La historia del libro que nunca nadie leyó

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Esa tarde Esteban estaba alterado, había observado que los hermanos Pardo lo habían seguido por la mañana y aún estaban tras sus pasos cerca de la casa. Sabía que la amenaza se iba a cumplir inexorablemente. El ministro nunca perdonaba. Todos conocían el vínculo del funcionario con los hermanos Pardo, conocidos matones que respondían a sus órdenes. Eran los encargados de cobrar sus deudas con sangre y muerte. Varios opositores políticos y comerciantes que no transaban con solventar sus campañas, habían pasado a degüello, sin más trámite.
¿Cómo iba a salir indemne, si su pecado era mayor? Se preguntó.
El joven había hecho cornudo al ministro con su esposa Mercedes, y ahora tendría un hijo suyo que había anunciado el ministro como propio, sin saber que Esteban era el verdadero padre.
Tenía que escribir su secreto. Estaba con mucho miedo y era lo único que pondría la causa de su muerte en evidencia. Era la manera de explicar su deceso a parientes y amigos, sin comprometerlos. Quizás, también, una forma de defensa. Y así lo hizo. Noches enteras se observaba la luz de la vela en la ventana de su escritorio mientras escribía su historia de amor.
Esa mañana se levantó tarde, había terminado de escribir su libro a las seis de la mañana y al despertar lo llevó a encuadernar. Le prometieron el trabajo terminado para el día siguiente. Cuando volvió de recoger su obra, entró a la casa. Apenas tuvo tiempo de esconder el libro. Fue cuando los hermanos Pardo irrumpieron en su casa y lo mataron. El libro, que guarda el secreto de Esteban, quedó escondido en un estante. Eran la seis de la tarde de un día de octubre de 1912.
Se cuenta que el fantasma de Esteban habita en la casa donde lo mataron desde aquel día, hoy sede de la Biblioteca Córdoba.

