La hija del tirano

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–Padre –le dijo la noche anterior–, sé que no lo aprobarás, pero voy a partir al alba.

–Querida Gemma, tienes toda la razón del mundo, no lo apruebo. Aunque poco puedo hacer para detenerte, hija mía.

El rey besó a su hija en la frente y luego enredó los dedos entre sus rizos. Mientras observaba con atención a su mano recorrer la blonda cabellera, le dijo orgulloso:

–Solo tú sabes volar tan alto como el cóndor que guarda nuestras tierras. Sé valiente, mi niña.

Su madre se mantuvo en silencio. Antes de verla machar quiso peinar a su pequeña princesa tal y como lo hacía cuando era pequeña. Tejió un par de trenzas que luego sujetó por detrás para asegurarse de que la joven tuviera los ojos siempre descubiertos y no perdiera pista del camino que aún debía trazar. Llegado el momento, le acarició las mejillas y le abrigó el rostro con su pecho unos segundos nada más. La princesa se alejó lo suficiente y la reina, por fin, lloró.

«Este cielo es todo lo que necesito», pensó mientras se imaginaba explorándolo. «No desperdiciaré esta oportunidad, aunque me cueste el desarraigo».

Su caballo se detuvo a metros del acantilado. El abismo no los dejaría avanzar un paso más. Desmontó el bello alazán con el que había acortado la distancia y le agradeció por la brisa en el rostro y el vigor que le dejaba en el cuerpo. «Eres libre», le susurró para luego despedirse de él.

Ella, en cambio, se quedó. Allí, de pie al borde de la nada, extendió sus manos al sol y dejó que el calor la abrasara. Unos segundos más y sus brazos se hicieron alas. La metamorfosis no dolió, pero sí le recordó que ya no pertenecía al mundo de los humanos, que nunca lo había hecho.

Si este final no convence al editor, poco puedo hacer para darle con el gusto, harta me tienen sus demandas. Ni que fuera J. K. Rowling, Dios… Mañana voy a tener que aguantar otro de sus sermones, seguro. «A tus cuentos les falta magia», me va a recriminar. «Date cuenta que al público le gusta consumir historias de superación y lo mejor que te sale a vos es escribir sobre princesas rebeldes que castigan a sus padres huyendo del castillo». Para qué discutir con Raúl, tiene razón después de todo ¿Qué otra cosa sería yo capaz de ofrecerle? La pura verdad es que termino tropezando siempre con la misma piedra, mi vida. Claro está que no es la historia más Disney que pueda llegar a contarse. ¿Para qué carajo habré querido dedicarme a escribir? Ojalá hubiera sabido aprovechar mejor esta facilidad, ojalá tuviera ideas más rosas que narrar. Ojalá no hubiera tenido una vida tan de mierda.

Ya me iba a dar su bendición mi viejo para que mis ganas de independencia no fueran mera idealización. Beso en la frente ¡ja!, un sopapo era lo mínimo que ligaba cuando le salía al paso con mis planteos. «Ya vas a ver cómo te saco esas ideas pelotudas de la cabeza. En esta casa se hace lo que yo digo y punto». Sus gritos me tenían sin cuidado, pero desafiarlo, a veces, me dejaba marcas en el cuerpo y a esas les tenía pavor. «¿Quién habrá sido el estúpido que te dijo que podías venir a hablarme así? ¡Dios no quiera que me entere!». No hizo falta que nadie me hablara mal de mi padre, no me hizo falta mucho mundo para darme cuenta de lo triste que era mi vida bajo su sombra.

Culparlo solo a él por la enorme carencia de cariño con la que crecí no sería del todo justo. Convengamos que mi madre aportó bastante a ese proceso. Su silencio aniquiló toda esperanza de libertad que alguna vez llegué a albergar. Así como la reina de mi cuento, lo mejor que supo hacer conmigo fue inmovilizar mi ira y secar mis lágrimas. Siempre en silencio. De lo que ella no supo percatarse fue el final inevitable, la bomba de tiempo que se gestaba dentro de este caparazón.

–Mirá, mamá, ya aguanté suficiente. En esta casa no me quedo ni un día más. Vos perdoname, pero si no me voy esta noche, mañana lo mato.

