La tormenta

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Como todas los días al cerrar la santería, Dalmiro Aliaga emprende el regreso a su casa. Camina tres cuadras hasta la Plazoleta de la Victoria, y luego toma la callecita empedrada que desemboca en el antiguo malecón, contando los pasos que le quedan para ver, unos metros más adelante, el manojo de rizos oscuros y las piernas interminables que deambulan cerca del muro bajo de piedra que recorta el mar.

La sueña cada noche para luego olvidarla cada mañana, convencido que mientras su madre viviera, él no sería capaz de mortificarla elegiendo por esposa a una pecadora de la noche.Y aunque su santa madre dejó la tierra de los vivos hace más de tres años, Dalmiro no ha encontrado el valor para escapar de la soltería que acompaña sus días.

El aire húmedo de la tarde se agolpa en las partes bajas del pueblo donde el aroma de las flores tropicales se entrelaza con el olor nauseabundo de las barcazas pesqueras que se mecen en el puerto. Pero Dalmiro no parece notar ni el calor agobiante, ni el olor de las barcazas ni la tormenta que se avecina. Sólo repite el discurso memorizado durante días para proponer a la Carmencita una salida digna del malecón: unirse a él en sagrado matrimonio.

Sucede que a los hombres como Dalmiro las cosas no se dan de manera improvisada. Nunca deja nada librado al azar, todo sujeto a la razón. Y ahora, lejos de la mirada reprobatoria de su difunta madre, camina hacia el malecón murmurando la propuesta, mientras aprieta con fuerza la Biblia que le encargara doña Augusta, la vecina postrada desde hace unos meses. 

Cuando pasa frente a la Iglesia de la Merced, envejecida por la sal implacable del aire marino, se persigna y le pide a la Virgen que demore un poco más la lluvia inminente. Las baldosas negras y blancas lo llevan hasta la morena, que sonríe dejando ver unos dientes perlados y Dalmiro siente que las palabras memorizadas van y vienen en un remolino invisible. Inclina su sombrero y abre la boca para hilvanar su discurso, en el mismo momento que un cormorán detiene su vuelo en el muro de piedra, sin antes manchar con sus heces blancuzcas las letras doradas del libro santo.

Mira horrorizado cómo se esfuma su ímpetu en una irremediable sensación de culpa, y   limpia en un santiamén las tapas ultrajadas con un pañuelo. Entonces, Dalmiro entiende que sólo puede tratarse de una señal divina obligándose a renunciar a aquello que nunca fue suyo, y decide cambiar su confesión amorosa por un yermo “sálvese, Carmencita”, antes de perderse cabizbajo entre las calles de piedra.

                                      ***

Frente al malecón, el bar enciende las tristes lucecitas de colores que, aunque hace años perdieron la efervescencia navideña, atraen a los primeros parroquianos sedientos de olvido para sus penas.

– Ahí la tiene a la Carmencita, regalándo la juventud por unos cuantos pesos. Cuando menos se acuerde, la vejez se le aparece y queda para vestir santos y vivir de la limosna – dice don Cristóbal, detrás del mostrador, mientras le sirve otra copita de ron a un viejo cliente.

Pasan los años, y los asistentes vitalicios del bar son espectadores de la película que cada tarde se proyecta en la vereda del frente: Dalmiro camina por el viejo paseo cuadriculado y saluda con la misma inclinación de sombrero a la morena que mira con pesar la espalda de Dalmiro cuando sigue su camino.

Sin embargo, esta tarde, Dalmiro detiene su paso ante Carmencita frente a la mirada atenta de don Cristóbal y del parroquiano que va por el tercer trago.

Miran, inmutables, cuando Dalmiro huye del lugar más rápido que de costumbre luego de entregarle a la morena un libro que ella hace volar por el aire segundos después, para luego retirarse, desconsolada, del lugar. Don Cristóbal da un largo suspiro y limpia la superficie del mostrador antes de decir al parroquiano que ya anda perdido en los vapores del aguardiente:

– Yo siempre sospeché que este Dalmiro no es de los nuestros. Hay que verlo nomás, siempre solo, tan almidonado – y agrega: – Para despreciarla así a la Carmencita está claro que juega en el otro bando – termina, mientras menea la cabeza con un dejo de pesar en su rostro.

El bar se queda callado. Afuera, los cormoranes apostados en el malecón levantan vuelo,      buscando refugio de la tormenta que se cierne sobre el pueblo.

                                       ***

El piso de damero del viejo malecón se abre ante los tacos gastados, una vez más como cada atardecer desde hace nueve años. Por sobre el mar, el cielo cede manso a las primeras sombras trayendo consigo la promesa de lluvia.

Las baldosas blancas, con las que siempre juega, inician la partida mientras dos cormoranes merodean por el gran tablero. Con milimétrica precisión logra saltear las casillas negras, que de pisarlas, sospecha que podría acarrearle algún infortunio de proporciones elefantiásicas, y así, cumplirse el presagio de la curandera que le leyó el iris aquella tarde de fiebres y temblores.

Con los años ha aprendido a reconocer cada baldosa rota e incluso las flojas y bamboleantes en cada ir y venir nocturno mientras espera el brazo galante que la rescata por un momento del juego para llevarla a rozar, con la punta de los dedos, al amor esquivo.

Del otro lado de la calle, el bar enciende las luces y algunos clientes inician la ronda de licores y ron. Entonces, sabe que faltan algunos pasos más para que Dalmiro Aliaga aparezca por el recodo de la callecita empredrada con el panamá blanco y la camisa almidonada. Aunque apenas la mira al pasar cada tarde con un “buenas tardes, Carmencita” mientras inclina un poco el sombrero, el calor le parece menos sofocante y las miradas señoriales, menos hirientes.

Pero hoy, después de tantos días iguales, se detiene frente a la morena y su mirada se enreda en sus ojos oscuros. Y casi cree oír una música de valses y velos blancos, mezclada con el olor de las madreselvas que trae la brisa cuando, de repente, se diluye el candor de la mirada de Dalmiro y siente que vuelve a ser la Carmencita de todos los días, con los tacos gastados y el vestido descolorido: entonces Dalmiro le ofrece, torpemente, una Biblia y le pide que se Salve para luego perderse en alguna callejuela.

Como las olas que golpean en el malecón antes de retirarse en un puñado de espuma blanca, así se aleja el único instante de salvación que quizás tenga en su vida. Con rabia, tira al mar el libro pensando que ahí no está el Dios que pueda salvarla. Rompe en llanto mientras camina errante, sin notar al principio, que sus pies acarician con un leve arrastre las baldosas negras del malecón.

2 Respuestas

  1. Marcela dice:

    Felicidades Naty!! me encantó como quedo!!

  2. Augusto dice:

    Me encantó cómo quedó el cuento. El título, los personajes y las distintas visiones de un mismo hecho. Descripciones y ambientación logradas. Felicitaciones!

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