No terminaba nunca ese mes de agosto del 2012 y esa mañana hacía mucho frío. Cuando se combinaban el ambiente seco y el frío, ella sentía sus manos heladas y eléctricas. Esa mañana Beatriz tenía salir de la casa sí o sí. Ya no tenía más escusas ante su jefe de redacción para no realizar la nota. La biblioteca Córdoba cumplía 110 años y tenía que aparecer su escrito en la edición del diario del domingo.
Beatriz entró a la Biblioteca esa mañana. Las enormes puertas de roble de la entrada estaban abiertas, el portero la observó de arriba abajo, pero no le dijo nada y siguió leyendo el diario. Simbólicamente había dado luz verde a su entrada, entonces ella siguió caminando hasta cruzar el primer espacio del hall principal buscando con quien hablar. Pasado el portal, llegó al segundo espacio y al no encontrar a nadie se volvió sobre sus pasos. Buscó quién la ayudara. Una secretaria que cruzaba la atendió y Beatriz le empezó a preguntar:
-Señora, mire, soy periodista del diario “La Voz”. Tengo que hacer una nota sobre la biblioteca, ¿Usted me podría ayudar?
-A mal puerto viene, querida joven- espetó la secretaria y siguió:
– Usted tendrá que venir a última hora cuando viene el Sr. Peláez, Director de la biblioteca. Llega habitualmente alrededor de las ocho y media. El podrá ayudarla. No pierda su tiempo ahora- continuó diciendo la secretaria.
A las 20:10 volvió al lugar. Encontró un mundo distinto al de la mañana. Preguntó por el Director y todavía no había llegado. La encargada de la tarde, afable, le indicó que podría esperarlo en una de las salas. Y así procedió. Beatriz se entretuvo viendo unos libros, pero de pronto percibió que las luces se apagaban y escuchó que las grandes puertas de la entrada se cerraban. Se habían olvidado de ella. Había quedado encerrada dentro de la Biblioteca. Tuvo miedo, respiró hondo tomando fuerza, pero presintió que el destino le preparaba la nota deseada.
Sí, de pronto la Biblioteca Córdoba era su cárcel, inesperada, pero también única esperanza de quedar bien con su editor en jefe. Pronto la sensación que se le presentaba la aplastó. El viejo monstruo la pisó como si fuera una hormiga. Al cerrar de las puertas los animales de la noche adivinaron el estado de “piedra libre”. Las ratas buscaban las huellas y migas de los refrigerios, los murciélagos cruzaron el espacio sin tocar los fantasmas. Las luces de las bichas y félpidos iluminaban los viejos durmientes de quebracho del primer piso. Los resplandores de las luces de los autos a través de los altos ventanales jugaban con ellos. Los romances, espíritus y roedores gritaban sobre el amor y la presencia de Esteban Larreta, el fantasma.
Beatriz sintió que todos sus sentidos despertaban. Y frente a ella, allí estaban inertes, los libros de historias, de saberes, que explicaban alegrías y miserias, que ahora descubren nuestra forma de ser y definen lo que somos, que marcan las huellas de futuros caminos. Sintió que ellos la interpelaban y cuestionaban.
– ¿Qué hacía allí? ¿Los libros le darían la historia buscada?- se preguntó.
Sentía el hablar de antiguos muertos, los fantasmas de historias no escritas, los testimonios de épocas diferentes como si estuviera en un cambalache de rezagos antiguos. Sintió que los fantasmas nacían a la vida en las penumbras de la noche. Sintió la presencia de Esteban y de su amante. Imaginó a Mercedes, de piel muy blanca, vestida de largo con un raso azul mirando enamorada al joven muerto por el ministro. Era el amor escondido, que renacía cada noche buscando revancha.
La joven periodista le preguntó a la Biblioteca en voz alta, casi a los gritos:
¿Cuéntame la historia que necesito? Dime, cuna de fantasmas: -¿Cuál es el libro que nunca nadie leyó? ¿Dónde está el libro de oro qué necesito?, ¿Cuánto haces que lo tienes?, ¿Cuéntame el secreto escondido?
Y Esteban, el fantasma del joven, le contestó:
-Búscalo, estoy seguro que lo encontrarás- pero ella no pudo escucharlo. Y entonces el siguió diciendo:
-Está en la Biblioteca desde siempre, desde aquella tarde que lo escribí y comencé a morir.
– Bella Beatriz, descubre mi secreto.
Ella sintió que por su cuerpo corrió un sudor frío. Le dio miedo y siguió activa en frenética búsqueda. Fue entonces que, por un movimiento torpe, se le cayó de la estantería un libro. Era un viejo y pequeño libro escrito a mano, sin título en el lomo, finamente encuadernado y con filetes de oro.
Observó que estaba fechado en 1912, firmado por Esteban Larreta, cuando lo comenzó a leer.
Contaba sobre el amor prohibido. De como el ministro se había enterado del engaño por la intervención de una criada despechada. Pudo leer cómo la doméstica le reclamaba el dinero por la felatio y el ministro osó no pagarle y cachetearla. Y ella, en venganza, lo ridiculizó y le contó la traición. Contaba como Mercedes había quedado embarazada. Contaba la pasión de los amantes a la orillas del río, en las tardes calientes del verano, de cómo sus cuerpos se entrelazaban y al fin el miedo, el terror que ambos tuvieron cuando el indigno ministro juró matarlos.
Sin darse cuenta, pasaron las horas hasta que por fin se sintió la llave de las puertas de roble después de la larga noche que había pasado sin dormir. Había luz de día detrás de la figura de la portera cuando entró. La empleada prendió la radio y “Petete” Martínez entrevistaba al Gobernador De la Sota. El lugar cobró vida y ella respiró.
El titular de la nota del suplemento del domingo decía: “La historia del libro que nunca nadie leyó”.

2 Respuestas

  1. Karina Yubi dice:

    Arqueología de libros, descubriendo el tesoro escondido… Me encantó.

  2. Rina Angélica Corral dice:

    José creo que con este ,te recibiste de cuentista.Te felicito y me alegra compartirlo.Cariños.Rina

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