La vida por una mujer

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Roberto había sido siempre un hombre feliz. Su vida era ordenada y cada etapa se había dado naturalmente en su momento justo, pensaba él. Estudió ciencias económicas y se recibió a los 23 años. Mientras estudiaba conoció a Marina, se casaron al finalizar ambos la carrera, y en poco menos de 9 años, luego de terminar la casita que él había empezado de soltero en un terreno que le regalaron sus padres, tuvieron dos hijos. Llevaba veintisiete años trabajando en la misma empresa. Todos los días se despertaba a las 6,45 de la mañana, besaba en la frente a su mujer, tomaba una ducha y luego de ponerse pantalones, camisa y corbata, bajaba a desayunar. Café con leche, tres tostadas con mermelada y manteca. A las 7,30 salía en su auto hacia la empresa y marcaba tarjeta a las 8,00 en punto. Al mediodía comía un menú que le llevaban a las 13,00 y por la tarde salía a las 18,00 directo a su casa. Iba a nadar tres veces por semana. Los sábados por la mañana iba al supermercado con la lista que Marina le dejaba preparada, por la tarde arreglaba el jardín, y por la noche hacía el amor, semana de por medio. Los domingos eran días de parque con los chicos y en la temporada de mucho calor, días de pileta. Durante 27 años vacacionaron en Monte Hermoso, en la misma casa que alquilaban a unos amigos de la familia.
Roberto había sido siempre un hombre feliz hasta que ella comenzó a trabajar en la empresa. Una mujer cada 15 hombres era la estadística desde hacía 27 años. Nunca una mujer como Adriana. Era delgada y medía 1,70m. Su pelo lacio, pesado y negro brillante. Una boca exuberante, como también lo era su escote. Era traductora de inglés y la habían contratado por tres meses para un trabajo especial con una empresa norteamericana. Vestía elegantemente y lo que no dejaba ver hacía que todos los presentes y visitantes lo imaginaran.
Roberto no dejaba de mirar a Adriana. Observaba todos los días cómo estaba vestida, cada detalle, cada accesorio, los colores, las telas, las formas que en ella adquiría la ropa, los zapatos y la manera de llevarlos al caminar. Atendía su manera de hablar, sus gestos, su sonrisa sublime. Ella era capaz de atrapar veinte miradas en 5 metros de un escritorio a otro. Los días se hacían espesos para Roberto. Su cabeza estallaba entre recuerdos borrados de su adolescencia. Llevaba días perturbado y se obsesionaba por cumplir la rutina que anestesiaba sus emociones y esclarecía sus valores morales. Contaba los días que faltaban para que se cumplan los tres meses. Quedaba la mitad del tiempo cuando Osvaldo le confesó:
– El viernes pasado la invité a salir
– ¿A quién? -disimuló Roberto.
– ¡A Adriana! ¿a quién va a ser?- le espetó Osvaldo.
Y el mundo comenzó a erosionarse para Roberto. ¡No lo podía creer! Osvaldo, justo él, que era su compañero y amigo de tantos años. Creía que lo conocía bien y que nada cambiaría su amistad tan profunda. Pero claro, ahora que se había divorciado tenía todas las posibilidades a su alcance. No podía dejar de imaginar cómo él acariciaba esa boca con la suya y apretaba esa cintura; cómo esas largas piernas enlazarían a Osvaldo cuando estuvieran en la cama, adelantaba Roberto en sus pensamientos.
Ya casi se cumplían los tres meses y él se había convertido en una sombra. La envidia lo había tornado un tipo triste, enojado. La rutina ya no lograba callar sus voces ni sus recuerdos, que querían volver para arrasar con su vida. Él deseaba esa boca. Él deseaba esos pechos, esa cintura, esas piernas. Los deseaba tener él, como deseaba tener a Osvaldo, porque deseaba haber nacido mujer, pero no tuvo la suerte que tuvo Adriana.

1 respuesta

  1. Cecilia Martinez dice:

    La rutina descripta al milímetro. Espectacular desenlace.Felicitaciones!

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