El legado de la muerte

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Claudia limpiaba la casa de su padre unos días después de su funeral. El lugar estaba abandonado. La humedad  implacable no había tenido piedad con ninguna de las habitaciones, ni los muebles, ni los recuerdos. Hacía muchos años que el pobre viejo se había abandonado. Abrir las ventanas, las puertas, los roperos, dejar entrar la luz, el aire, parecía una imperiosa necesidad. La casa fue construida por su padre, cuando el pueblito florecía. La recordaba de pequeña tan grande, misteriosa y llena de vida, como era él mismo, y ahora la veía pequeña, arruinada, exhausta, como fueron sus últimos días.

La Emilia por muchos años había sido un pueblo de abuelos, para visitar los fines de semana. Calles con carbonilla y nietos por doquier andando en bicicleta. La ciudad más cercana, a 14 km, no fue lo suficientemente lejos para escapar de la temprana  pérdida de su madre. Tampoco la universidad de Rosario, a una hora y media por autopista.  A los 17 años, Claudia había viajado 500 km a Córdoba Capital, para no volver. Los primeros años fueron difíciles, estudiando y trabajando. Luego, cumplió con formar una familia. Trabajar para vivir, vivir para trabajar. El marido, los hijos y las  tan necesarias vacaciones. Todo conspiró contra el viejo. La Emilia se había convertido en el último lugar de paso. Hasta después de su divorcio viajar a verlo no fue una prioridad. Él era testarudo. No quería salir de su casa para visitarla. Ni siquiera lo hizo para el nacimiento de sus nietos.  

De repente se dio cuenta que olvidó  los papeles que su hermano le había pedido. Por suerte él se había encargado de los trámites, de la ceremonia, de recibir los pésames. Ella ni siquiera había traído a los chicos. Estaban de vacaciones con el padre,  no le pareció justo arruinárselas.  Seguramente estarían en el famoso cajón de “los papeles”, en el ropero. Apoyó  el cajón sobre la cama  y desparramó su contenido.  No estaban ahí. Miró  el ropero abierto,  la  ropa del viejo. Sintió un impulso por profanar la privacidad de su padre, revisar el lugar  prohibido, las cosas de papá. Rápidamente, sacó las cajas de zapatos. Descolgó perchas. Su  perfume estaba en todos lados. Abajo, en el fondo, encontró un baúl pequeño de madera con llave. Enceguecida por la restricción que implicaba, rompió sin dudar la cerradura.  Había un block de hojas amarillentas escrita a máquina. Se sintió culpable. Observó a su alrededor. ¿Qué pensaba encontrar? Él no estaba ahí. Estaba muerto y enterrado dos metros bajo tierra.  Y toda la vida del viejo se reducía a esos objetos tirados por la habitación. Se propuso no llorar. Comenzó a ordenar la pieza, colgar la ropa, acomodar los calzados,  juntar los papeles en el famoso cajón. Sus ojos se reencontraron con la cerradura rota y el manuscrito ajado.

La tentó entregarse a la lectura del hallazgo. Acomodó unos almohadones y se recostó para  leer. No tenía título ni autor, pero empezaba con una advertencia “a los lectores incautos”  sobre la veracidad de los hechos narrados  y el peligro de leerlos. Cada tanto aparecían anotaciones casi ilegibles en tinta.  La historia era algo trillada. Un hombre que en su juventud entrega su  alma a la muerte y se convierte en su escribiente. La crónica registraba distintos hechos a lo largo de los siglos. Explicaba detalladamente sobre un antiguo y desconocido culto a Tánatos, el señor de la muerte sin violencia, y  su plan contra Hades, para reinar en el inframundo. Había muchas alusiones a la mitología griega lo que la confundía un poco. Pero la atrapaban las descripciones de los rituales y lo sobrenatural. El narrador explicaba demasiado  sobre el conocimiento exotérico, el saber para el mundo, y todo lo esotérico, la verdad de los iniciados.

Un cansancio repentino la embargó. Como si fuera un sueño revivió los últimos momentos de vida de su madre. Su padre destruido junto a la cama. Ella llorando en los brazos de su tía. Veía todo borroso. Escuchaba la voz de su madre serena. “Es como un dulce sueño”, “pronto estaremos todos juntos”. Su padre seguía llorando impotente.  Y ese desconocido de traje oscuro. ¿Por qué entró a la habitación de mamá? ¿Qué te dijo el hombre? ¿Por qué lo dejaste entrar papá? Una palabra se imponía en su mente: Tánatos.

Se despertó sobresaltada. En la página amarillenta su dedo marcaba  la última frase: Entonces la muerte dice: “No es a ella a quien busco.  Eres tú quien se va conmigo”. En tinta al lado agregaron: prefirió ir ella y preparar el camino. Un frío embargó la habitación, los bellos de la nuca se le erizaron. El mismo hombre de traje apareció en la habitación frente a ella.  Su voz que encerraba nostalgia, una mañana de sol de verano, la risa de un niño, el primer beso, le acarició los oídos. El hombre le dijo:

-Es hora de continuar el trabajo de tus padres.  Es tu deber seguir con el manuscrito.

11 Respuestas

  1. Melisa Alexandra dice:

    ¡Felicitaciones, Noe! Me alegra que publicaras y que nos dejes leerte. Me gusta la historia, el misterio que evoca y todo lo que aun queda por revelar. Mala, ¡Ahora quiero saber!

  2. Me gustó el cuento Noelia. Una buena historia que atrapa. Buen final que nos deja pensando,¿seguirá la protagonista con este legado?. Felicitaciones

  3. Me gustó la CLARIDAD del relato.
    El lenguaje.
    El misticismo

  4. mabel dice:

    El cuento ya me gustaba, pero con las correcciones que le hiciste me termina cerrando en todo sentido. Felicitaciones!

    • Noelia Manuel dice:

      Gracias Mabi!!!! Me costó mucho sentarme a escribirlo jajajjaajaj Siempre le escapo al trabajo duro!! 😉

  5. Noelia Manuel dice:

    Gracias Carlos!!!! Me sentí sentada junto a esa ventana!!!! 🙂

  6. Graciela dice:

    Me gustó la trama, la redacción y como se va desarrollando la historia.

  7. carlos peludero dice:

    Me gustó. es justo para leer una tarde de domingo, lluviosa, a eso de las 18,30, sentado sólo, sin luz, al lado de una ventana que da a un patio de luz, en un mono-ambiente de un 4to.piso, sin tener a nadie para esperar o llamar.

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