La duda, la sospecha.

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–Leila… ¡Leilaaaaaa!

Por alguna extraña razón, las débiles ondas sonoras que emitía la anciana se amplificaban entre las descascaradas paredes de la casa. Desde la cocina, Leila escuchaba mientras se preparaba un té. A pesar de la bebida caliente, un pequeño escalofrío le recorrió el cuerpo. Parecía que la llamaban desde el Inframundo.

–¡Leilaaaaaaaaaaaaaggghh!

Ya no le quedaba té. Los labios de la muchacha presionaron la taza con fuerza. Respiró hondo.

–¡Ya voy, mamá! —Las palabras resonaron dentro la cerámica.

Entró a la pieza de su madre. La vio sentada en la cama, sobre unas almohadas apiladas.

–¡Mamá! ¡Estás enferma, no tenés que moverte!

–Dejame… no… me hagas hablar… al pedo, ¿querés?. Me cuesta…con esta…enfermedad. Traeme las pinturas –dijo señalando con su mano una caja en la mesa de luz.

Leila tomó la caja de maquillaje y la dejó abierta al lado de su madre.

La mano temblorosa de la vieja tomó un lápiz labial rojo. Con trabajo lo destapó y comenzó a pasarlo por sus labios.

Leila observó cómo el poco pulso de su madre hacía que el carmín se escapara a cada rato de los bordes de la boca. En una de las maniobras, el lápiz se le zafó y terminó ultrajando las sábanas blancas.

La mujer no pidió ayuda.

«Obstinada», pensó Leila, mientras retocaba con una servilleta el trabajo de su madre, quien no emitió palabra hasta que estuvo terminado.

–Bueno, hija –dijo luego de alzar un espejo de mano y  juntar los labios para emparejar el color–, parece que dentro… de todo no eras tan… inútil. Podés seguir… con el resto.

Mientras Leila pasaba el pincel con colorete por las mejillas, los rayos de sol de la tarde entraban por la ventana y revelaban el fino polvo que salía volando y generaba molinetes frente al aliento débil de la anciana.

De pronto, su mano huesuda tomó la muñeca de su hija y la miró a los ojos como pocas veces había hecho. 

–Leila, yo… yo fui… mala madre… Per… doname.

Leila se mordió los labios y no pudo controlar las lágrimas. Cerró la caja de un golpe y salió de la habitación corriendo. Las lágrimas le nublaban la vista y se chocó contra su hermano, que la esperaba en el pasillo.

–¡Adrián, abrazame! Le queda poco… pero tengo esa sensación horrible que no me puedo sacar de encima. –Con cada palabra la voz de Leila se iba afinando. Seguía moviendo los labios pero ya no salían palabras. Continuó–: Me pidió que la perdonara… por todo lo que nos hizo… y yo me siento tan mal. –Las piernas le fallaban y el cuerpo de Adrián se había ido escurriendo de entre sus brazos. Ya estaba arrodillada abrazando las piernas de su hermano, mientras lágrimas e hilos saliva le manchaban los zapatos.

–Hoy… pienso –se mordió los labios, pero tenía que decirlo–. ¿Estamos haciendo… mal? ¡Es nuestra madre!

Adrián se agachó y tomó el rostro de Leila entre sus manos.

–Lei, no. No vengas con eso ahora. Acordate de todo. A «esto» no se le puede llamar así –Adrián escupía las palabras–. Una pesadilla, un monstruo, no una madre –tomó el rostro de Leila  con fuerza y habló con una voz casi inaudible–: Escuchame. Vamos a terminar con esto. Vamos a sacarle de dónde guarda la plata, los ahorros. Vieja tacaña… se guardó todo siempre. Esa plata nos corresponde. Después terminamos el trabajo. Le damos un extra del veneno para ratas. Con un poco más, terminamos. Ahora ponele la dosis de siempre. Tiene que aguantar hasta que sepamos dónde putas guardó la plata. Después nos rajamos. Dale, aguantá. Queda poco.

–Yo… le pregunté la otra vez, como me dijiste. Le pregunté si tenía ahorros por si pasaba algo. Me miró raro. Me dijo que no sabía de qué estaba hablando. Me puteó, obvio… pero miró el colchón… Adrián, creo que ahí guardó la plata. Pero, no sé… me siento mal ahora.

–No podemos parar. Ya lo discutimos. Escuchame, Leila: andá a prepararle la cena y le ponés el veneno. Punto.

Leila llegó a la cocina con los ojos húmedos. Calentó agua para otro té mientras preparaba la cena y la acomodaba en la bandeja con el pan y los cubiertos. Tomó el tarro con el veneno. Dudó. ¿Y si le daba a su madre una segunda oportunidad? El sonido de la pava silbadora le trajo la respuesta. Desde ahora, no más veneno.

Su madre estaba dormitando cuando ella entró con la bandeja. No la despertaría. Acercó la mesa de luz y la dejó apoyada a su alcance. Estaba por salir de la pieza cuando un impulso la llevó a acercarse nuevamente a la cama, inclinarse hacia su madre y besarla en la frente. «Quizá –pensó– las cosas sean distintas desde ahora».

Volvió con su hermano. Ninguno de los dos pegó un ojo. A la mañana estaban completamente exhaustos de discutir.

Leila preparó el desayuno sin veneno y regresó al cuarto de su madre.

Apenas puso un pie en la habitación, la bandeja y todo su contenido cayeron al piso. La manzana del desayuno rodó hasta golpear la patas de la cama de su madre, que yacía completamente inerte. Leila no se atrevió a gritar. Se acercó a la muerta, que tenía los ojos azules abiertos y turbios. Pudo ver, aferrado por la mano rígida, el cuchillo de la cena usado para excavar un gran boquete en el colchón, al lado de su cuerpo.

Alarmado por el estruendo de la bandeja, Adrián irrumpió en la habitación.

–¿Qué carajo pasó? ¡¡No me digas que te pasaste con el veneno!1¡¡¡Respondé!!! ¿Dónde está la plata? ¡La puta que la parió!

Corrió hasta el colchón y escarbó desquiciadamente el hueco con las manos. No había nada. Lo único que encontró fue un pedazo de billete hecho una bolita entre los trozos de goma espuma arriba de la cama.

–No entiendo –dijo Leila entre hipos y sollozos–. Adrián, te juro que no le di el veneno.

Mientras su hermana lloraba, Adrián seguía inspeccionando toda la habitación. Luego de una hora se dio por vencido. Miró a su madre y levantó los hombros.

–Nada –dijo–. Parece que la turra de tu madre nos cagó.

–Pero mirala –dijo Leila luego de suspirar–, tan quietita, como una santa. Hasta parece que está sonriendo, como si hubiera muerto feliz.

Adrián miró a su madre, esta vez con detenimiento. Efectivamente parecía sonriente, pero notó algo extraño en su gesto. Un dejo de malicia. ¿O se trataba de su imaginación?

Algo le llamó la atención. Extrañado, se acercó a su madre hasta empañarle los ojos muertos con el aliento.

Allí, confundido entre las comisuras de la boca, manchado con el carmín del pintalabios, se asomaba, casi imperceptible, un pequeñísimo trozo de billete.

 

4 Respuestas

  1. Ángie dice:

    Muy bueno. La historia atrapa y el final funciona como metáfora de ese personaje que es la madre. Felicitaciones.

  2. Flora dice:

    Buenísimo!!!

  3. Yanina dice:

    Excelente

  4. Cecilia Mirolo dice:

    MUY BUENÍSIMO, MUY MUY!!!

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