Recuerdo la cara de mi vieja cuando entre dientes le solté mi rabia. No se lo veía venir, habrá pensado que la alienación sería tal que ya me quedaría ganas de rebelarme. Preguntó a dónde pensaba ir a parar, todavía era menor de edad y no tenía cómo sustentarme. Le expliqué que, en cuanto me acomodara, se lo haría saber, pero que prefería no contárselo en ese momento. Era muy posible que mi padre quisiera sacarle a cachetazos mi paradero, pero si se apiadaba lo suficiente entendería que ella de verdad no lo sabía. Me abrazó fuerte y pronunció las palabras que tanto anhelaba escuchar mi corazón: «Te pido perdón por todos estos años, hija, sé que te fallé. Mi mejor manera de protegerte ahora es dejarte ir».

La puerta quedó sin llave esa noche, de alguna forma mi madre logró robársela a mi papá y así garantizarme una vía de escape.

Pasó un mes hasta que me animé a contarle dónde estaba viviendo, quería esperar hasta que el monstruo se hubiera cansado de preguntar por mí. Ella venía a visitarme de tanto en tanto y siempre se encargaba de hacerme saber lo mucho que me amaba y lo feliz que la hacía verme crecer fuera de esa casa. Sin embargo, eso no la alentó a seguir mis pasos. Sus días terminaron como los había vivido, en silencio y soledad.

Pensé que al morir mi madre él querría buscarme y vengarse de una vez por todas. Lo esperé, vaya que me armé de coraje para verle la cara otra vez, pero nunca llegó. Un par de meses después, me enteré de lo sucedido y lloré por todos esos años en que contenía mis lágrimas para no darle con el gusto. Se suicidó. Se ahorcó en el baño de casa y dejó una nota que tiempo después llegó a mis manos: «No merezco morir en paz».

A diferencia de Gemma, mis alas están teñidas de dolor, pero al igual que ella, la metamorfosis me recuerda que no pertenezco al lugar de donde salí, que puedo forjar un mejor destino en ese horizonte superador que se revela ante mis ojos hambrientos.

15 Respuestas

  1. Estela dice:

    me gustó, me resultó corto , tenes un lenguaje coloquial que hace fácil engancharse, muy fresco.felicitaciones

  2. Cynthia dice:

    Meli sabes que no me gusta leer solo por el timpo y que me aburre un poco pero debo agradecerte porque tus textos son atrapsntes me llevan a tomarme el tiempo y alimentar el alma y la mente que tan bien nos hace. Exitos segui vamos por más

    • Melisa Arias dice:

      Gracias, amiga. Agradezco inmensamente que me dieras la oportuniad de llegar a vos a través de mis cuentos.

  3. Guillermo dice:

    Genial. El lenguaje poético y ciertas imágenes me atraparon. el giro es raro y luego queda completamente justificado.

  4. Viviana dice:

    Qué buen cuento!! Casi lo dejo en la tercera oración… A tiempo realizaste un giro.

    • Melisa Arias dice:

      ¡Jajaja, gracias por tu honestidad, Viviana! Me alegra mucho que le hayas tenido fe y continuaras leyendo.

  5. Un anónimo que te ama dice:

    Excelente. No fui consciente de la letra cursiva al principio por lo que me atrapó más todavía. También me quedé con ganas de leer más. Ojalá haya una segunda parte.

    • Melisa Arias dice:

      Esa es la idea, que te quedes con ganas de más (guiño). No te prometo una segunda parte, fijate lo que pasó con “Tonto y re tonto”, pero sí hacer lo posible para que lo próximo que escriba te guste tanto o más que esto.

  6. Noelia dice:

    impresionante!!! como siempre genia!!!

  7. Muy bueno. Conmovedor. Cuando me había enganchado con la primera parte, apareció la historia verdadera, esa que siempre nos sorprende porque encierra el dolor. En este caso el provocado por un verdadero tirano. Excelente título. Felicitaciones Melisa.

  8. María Nannini dice:

    Me impactó el cambio de estilo. No me lo esperaba. El choque con la realidad , muy bien llevado. Mucha fuerza y un final demoledor que redime la esperanza. Me gustó mucho.

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