba con paciencia.

Durante cuarenta y ocho semanas, ejecutó la misma rutina. Hasta que un día una de las gallinas amaneció encaprichada: no quiso comer y se empacó con esmero sobre los huevos. Don Lucas intentó convencerla de tragar alguna semilla, uno de los maíces más grandes y más sabrosos; pero no hubo forma: la gallina estaba entregada a sus futuros polluelos.

Entonces fue cuando don Lucas recordó que su madre había caminado cerca de veinte kilómetros el día en que lo dio a luz; que había llegado tan descompuesta a Villa Las Rosas, que él no nació en la puerta de la maternidad por milagro de los médicos; que había estado un mes internado bajo el cuidado de las enfermeras porque había sufrido insuficiencia respiratoria poco antes de llegar al mundo.

Fue su gallina clueca la que indujo a don Lucas a recordar la historia acerca de su nacimiento, que tantas veces había escuchado contar a su madre, y que una y otra vez, él había negado. Probablemente para protegerse de ella y su desamor. Posiblemente para vivir la vida en pausa, sin angustias ni ansiedades. Pero aquella gallina trajo a su memoria la oscuridad de su alumbramiento; versión muy distinta a la de la gallina clueca cuyo instinto de cuidado del nido estaba hecho, incluso, a prueba de maíces sabrosos y enormes.

Entonces, ese amanecer fue diferente al resto. Cualquiera que hubiese subido la mirada hacia la terraza de don Lucas se hubiera sorprendido por la batalla que a los picotazos habían abierto las aves hambrientas. Quienes venían prestando atención le comentaron al comisario de Villa Las Rosas que hacía días que don Lucas había dejado de alimentarlas. Por lo menos, cinco.

Cuando finalmente entraron, en la cocina encontraron la lata de maíces abierta, unos huevos sobre la mesada y los restos de pólvora en sus dedos.

2 Respuestas

  1. Manu dice:

    Realmente con la piel de gallina. La sutileza del desenlace me hace recordar a las películas de terror que realmente valen la pena. Una joya este cuento! Felicidades!!!

  2. Florencia Izquierdo dice:

    Que dificil es luchar con nuestras propias sombras, quizas, el universo habia decidido poner en evidencia su dolor para sanarlo. Pero aun asi, lo siguio negando. Movilizador cuento. Gracias. Me quedo con un sinfin de preguntas adentro y sombras que caminaran en mi mente un par de horas.
    De seguro, has logrado hacerme conectar con el sentimiento de la fantasia.
    Excelente logro!
    Excelente historia.

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