LA BESTIA POP. En primera persona

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A mí nunca me leyeron cuentos antes de dormir, ¿sabés? Yo me dormía con el Winco bajito, escuchando a Serrat o alguna canción melódica de Elvis, dependiendo de cuál de mis padres fuera el encargado de la tarea. La fanática del rey del rock n’ roll y de su émulo nacional, Sandro, era obviamente mi madre. A la tarde, cuando se podía hacer ruido, mi hermana nos sacudía con Led Zeppelin o Los Beatles, según su estado de ánimo. Yo quería ser grande para bailar como ella. Tal vez por eso me gusta tanto la música, la disfruto sola o en compañía. Es, como dicen, el arte más directo: entra por el oído y va al corazón. En mis preferencias soy muy ecléctica: desde el flaco Spinetta a Muse, pasando por Queen, el maestro Piazzolla, Pink Floyd, los Doors, los Redondos… todo me seduce.

Intuyo que algo de eso les transmití a mis hijos. Desde chicos tomaron clases de piano, batería, guitarra… yo, en cambio, solo soy buena con la armónica, a lo Bob Dylan. Cuando la infancia les fue quedando chica y mis piojitos entraban en la adolescencia, la música se convirtió en el puente que nos unía y yo aproveché esa herramienta. Me aferré como si fuera la única opción para sobrellevar lo que vendría. Así comenzó la fiebre de los recitales en familia, para escuchar melodías que nos hacían vibrar juntos, aunque fuera en distinta sintonía. Ir a ver bandas nacionales o extranjeras se fue convirtiendo en una necesidad, en la oportunidad de hablar, por momentos, el mismo idioma. Y en esa búsqueda consciente de estrategias que acortaran las distancias que crecían entre nosotros, descubrí nuevos lenguajes, géneros, palabras.

El punto de quiebre lo recuerdo bien. Fue un viernes en el que, invitada por ellos, llegué a un antro donde tocaban «unos chabones conocidos». En la puerta me presentaron personajes que tenían una estética diferente a la que yo podía esperar para los amiguitos de mis hijos: crestas, tatuajes, expansores, piercings, pelos de colores…

«Él es el baterista de Index. Es de Rosario, cerca de tus pagos, ma», dijo mi hijo mayor con una dulzura que me colocó a años luz de lo que ahí estaba ocurriendo. El pibe me empezó a contar que ellos buscaban que el público se llenara de energía con sus canciones y saliera con todas las pilas a «hacer algo»: agarrar un instrumento, hacer música, expresarse, gritar lo que quisieran decir. «Este es una especie de gurú musical», me dije mientras trataba de disimular mi fastidio. Era evidente que yo no pertenecía a ese lugar. Pero ya estaba ahí y me dejé llevar.

Atravesé la puerta y quedé literalmente congelada con la primera impresión: era un galpón con paredes descascaradas y techo de chapa. Por suerte no se me ocurrió entrar al baño en ningún momento. Me acerqué a la barra, pedí una cerveza —era lo único que venía en botella cerrada— y me entregué al disfrute desde ese lugar privilegiado que había encontrado. «Me parece que la única razón por la que aún sigue funcionando este boliche es porque le hacen el aguante a las bandas emergentes para que toquen en vivo», pensé y creo que acerté.

Mientras avanzaba la noche, mis prejuicios se fueron disolviendo lentamente. Me fui hermanando con los demás, al punto de que dejé de percibir diferencias de estilo o edad con los que estaban compartiendo ese espacio conmigo. Incluso ese sonido horrible, que lastimaba hasta los oídos menos entrenados, emanaba su magia. Desde el escenario, los músicos brillaban con su jovial desparpajo, envueltos por la luz de los cuatro reflectores que les apuntaban desde el techo. Esos chicos eran un manantial de endorfinas… y salpicaban.

Salí de ese recital recordando qué tan atrás habían quedado mis años de groupie de Attaque 77. Acepté que había llegado mi momento de abandonar el lugar de madre invasiva y hacer ese «algo» que el neo-punki me había presagiado antes de entrar. En vez de vivir como espectadora, decidí ir por más y saldar mi propia fantasía de ser Ella por un rato.

Con dedicación y con una inversión importante en vestuarios e instrumentos para replicar con obsesiva exactitud a los originales, puse en marcha mi plan. Me pasé horas y horas frente al espejo en busca del gesto perfecto. Sé que la idea no es novedosa, un tributo a un personaje lo puede hacer cualquiera, pero, ¿hacerlo bien? Pocos. Empecé cantando sus canciones en pubs y bares de amigos y, desde entonces, el personaje creció. Mi idea ahora es montar un espectáculo para llevar a salas teatrales… y hasta al Luna Park, ¿por qué no?, explica con cierto aire de sofisticación mientras se coloca las pestañas postizas en un camarín de La Piojera de Alberdi.

Con modos amables va cerrando la entrevista que le hace la cronista del periódico local. Admite no tener problema y hasta disfrutar cuando la confunden con su personaje. «Mis fans saben quién soy más allá del maquillaje, pero que me identifiquen con Ella es muy gratificante porque la admiro profundamente», aclara con una expresión que parece clonada de su ídola. Reconoce que su rutina de shows la agota y la aleja definitivamente de esos adolescentes a los que quiso aferrarse. Pero enseguida se enfoca en el público y su mirada se ilumina: «Siento que lo hago a la perfección y la gente me dice que sí», concluye la líder de la banda tributo a Madonna, la Señora del Pop.

2 Respuestas

  1. Paulo dice:

    Muy buen relato! felicitaciones!

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