Intuición maternal

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Daniela Álvarez de Lozada despertó sobresaltada, angustiada, con el corazón contrito. La pesadilla se repetía desde que recibió la noticia que su hijo volvería pronto al hogar. En su sueño, no podía descifrar la causa por la cual la comunicación telefónica con él se cortaba una y otra vez. Presentía que algo le había ocurrido. Su hijo hacía dos meses que debió llegar al continente después de estar varios años en distintos países, donde servía en las Fuerzas de Paz de la O.N.U,  como soldado de los Cascos Azules. No tenía noticias suyas. Se había comunicado con la Sede de la O.N.U  y en la Embajada tampoco tenían informes sobre su paradero. Y esos sueños nebulosos donde no podía distinguirlo. Quería abrazarlo, tocarlo y no lo alcanzaba,  presagiaban algo malo.   Hacía dos semanas que Lautaro Lozada  había llegado a su ciudad natal con una condecoración y una mísera pensión por las mutilaciones sufridas cuando el soldado que caminaba adelante pisó una mina y las esquirlas hirieron su cuerpo. Sentía lástima de sí mismo. Hubiera preferido morir como su compañero a estar así, casi ciego, sin parte de un brazo y sin una pierna. Meses antes lo que más ansiaba era volver a su hogar y estrechar en sus brazos a su madre, pero ahora en ese estado no se atrevía. Varias veces había intentado comunicarse por teléfono con ella, y cuando escuchaba su voz colgaba. En sueños se encontraban. Él trataba de llegar hasta ella, la veía llorando, esperándolo. Se despertaba acongojado sin el coraje para hacer frente a su nueva realidad. Solo, en la habitación de la mugrosa pensión donde estaba viviendo, sentado en el borde de la cama, tanteó en la mesa de luz,  buscó su arma. Con dificultad la cargó y mientras lo hacía vinieron a su memoria las estrofas de una vieja poesía:

“Ven para acá, me dijo dulcemente
mi madre cierto día…

Ven, y dime qué causas tan extrañas
te arrancan esa lágrima, hijo mío…
Tú tienes una pena y me la ocultas…”  

Rompió a llorar desbordado por la impotencia. Con el muñón se secó las lágrimas y con la otra mano sostuvo el arma haciéndola tamborilear entre sus dedos. Escuchaba la voz de su madre, mientras recitaba la antigua poesía de Olegario Andrade:

“¿Quieres que te adivine lo que sientes?….
…Ella inclinó la frente, pensativa,
y, enjugando sus ojos y los míos,
me dijo más tranquila: Llama siempre a tu madre cuando sufras,
que vendrá, muerta o viva: Si está en el mundo, a compartir tus penas, Si no, a consolarte desde arriba” 

Un aroma a jazmines, que le recuerdan al perfume utilizado por su madre invade los rincones de la habitación en el momento en que se apunta con el arma. El disparo hirió como un grito acongojado el silencio de la habitación y la bala se clavó en el techo.   Esa madrugada Daniela despertó sobresaltada por un sonido que hería la calma profunda de su sueño, se acercaba y se hacía más intenso. Con voz somnolienta, atendió el llamado. Una voz conocida, le dijo:
-Mamá, vení a buscarme… quiero ir a casa…

 

1 respuesta

  1. Guadalupe Caldo dice:

    Yo sabía esa poesía porque mi madre me la relataba cuando yo era niña. Me gustó mucho el texto.

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