LA PIANISTA OLVIDADA

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De repente, siguiendo un raro impulso, me siento ante el piano; mis dedos se mueven en forma mágica, recorren el teclado, lo acarician. Mi espíritu disfruta, mi emoción se desborda. Y brotan melodías, nuevas, viejas, olvidadas, desconocidas, en una sucesión infinita de acordes que fluyen y fluyen.
La mirada perdida recorre otros lugares. Entrecierro los ojos y sólo el recuerdo se hace presente. Mis manos siguen haciendo nacer sonidos. Mi corazón palpita fuerte. Mis oídos solamente escuchan lo necesario: la música. Esa música que me alimenta el alma, que me permite escapar de esta realidad que me atormenta, que me aprisiona.
Cuando paro un momento, cansada, todo se vuelve real: la vida toma otro color. Miro alrededor y todo sigue igual. Las mismas miradas de siempre, algunas ausentes, otras dormidas, viviendo en este mundo casi irreal.
Mis ojos se posan en aquella viejecita que siempre está sentada en el mismo rincón, y con voz casi imperceptible me pide una antigua canción que seguramente canturreaba de joven, y que el paso de los años no la ha hecho olvidar.
Mis dedos otra vez cobran vida, pero se mueven con una velocidad diferente a mi lentitud de espíritu. En mi interior todo está muerto; me rodea un profundo vacío que trato de llenar con música. La verdad es que tengo ausencias: de emociones, de presencias. Sufro en silencio, lloro a escondidas.
El aplauso casi imperceptible de mi única oyente me regresa al presente, a una realidad a la cual no quiero volver.

Era joven, pequeña, inquieta. Mi amor por la música me había llevado a recorrer diferentes lugares: en el momento de interpretar en el piano la música que me brotaba del alma, me convertía en un gigante. Mis manos volaban de una tecla a la otra, la cabeza erguida, la mirada ausente. Sólo mi imagen sentada ante el piano, el resto era silencio.
Mi vida era la música y me entregaba a ella con pasión. No supe entender que me quitaba espacios para poder amar a las personas que me rodeaban. Olvidé lo que no debía, dejé de lado tiempos necesarios, no pude cosechar amores imprescindibles.
Los años fueron marchitando mi figura. Los vicios llegaron con el tiempo., Los olvidos se hicieron presentes. Y finalmente, la indiferencia ocupó lugares que me pertenecían. Pasaron los años, llegaron las canas y también el hastío de vivir la vida de esa manera, de no entender que los amores deben ser abonados con más amor, y que debían ser manifestados con gestos y con palabras. Y lo tan temido ocurrió: los afectos me abandonaron, mi vida se transformó.
Dejé de ser una mujer famosa. Encontré una nueva vida, rodeada de personas extrañas, desconocidas, en un lugar que no era mi casa, pero que a partir de entonces se convertiría en mi nuevo hogar. Sólo me permitieron llevar el piano… mi piano, mi vida.
Pasaba las tardes enteras interpretando aquella música que me había hecho feliz tantas veces, pero alejada de mis afectos.
Sola en ese nuevo mundo, donde nadie me conocía, pude entender, tarde tal vez, que la vida no era únicamente la música. Ahora era sólo una más en aquel universo de ancianos. Sufría, lloraba, tocaba el piano para dejar de ser la pianista olvidada.

Esa tarde de invierno lo vio en la puerta del geriátrico. Habitualmente venía a visitar a la viejecita, la que era su oyente fiel. Siempre se arrimaba a saludarla. Ella sentía afecto por ese hombre, elegante, alto, con canas, del cual no conocía casi nada, pero que él parecía conocer toda su historia pasada. Era una de las pocas personas que le dirigía la palabra, que le preguntaba por sus cosas, que se preocupaba por sus carencias.
Le pidió cigarrillos, como siempre, él le respondió también como siempre:
— No fumés, que te hace mal.
— ¿Mal a qué?. Si el mal es lo que yo necesito, el mal que acabe con esta angustia que llevo conmigo y que no puedo abandonar – le respondió con un halo de tristeza.
La soledad está siempre presente, es imposible sacársela de encima; la música la acompaña, pero necesita otras compañías, aquellas que no llegan, aquellas que en vano espera sentada en el sillón del hall, durante tardes y más tardes mirando a través de la ventana, sin entender por qué no vienen las personas que mas quiere.

Un día, como tantos otros, llegaron a buscar a alguien. Esta vez era a ella. Y la llevaron, a otro lugar, con otros ancianos, con otros paisajes.
Pero el piano quedó. Aún está presente en el gran salón. Su presencia trae permanentemente su recuerdo. Aquellas mismas miradas de siempre, viviendo en ese mundo casi irreal, algunas ausentes, otras dormidas, la extrañan, la añoran. Ella ponía alegría en las almas marchitas. Ahora el silencio envuelve el piano, cubre las miradas, y sólo queda el recuerdo.
Nunca las tardes serán iguales. Ya no se escucha el sonido del piano, ya no está más la intérprete genial. Se fue la pianista olvidada.

Pedro Félix Alonso Sánchez

Nací hace un montón de años en un pueblito llamado Concepción, en la provincia de Tucumán. Vivo desde niño en la ciudad de Córdoba. Soy Arquitecto egresado de la gloriosa UNC. Felizmente casado con una brasilera maravillosa, tengo dos hijas y tres hermosísimos nietos: Peter, Santiago y el mas chiquitín: Justiniano

3 Respuestas

  1. Silvia Liberati dice:

    Un cuento que nos conecta con nuestra propia vejez. Me hizo pensar que la vida no tiene ni debe tener una única dirección. O sea no podemos dedicarnos a una sola cosa. (música, trabajo,..) Al final es el afecto que prodigaste el que se refleja en tu vida. estés dónde estés.

  2. Aimarcecilia dice:

    Me gustó como está escrito. El relato se vive mientras lo leés, Sutileza y fuerte a la vez.

  3. Gmggallegos dice:

    Que fuerte. Cruel futuro que nos espera en el geriátrico olvidados del mundo, lo mas triste es que también  nosotros nos abandonaremos y olvidaremos.
    La pianista olvidada, olvidada por ella misma, no pudo ver que era muy importante y famosa para aquellos otros viejecitos tan abandonados como ella.
    me gusto, crudo, duro y real.
    graciela

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