La invitación

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Miro el reloj y salto de la cama.
Tal vez haya sonado el despertador, pero no lo escuché; he pasado una mala noche. Sin ganas, levanto la persiana. Por lo que veo, puedo suponer que recién ha parado de llover.
Busco un toallón y camino hacia el baño, tropiezo con el perchero de pie; me sorprendo al recuperar una imagen del sueño: «¡Este es el monstruo que me atacó anoche!». Me río de mí mismo. Fue un espanto. Intentaba asfixiarme, pero yo resistía. Por momentos, parecía tener más de dos brazos, y en otros era una mujer seductora que me envolvía, dominante. Desperté en la madrugada, con el cuerpo dolorido y transpirado. Me encontraba en una cueva en penumbras. Solos, ella y yo. De vez en cuando, se escuchaba que el agua arreciaba contra las rocas.
Con los ojos abiertos, afiebrado, pude adivinar que un bulto grande recorría el interior de ese cuerpo brillante transformado en serpiente; se ensanchaba y encogía en un movimiento ondulante, casi orgásmico. Y, en el paroxismo de mi deseo, quería ser devorado por ella.
Seguramente, en algún momento volví a dormirme.
La realidad de mi cuarto es tranquilizadora. Nuevamente, miro la hora: la mañana está perdida. Entro a ducharme y disfruto del baño reparador. Me visto y me siento en la cama para calzarme. Mariana, como de costumbre, se ha ido muy temprano y dejado la almohada bajo el cobertor en su reemplazo, como siempre. El gesto lúdico me da ternura; sobre todo cuando decide quedarse y simula que no está. Comienza a acariciarme bajo las sábanas, sin delatar movimiento alguno por encima. Como ahora. Acepto su invitación al juego y caigo de espaldas sobre ella. Sé que va a abrazarme y me preparo para el inminente goce.
Algo parecido a un brazo enorme y viscoso me inmoviliza. Quiero gritar, pero ya no puedo. Demasiado tarde, me doy cuenta de que Mariana me ha precedido. La lengua larga y filosa de la víbora todavía escupe su ropa de dormir.

2 Respuestas

  1. Ada Salmasi dice:

    Muy bueno, ¿la pesadilla hecha realidad, o la realidad hecha pesadilla?

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