La locura relativa

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     —Bueno, Ramírez —dice Manuel mientras se levanta—. Será hasta el martes que viene. No olvide tomar la pastilla en ayunas. Ya verá que andará mejor esta semana. No se preocupe. Acompaña al paciente hasta la puerta, apoyándole la mano en el hombro, un poco por contención, otro poco para expulsarlo del consultorio.

     —Ojalá que sí, doctor. Tengo tanto miedo… tanto por vencer, doctor… Cualquier cosa, lo puedo llamar, ¿verdad? Si me siento…

     —Por supuesto, Ramírez. Como le dije: llámeme ante cualquier crisis. Ahora debo dejarlo porque me espera otro paciente.

     La mano en la espalda empuja un poco y Ramírez ya está afuera. Manuel suspira. Mira la hora, va al espejo y se peina. Se mira las manos. Ya están sudando. Va hacia la ventana y corre la cortina con un dedo. Nadie en la puerta, aún.

     «Tengo tiempo de ponerme un poquito de perfume», se dice.

     Corre hasta la habitación y en ese instante suena el timbre. Se detiene y sigue: necesita el perfume. Antes de abrir va hacia el espejo y se mira por última vez. Cuando la puerta se abre, su rostro se ve tranquilo y sonriente. Profesional.

     —Melisa. Adelante. —Señala el brazo en dirección a los sillones.

     —Buen día, doctor.

     —¿Cómo está Melisa? ¿Cómo estuvo esta semana? —Se cruza de brazos.

     —Bien, doctor. Igual, como siempre —Baja la cabeza y cruza las piernas—. Venía pensando muchas cosas, aunque no sé si tengo muchas ganas de hablar hoy.

     Manuel sonríe levemente. Mira sus movimientos como en cámara lenta. «Delicada, suave, frágil… quisiera fotografiarla».

     —¿Qué más venías pensando, Melisa? —Se da cuenta de que la tuteó.

     —En varias cosas… venía pensando un poco en nosotros.

     —¿En nosotros? – Se le agita el corazón.

     —Sí, en nosotros, los mundanos. Nosotros, los inconscientes, los perdidos. Nosotros, los humanos.

     Manuel siente que las palpitaciones no se van a calmar.

     —¿Le entristece pensar en eso, Melisa? ¿Estuvo triste esta semana?

     —Siempre triste, doctor. Pero esta vez fue distinto. Me mantuve tranquila, bailando con la angustia que vive en mi interior.

     —¿En qué parte de su interior? —La mira extasiado, tal vez algo excitado. —Acá —Posa la mano en el corazón—. Pero también acá y acá. —Señala su frente y su vientre—. Depende el día. Depende del pensamiento. ¿Le molesta si fumo?
     —Por supuesto que no. Decime, Melisa, ¿en qué se centró la angustia esta semana?

     —Me gusta que usted sepa que mi angustia va cambiando —Lo mira a los ojos mientras larga la primer bocanada—. Esta semana fue… la burla.

     —¿La burla? —Manuel va a estallar sin saber qué es lo que tanto le fascina.

     —La ironía, la burla del universo. La eternidad se burla de nuestra fugacidad.
     —¿Quién se burla, Melisa?

    —El infinito mismo, de alguna manera. Se burla de lo efímero de mi vida, y de la suya, doctor. La infinita burla del infinito, vaya paradoja.

     —Ajá. Lo efímero de la vida. Interesante, Melisa. Pero… nuestra realidad… ¿es efímera, Melisa?

     —Tampoco, doctor: esa es la paradoja. También hay algo de eternidad encerrada en nosotros mismos, escondida temporalmente en nosotros mismos.

     Ella se acomoda. Apaga el cigarrillo y lo mira con melancolía.

     —No tengo muchas ganas de hablar de esto —Deja en el aire un breve silencio, y sigue:—Querer entender el absoluto, desde lo relativo. Nada en el mundo es relativo. Nada excepto la percepción humana, claro. El absoluto es absoluto, y es a donde quiero llegar. Y si todo fuese relativo… yo ni siquiera querría hablar con usted, ¿sabe?

     Melisa sigue hablando del Absoluto, pero ya no con él, sino con ella misma. Se hunde en el pensamiento y va pintando en el aire un laberinto de ideas, como quien pinta un jardín de rosas salvajes. Él la mira, y la escucha. Su mente entra al laberinto y cuando se encuentra perdido se sienta a contemplar la belleza de esa mujer. «Ella no sabe que no es este su lugar. No sabe que no me necesita, que yo no puedo ayudarla, porque es hermosa su locura, porque no necesita cura. No sabe que su tristeza lo entiende todo, porque el mundo es triste. Que en cambio soy yo quien no puede prescindir ya de ella, de su presencia, de su grandeza; que ella viene a hablarme y yo simplemente vengo a escucharla, nada más; que daría todo por vivir contemplando el arte de su»…

     —No llore, Melisa. ¿Por qué llora?

     —Nada, Doctor, no es nada. No es de tristeza. Me emocionan algunas cosas. Nada más.

     —Pero también sufre… no quiero que sufra…

     —El problema es la vida, doctor, no las emociones. Es tratar de entender esto de vivir, querer siempre vivir sin saber por qué vivir, y de no querer morir, sabiendo que voy a morir. Me desespera. Todo lo que sucede es absurdo; y es lógico a la vez. Una ironía. Una locura.

     —¿Será esa otra burla del Universo? —dice, sintiéndose estúpido.

     Ella sonríe y asiente. 

     Cuando la sesión termina, Manuel cierra la puerta y vuelve a sentarse. Baja la cabeza y llora con fuerza. Luego se levanta bruscamente y sale a la calle. 

     Afuera, el sol del mediodía le ciega los ojos. «Qué oscuro mi consultorio… voy a alegrarlo, iluminarlo, llenarlo de flores, le va a gustar». Comienza a correr, buscándola. De pronto la ve. Va caminando sin prisa, con las manos en los bolsillos. Él va detrás, disimulándose entre los árboles.

     Al llegar a una esquina, Melisa vuelve la cabeza y Manuel se arroja tras un auto estacionado. Desde el suelo piensa: «No puedo creer lo que estoy haciendo».

     Cuando se levanta ella ya no está. Su corazón agitado, extrañamente sabe a dónde ir. Llega a la plazoleta central y ve a Melisa a lo lejos, sentarse a una mesita al aire libre. Entra al bar de la esquina, se sienta frente al ventanal desde donde puede contemplarla. El mozo se acerca sonriente y le dice:

     —Buen día, doctor, ya le traigo su café. — Ante la expresión aturdida de Manuel, agrega —: Lo de siempre… doctor, ¿verdad? Un café negro…

     Melisa termina el almuerzo y se queda mirando el cielo: azul, magnánimo, absoluto. Quiere mirar también al sol radiante, pero sabe que tanta grandeza no puede mirarse directamente a los ojos. Sonríe. Mira de reojo hacia el bar de la esquina. «El doctor ya se fue». Algún día le dirá que se acerque, que se siente a su lado, que ella sí puede ser mirada a los ojos, fugaz y eterna, como la luz del sol… 

     «Hasta el próximo martes, Manuel», piensa. Y se echa a andar entre la gente.

1 respuesta

  1. Daniel dice:

    Muy bien escrito, me encantó. La historia está muy bien trabajada y no tiene baches.

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