Latidos

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Soñabas y ardías. Se sentía fuerte en esas conversaciones en casa con tus amigos. Yo era pequeño y en mi cabeza esas palabras raras rimaban como una melodía que yo me inventaba: ¿Quién prende las velas? ¿Qué besos se tornan color tornasol? ¿Quién trepa la torre y se atreve a bajar el sol? Tu voz y tus gestos me hacían soñar. Y yo era muy chiquito. Hoy sé que esas no eran las palabras, que las otras que usabas eran también hermosas pero más fuertes, más reales, más crueles. Pero tu pasión las iluminaba y yo bebía esa magia hasta caer dormido.

Entonces, cuando estábamos juntos, vos me contabas historias de otra gente que hacía cosas importantes, y que no tenía miedo, o que sí lo tenía pero igual seguían para adelante. Y también nos quedábamos en silencio muchas veces mirando por la ventana en aquellos días en que la lluvia cambiaba los colores de todas las cosas, y el barro era torta de chocolate y una chapita de gaseosa un bote surcando los rápidos del cordón de la vereda de en frente. Y los días de sol eran una promesa de toboganes y subibajas.

Después, mucho después entendí porque te fuiste. Pero ya era más grande. Y el mundo tenía menos magia.

Un día me llevaste a la casa de la tía Yolanda. Me diste un beso grandote y me susurraste entre el cuello y oído “siempre te voy a amar”. Yo te dije “yo también” y vos lloraste. Y yo no entendía. Pero también me dijiste que, no sé por qué cosas de la vida, quizás, nunca más nos volveríamos a ver. Eso siempre me había gustado de vos, lo fui comprendiendo con el paso del tiempo: nunca me mentías, siempre te esmerabas por decirme las cosas como pensabas que eran. Por eso recuerdo tanto tu voz y tus palabras. Algunas de ellas las inventé en mi memoria porque no podía entenderlas en aquel momento y las reemplazaba por “canción”, “tractor”, “abeja” o “papaya”. Y me reía para mí mismo porque me daban imágenes graciosas en mi cabeza. Y vos y tus amigos me miraban y se reían y me hacían así en el pelo o me abrazaban. Después seguían hablando como locos en voz alta.

Y me quede ahí, en lo de la tía. Y un tiempo después lo supe porque ella me lo contó. Me puse triste. Pero también sentía mucho orgullo. Y lloré, claro que lloré. Mucho. Tanto como esa lluvia que veíamos caer. Esa noche también me hice pis en la cama, y eso que ya tenía casi 7.

Hoy la lluvia es lluvia y para el sol, protector. A veces me olvido de tu sonrisa o de tus ojos oscuros porque me preocupan las cuentas y el alquiler. Otras veces estoy gris y me paseo entre todos los demás del mismo color.

Pero aprendí tus palabras como eran. Las siento latir.

Ayer escribí tu nombre en un cartel grande con tu foto y me fui con muchos hijos e hijas de tus amigos y otro montón de gente. Marchamos por Avenida de Mayo en una tarde soleada. Delante de todo una bandera decía “fueron 30.000”, es cierto, pero vos fuiste única.

4 Respuestas

  1. Paulo dice:

    Gracias! Uno siempre tiene la tendencia a opinar que lo que escribe es una porquería así q estos comentarios son alentadores

  2. Isabel Roura dice:

    Muy emotivo tu relato en primera persona, provoca al lector. ¡Felicitaciones!

  3. Guillermo dice:

    Hermosas las imágenes. Un poco de poesia donde hay dolor.

  4. Un hecho que nos seguirá golpeando como sociedad, para siempre. La despedida de una madre,que sabe que la pueden “chupar”, de su hijo pequeñito. ¿Sanan esas heridas?

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